El derecho de vivir en paz

ANTXON AGUIRRE SORONDO

E ste edificio nunca figurará en las antologías de la arquitectura moderna pues se trata de una de esas moles funcionales de cemento y cristal típicas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo en Occidente. No obstante, en Vietnam le dan el nombre de 'Palacio'. Y lo veneran como un lugar de culto patriótico. ¿Por qué?

El 30 de abril de 1975 una imagen dio la vuelta al mundo. Tanques del ejército popular norvietnamita rompían las verjas exteriores y lograban penetrar en sus jardines. Un soldado corrió al interior del edificio e izó desde el balcón de la cuarta planta la bandera del Vietcong. Frente a esa instantánea, todos comprendimos que la guerra de Vietnam había terminado. Meses más tarde, Saigón fue rebautizada con el nombre de ciudad Ho Chi Minh, el fundador del Partido Comunista Vietnamita, quien al final de la contienda instaló su cuartel general en el hasta entonces denominado Palacio Presidencial que pasó a llamarse Palacio de la Reunificación.

Hoy, dicho palacio es un museo histórico en torno a los últimos días de vida del gobierno capitalista de Vietnam del Sur. Sus sótanos albergan túneles y vías subterráneas de escape, una sala de reuniones y un centro de telecomunicaciones. En la planta baja hay una gran sala de conferencias, la de audiencias comparte el primer piso con diversas dependencias privadas. Más arriba nos enseñan los lugares de recreo para los gobernantes y sus familias, y el helipuerto de la terraza donde había permanentemente un helicóptero preparado para que el presidente pudiera huir. Cosa curiosa: todos los pisos disponen hoy de puestos de venta de recuerdos, trabajos de artesanía local y refrescos.

Al igual que exteriormente la construcción resulta insulsa, el recorrido interior nos deja bastante fríos. Supongo que hay que ser vietnamita y haber padecido su historia colonial para valorar y encontrar sentido a esas radios antiguas y mal cuidadas, a las grandes cocinas con viejos cacharros, a los mapas roídos, a las camas, armarios y sillones de hace treinta o cuarenta años. De hecho, un grupo de jóvenes vietnamitas que hicieron la visita a nuestro lado estaban como hipnotizados, cautivados ante lo que veían y escuchaban.

Pero, ¿sería igual si a ese grupo de vietnamitas les llevásemos a ver la Casa de Juntas y el Árbol de Gernika? No lo creo. Hay lugares que sólo se explican a través del conocimiento de su pasado. En tal sentido, a Gernika y Ho Chi Minh les hermana la historia de sus sufrimientos. Una y otra podrían hacer suyo el himno que dedicó Víctor Jara al pueblo vietnamita: El derecho de vivir en paz.

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