Noche de grandeza ignaciana

La fachada pétrea de la Basílica de Loiola acogió el hermoso musical 'Arrupe, mi silencio', en una velada llena de verdad histórica

EMECE| AZPEITIA.
El escenario al aire libre instalado frente a la fachada de la basílica donde se desarrolló el musical con los  actores y el coro. / FOTOS JOSE MARI LÓPEZ/
El escenario al aire libre instalado frente a la fachada de la basílica donde se desarrolló el musical con los actores y el coro. / FOTOS JOSE MARI LÓPEZ

DV. Nunca, en la más generosa de las ensoñaciones, hubieran pensado el genovés Giovanni Paolo Oliva, Padre General de la Compañía de Jesús, y los arquitectos Carlo Fontana y Charles de Noyelle, que cientos de años después ante el santuario barroco que abraza y acoge la casa solariega de los Oñaz-Loyola, en los inicios del siglo XXI hombres y mujeres de esta tierra y otros venidos de distintos puntos del planeta Tierra iban a tributar un rendido homenaje, en música y luz, a otro Padre General, el bilbaíno Pedro Arrupe, a modo de poner en verdad su apostolado en favor de los más necesitados llevando el mensaje del Evangelio al modo de contundencia de fe que otrora hiciera aquel inolvidable fundador, Iñigo de Loyola, como peregrino de la gloria de Dios.

Tal así debió concebir el musical titulado el compositor Gontzal Mendibil, para reivindicar a un sacerdote que supo adaptar, durante 18 años, a la Compañía de Jesús a los tiempos de frescura que el Concilio Vaticano II abría para una institución inmersa en un tradicionalismo angosto, llevando la fe al concepto de liberación humana hasta el punto que un papa polaco, abusando de los principios de obediencia y fidelidad de constitución jesuítica, lo llevó a los terrenos del obediente silencio como supremo sacrificio.

Esta acertada visión de Mendibil ha engrandecido, en sobremanera, la figura de Pedro Arrupe con el espectáculo ofrecido ayer, en una noche donde reinó la grandeza de la obra de san Ignacio, desde la propia universalidad de este musical, puesto en escena en su propio solar natal y en el día en que esta tierra guipuzcoana celebra su festividad. Fecha grande en suma.

El día había sido extremadamente generoso en calor y a las 22 horas, cuando la luz de la jornada ya tenía casi caídos los párpados. la batuta del director Juan José Ocón, marcó el primer compás conductor de un gran entramado musical, formado por el Orfeón Donostiarra, la Ludvig Orkestra Sinfonikoa, la Escolanía Araoz-Easo, la mezzosoprano Marifé Nogales, el cantante Pascual Molongua, el bailarín Igor Yebra, la Beti Jai Alai Dantzak y 90 actores, estando al frente de todos el propio Gontzal Mendibil encarnando, con un respeto y un recogimiento absolutos, a propio Arrupe.

Las fachadas de sobriedad herreriana que flanquean la basílica acogieron sugerentes proyecciones que hacían de hilo conductor, en la narrativa del musical, en la vida de este irrepetible jesuita.

Mendibil, amén de su fundamental aporte compositivo para esta obra, ha tenido el inmenso acierto de traer a la misma piezas musicales de indudable prestigio que ha dispuesto sabiamente engarzadas en distintos momentos fundamentales. Así tenemos que para el numero 3 , titulado se ha utilizado el pasaje de de Händel Surely he hath borne our grief (Isaías, 53) donde el Orfeón Donostiarra hizo gala de su inmensa categoría.

La personalidad vitalista de Arrupe encuentra momentos de impacto como es el caso de su estancia en Nueva York, donde está presente el recuerdo de jazzman Louis Armstrong, encarnado por Pascual Molongua quien en color de raza, tipo y voz cantó un impactante What a wonderful world.

La mezzosoprano Marifé Nogales tuvo una presencia destacable en esta obra en varios momentos, si bien ha de destacarse el hermoso dúo que realiza con Mendibil en el número 21, , que pone fin a la obra, cantando el Aita Gurea, en composición del propio Mendibil y José Luis Canal.

Arrupe muchas veces hablaba, en figuración, de los mensajes de Fe que portaban los ángeles de Dios, y como tales tuvieron su momento de calidad las voces blancas que integran la Escolanía Araoz-Easo, cuando hicieron el coro del Panis Angelicus de Cesar Frank, en el número 15 en exaltación al nombramiento Arrupe como General de la Compañía de Jesús. Fue un momento muy emotivo, cargado de simbolismo y que universaliza la figura de este vasco irrepetible.

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