Estrangula a su mujer y llama a un amigo para que le ayude a deshacerse del cadáver en Santurtzi

El cuerpo de la joven, africana de 26 años, estaba atado de pies y manos. Quería meterlo en una maleta y simular que sufrió un accidente de coche

AINHOA DE LAS HERAS| BILBAO.

DV. Iván P., de 32 años, estaba ahogado por las deudas. A principios de septiembre había aparecido un cartel en la puerta del portal que rezaba: «¡Iván, paga lo que debes!». La comunidad le había llevado a juicio por el impago de más de 12.000 euros. Llevaba unos cinco años sin abonar la cuota mensual y tampoco había compartido los gastos del ascensor ni de la reciente reparación del tejado. El piso estaba embargado y había salido a subasta. Pero, «pasaba de todo», comentaba ayer indignada una vecina, después de saber que había sido detenido como presunto autor del homicidio de su mujer.

Pese a no tener un trabajo conocido, llevaba un nivel de vida por encima de sus posibilidades. Conducía un Audi A-6 azul marino y su casa, el primero derecha, luce la mejor decoración del número 11 de la calle Ramón y Cajal de Santurtzi. El joven vivía allí, hasta ayer, con su compañera sentimental y madre de uno de sus dos hijos, una niña de tres años. La mujer tenía 26 años y era natural de Sierra Leona. Según fuentes cercanas a la investigación, ejerció la prostitución en un club durante un tiempo y fue entonces cuando ambos se conocieron.

La relación parecía tempestuosa. Las discusiones eran «continuas» entre ellos. «Se oía jaleo cada dos por tres, un día estuvimos a punto de llamar a la Policía, pero de repente se callaron», explicaba ayer una joven que lleva viviendo un año con su novio en el bloque de viviendas. A la víctima apenas se la veía por la calle. Llamaba la atención porque «usaba pelucas». Un día que salió confesó a un comerciante que él «la tenía encerrada». Cuando Iván P. se marchaba, trancaba con llave y si alguien llamaba al timbre, jamás abría la puerta. Sólo a sus padres, que usaban una especie de contraseña. Algunas voces comentaban ayer que tenía hasta una clave secreta para acceder al domicilio.

El homicidio pudo perpetrarse alrededor de las once de la mañana. A esa hora se escuchó «un grito seco, raro», describía una vecina. Otros residentes oyeron «como si se rompiera un cristal y después, llorar a la criatura». El cadáver fue encontrado boca abajo sobre la cama, con los pies y las manos atados con cuerdas, según indicó el Departamento de Interior.

Sangre en la cocina

Después de cometer el crimen, Iván P. llamó a un amigo, que «trabajaba para su empresa», según su propia descripción ante la Ertzaintza. A este conocido le confesó por teléfono que había matado a su mujer y le pidió que le ayudara a deshacerse del cadáver. Había pensado incluso la forma de hacerlo: quería meter el cuerpo en una maleta y despeñarlo después con el coche para que pareciera un «accidente», según indicaron fuentes de la investigación. El joven llegó a desplazarse hasta el domicilio y, al entrar en la vivienda, y ver los pies atados de la mujer, se asustó y decidió irse y avisar a la Policía. La Ertzaintza tuvo la primera noticia del crimen alrededor de las tres y media de la tarde.

Cuando llegaron a la dirección indicada los primeros policías -les costó encontrarla porque el testigo no vive en Santurtzi y no conocía bien las calles-, llamaron al timbre. Nadie contestaba. De repente, apareció en su coche Iván P. Los agentes le identificaron y le pidieron que les dejara entrar en su domicilio. Extrañamente, no puso reparo. En pocos minutos, el presunto homicida se derrumbó delante de los ertzainas y terminó confesando que había estrangulado a su mujer. Instantes después de delatarse, les entregó las llaves del piso.

Los agentes de la Policía Científica que rastrearon el domicilio en busca de evidencias no encontraron ningún arma pese a que en la cocina había restos de sangre. Sospechaban que las heridas podían haber sido provocadas por un cristal, pero éste tampoco apareció. La autopsia aclarará todos estos interrogantes.

Según conocidos del detenido, con su primera mujer, una joven suramericana, también tuvo problemas. «Una vez le puso una denuncia por malos tratos, pero después se la quitó», asegura una vecina. De esta relación nació un niño, que hoy tiene unos seis años, pero vive con los abuelos paternos en Santurtzi. El detenido dejó el Audi mal aparcado al final de la calle, en medio de un paso de cebra. Poco después, una grúa se lo llevó requisado por la Ertzaintza. El arrestado fue conducido a comisaría, donde permanecerá hasta que sea puesto a disposición judicial.

Este caso inaugura la lista negra de muertes por violencia machista este año en el País Vasco, pero suma la número 55 en España, según el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia.