Espasmos y disonancias

RICARDO ALDARONDO
Anthony Braxton, durante su actuación en la Sala de Cámara del Kursaal. /J. ETXEZARRETA / EFE/
Anthony Braxton, durante su actuación en la Sala de Cámara del Kursaal. /J. ETXEZARRETA / EFE

El concierto de Anthony Braxton era el mayor reto de esta edición del Heineken Jazzaldia. Una cita casi a medianoche, en interiores y de pago, con uno de los nombres mayores de la vanguardia, no ya del jazz, sino de la música en general. Congregación de iniciados. Y sin embargo, estaba casi llena la Sala de Cámara del Kursaal, y de un público dispuesto a meterse de lleno en lo que podía salir de ese escenario, en el que había un montón de instrumentos dispuestos en círculo para siete músicos, con un enigmático reloj de arena presidiendo la escena sobre una mesa.

Unos dirán que se fue mucha gente durante los 70 minutos que duró el concierto ininterrumpido del septeto de Anthony Braxton. Pero la noticia es que la mayor parte se quedó, cerca de 400 personas que no sólo conectaron con la dificilísima propuesta de Braxton, sino que ovacionaron con ganas al final, algunas de ellas soltando un «bravo» o aplaudiendo en pie. Lo difícil es describir lo que allí se escuchó, y que responde al nombre de Composition nº 348, aunque si hubiera sido la Composition nº 286, pongamos por caso, nos tememos que el resultado no hubiera sido muy diferente. Un conjunto de espasmos, disonancias, construcciones completamente alejadas de los conceptos de melodía, ritmo o armonía tal como los entendemos habitualmente, sonidos lanzados aparentemente al azar, pero que al mismo tiempo parecen estar preparadísimos por el compositor y sus músicos, que los interpretan de una manera tremendamente apasionada. En algún caso la actitud podría parecer paródica: el contrabajista con aspecto intelectual retorciéndose en busca de sonidos aparentemente inconexos pero que a él parecían extasiarle, la guitarrista de aspecto modosito (como Judee Sill), que al tocar una sola nota arrítmica cada cuatro o cinco segundos, lo hacía moviendo la cabeza y la melena con la intensidad de un heavy.

La tensión, la entrega, la vocación y la convicción no faltaron en ningún momento de la interpretación. Tampoco la comunicación entre el profesor y sus músicos: se daban indicaciones unos a otros, pedían vez para tomar protagonismo y entraban a matar. Otra cosa es lo que esa propuesta provoque en cada cual. Se ve que, en lo suyo, Anthony Braxton, es buenísimo. Pero uno diría, desde un punto de vista particular, que esa música es sencillamente innecesaria. Con la cantidad de música que hay en el mundo, capaz de transmitir las más diferentes e intensas emociones, enfrentarse durante más de una hora a una especie de caos anodino, resulta simplemente inocuo. Pero uno no va a enmendarle la plana a todo un profesor, musicólogo y filósofo y uno de los nombres más respetados de la vanguardia de las últimas décadas, y mucho menos al numeroso público que disfrutó y aplaudió la propuesta. Y para esto están, entre otras cosas, los festivales, para dar espacio y oportunidad a las propuestas más radicales y brindar ocasiones únicas de conocer y venerar a quienes trabajan intensamente en los márgenes, como ya hizo hace unos años el Jazzaldia con Andrew Hill. Y seguro que a más de uno Anthony Braxton le proporcionó el momento de mayor éxtasis del festival. Allá cada cual.