Gontzal Mendibil: «El padre Arrupe trasciende el mundo religioso»

M. G. G.

Cuando Gontzal Mendibil recibió la llamada telefónica de Juan Miguel Arregui, entonces superior provincial de Loiola, preguntándole si se sentía capaz de montar un espectáculo musical para celebrar el centenario del nacimiento del padre Arrupe, se lo pensó. «Tardé cuatro meses en contestar».

En esos cuatro meses, el cantautor leyó libros sobre el padre Arrupe y por él escritos. Habló con Pedro Miguel Lamet, biógrafo de quien fuera prepósito general de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1983. Para cuando dio el sí al proyecto, Gontzal Mendibil ya se sentía cautivado por «una personalidad muy viva, muy pasional, que estuvo en los cinco continentes, que cambió el mundo de la Compañía de Jesús, que denunció las injusticias y sufrió por ello».

Observado desde el punto de vista de quien busca contar en formato de espectáculo musical la biografía de un personaje histórico, Pedro Arrupe tiene miga, tiene, por así decirlo, material dramático. Mendibil decidió estructurar el espectáculo en torno a tres momentos de sufrimiento, tres «silencios» que vivió el padre Arrupe.

El primero, de niño, la orfandad. Huérfano de madre desde niño, perdió a su padre cuando estaba estudiando Medicina junto a Severo Ochoa. El segundo, la bomba atómica. Como recuerda Mendibil, «estaba a tres kilómetros de Hiroshima cuando explotó la bomba atómica. Se salvó pero quedó marcado por esta tragedia que le acercó al budismo. Le impresionó el silencio con que reaccionó el pueblo japonés». Con este episodio se cierra la primera parte de la obra.

Un último momento de sufrimiento, en interpretación del director del montaje, estaría en la difícil relación del general de los jesuitas con la curia vaticana y con el Papa Juan Pablo II. «El padre Arrupe le pidió la renuncia, pero el Papa no se la aceptó. A los pocos meses, sufrió un derrame cerebral que probablemente tendría que ver con la tensión tan dura que soportó».

Gontzal Mendibil ha hablado con personas que trataron al bilbaíno. «Todos hablan de su carisma, de su autenticidad, de su chispa, de la luz de sus ojos. El padre Arrupe fue un precursor, alguien que estuvo en el mundo y contó lo que vio, una personalidad que trasciende el mundo religioso».

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