Medallista con remos y pedales

J. GÓMEZ PEÑA
Rebecca dejó el remo por una dolencia de espalda. / EFE/
Rebecca dejó el remo por una dolencia de espalda. / EFE

Rebecca Romero ni tenía que haber sido inglesa, ni medallista olímpica en remo, ni ahora campeona del mundo de ciclismo. Y aún será más hoy: es la favorita para lograr el oro en la final de persecución. La plata ya la tiene asegurada. Se convertirá así en el segundo atleta en la era moderna de los Juegos que gana dos metales en disciplinas distintas. Al anterior, el estadounidense Tim Shaw, hay que buscarlo en Montreal 1976 (plata en natación) y en Los Ángeles 1984 (plata en waterpolo). Shaw lo hizo todo en la piscina. Romero se salió del agua tras ser subcampeona olímpica en Atenas 2004 y abandonó el barco. Dos años después se subió a una bicicleta. Y es la actual campeona del mundo de persecución. Dos deportes agonísticos pero diferentes. Brazos o piernas. Romero nació equipada de serie para ser atleta total. Genética. Aunque todo fue por casualidad.

Podría haber sido mallorquina. Pero su padre encontró esposa y trabajo en Londres. Se quedó allí. Rebecca fue una niña inglesa. Alta (1,82), morena y fuerte. Deportista pero sin un deporte preferido. «No destacaba en nada», asegura. Al río llegó por una carambola del azar. Su familia se mudó al barrio de Twickenham Middlesex, junto al Támesis. El río se subió a su ventana. Vio barcos, remeros, piragüistas. Quiso probar. Hojeó las páginas amarillas, en la sección de actividades acuáticas. Había varios clubes. Ya se sabe: la tradición inglesa, la Oxford-Cambridge... Se decidió por acudir al Twickenham Club. Por cercanía. Pero estaba ubicado en una pequeña isla. Y justo entonces, el puente de acceso andaba en obras. Casi desistió. Hizo una última llamada, al Kingston Rowing Club. Afortunadamente, la línea no comunicaba. Sin saberlo, acababa de ingresar en una institución del remo británico.

De no destacar en nada, pasó a brillar en todo. En ocho meses ya fue seleccionada para el Mundial juvenil. Luego logró el oro en categoría sub 23. Y ya en 2001 acudió con el equipo británico al Mundial absoluto. Remaba en el cuádruple scull. Acabaron quintas. En esa misma embarcación consiguió la plata olímpica en Atenas 2004, sólo superada por Alemania. Ella y sus tres compañeras se vengaron en el Mundial: oro. La consagración. El momento del adiós. Una lesión de espalda le apretaba cada mañana. En su pared colgaba su Diplomatura en Comercio. Decidió dejar de sufrir. De remar. Pekín se borró de su lista de sueños.

Primero se lo dijo a un amigo, Don Hunt, entrenador de ciclismo. Como la decisión de ser remera, la de ciclista llegó también a través del teléfono. En esa conversación, Hunt convenció a Romero para hacer un test físico. «¿Por qué no cambias de deporte?» Aún tenía 25 años. La colocó sobre una bicicleta estática. «Dio un resultado impresionante incluso para un ciclista. Le dije que tenía un gran potencial», recuerda Hunt. Mejor fue aún la primera prueba seria sobre la bicicleta. El debut en el velódromo, en marzo de 2006. Hace sólo dos años. Marcó 3 minutos y 47 segundos en los 3.000 metros de la prueba de persecución. Todos se restregaron los ojos. En Atenas, el oro sólo había costado apenas 23 segundos menos. A la primera. Los dígitos de una elegida. Quedaban dos años y pico para Pekín. Le convencieron. «La primera vez que estuve en el velódromo sentí miedo. Pero enseguida tuve una sensación mágica», cuenta. Remar con las piernas.

Le bautizaron . Porque se colgó en el Mundial 2007 de pista una medalla igual a la del remo. Fue en el anillo de Manchester, la cuna del ciclismo británico. Ese logro mantuvo a Romero atada a la bici. Había estado a punto de archivarla, como antes los remos. Pasaba el día en las tres horas de tráfico que van de su casa en Londres a la pista de Manchester. Acabó trasladándose a un apartamento pegado al velódromo. Y se deprimió. Mánchester nada tiene que ver con la capital. ¿Para qué tanto esfuerzo si ya había sido una deportista famosa?

Esa medalla de plata sirvió para rescatarla del abatimiento. La siguiente fue de oro, en el Mundial de Mallorca 2008, el primer hogar de su padre. Ahora, cuatro años después de ser remera en Atenas es ciclista en Pekín. «A Rebecca no le interesa la plata», avisa Chris Boardman, recórdman de la hora, ganador de prólogos en el Tour y responsable de la selección británica de pista. Siempre entre el asfalto de la ruta y la tarima del velódromo. El caso es que ahora una de sus estrellas viene del agua. Del Támesis. La única en la historia del olimpismo que se ha atrevido con un salto así.

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