SANTET NUESTRO, QUE ESTÁS EN.

En la moderna Barcelona existen varios ritos del pasado. Uno de ellos acontece en el cementerio del Poble Nou, donde un difuntito obra milagros por doquier

GONTZAL LARGO

¿Entes en un karaoke? Lo habitual es que los cementerios sean habitados por difuntos, aunque el imaginario popular siempre ha vinculado estos lugares con el más allá y los seres -espíritus, fantasmas...- que, presuntamente, los pueblan. La elección es obvia: no hay mejor lugar que un camposanto para imaginar asuntos oscuros e inexplicables. ¿Se creerían la historia de un espectro milagrero que acontezca en los pasillos del INEM? ¿Y en un karaoke asiático? No, ¿no? Mejor nos quedamos con las necrópolis.

Barna profunda. Barcelona es el prototipo de gran ciudad moderna, inquieta, de rabiosa actualidad, cosmopolita y europea, muy europea. Ello no entra en conflicto con ciertas tradiciones de corte supersticioso que bien podrían emparejarla con un pueblito de la España profunda, antes que con una capital de ese porte y distinción. Una de ellas acontece en uno de los cementerios modernos más antiguos de España: el del Poble Nou, creado en 1775 pero prácticamente deshabitado hasta bien entrado el siglo XIX. ¿Las razones? Las mismas que apuntamos aquí cuando hablamos del de Finisterre: el 'cementiri' del Poble Nou se encontraba demasiado alejado del meollo barcelonés como para que los familiares enterraran ahí a sus difuntos. En este caso, el distanciamiento de la ciudad mortuoria estaba justificado pues había que mejorar las condiciones higiénicas de unas urbes en las que vivos y muertos compartían espacios comunes.

Empleado milagrero. De todos los atractivos del camposanto del Poble Nou, sólo nos interesa un curioso fenómeno que tiene lugar desde hace más de cien años. Se trata de un nicho, uno normal y corriente, como los que encontramos en cualquier necrópolis. Lo que lo diferencia del resto es que está habitado por el Santet, un excelente ejemplo de cómo la devoción de unos pocos es capaz de elevar a una categoría casi divina -y sin la ayuda ni el consentimiento de la Iglesia- una figura anónima. Todo comenzó en el año 1899, cuando un empleado de los almacenes El Siglo, Francesc Canals Ambrós, falleció en el incendio que arrasó este comercio de la barcelonesa calle Pelayo. Tenía 22 años. Al poco de recibir sepultura, corrió la voz de que los restos del joven eran capaces de obrar milagros a todos aquellos que se acercaran a la tumba. Dicho y hecho: en poco tiempo, los nichos de alrededor se inundaron, literalmente, de flores, regalos, exvotos, cartas con peticiones, figuras santas, imágenes de la Virgen y Jesús -aunque lo del Santet es un asunto más bien pagano- y un sinfín de cachivaches. Un siglo después de aquello, la popularidad del Santet sigue intacta y, por lo visto, su energía milagrera no ha cesado ni un ápice, sino todo lo contrario. En un rincón de la isla 4A del Departamento Primero se ubica su tumba, a la que nunca le faltan flores frescas, figuras de cera que representan piernas, brazos e, incluso, pechos femeninos y todo tipo de parafernalia creyente. Tal es la pasión que despierta el Santet, que éste no tiene vecinos: todos y cada uno de los nichos que le rodean (12 en total) han sido habilitados como hornacinas para acoger obsequios e improvisados altares que la gente devota le prepara. Aún así, y a pesar de su generosidad, dicen que el espíritu de Francesc Canals tiene mala leche, que no conviene darle la espalda cuando uno se aleja del nicho. Así que, ojito.