Cuando el tamaño importaba

Agustín Luengo Capilla murió en 1875 con 26 años y 235 centímetros de poderío extremeño. Su esqueleto se exhibe en el Museo Arqueológico de Madrid.

Negocios son negocios. Hubo una época en la que lo inusual, lo raro, lo extraño vendía. Y vendía mucho. También entretenía. Así ocurría porque no había otra cosa con la que salir de la rutina y porque el ser humano siempre ha sentido fascinación por aquellos seres que, dentro de la normalidad, se salían por la tangente. Los enanos y los gigantes formaron parte de esa tradición morbosa. Los primeros fueron requeridos, durante el período barroco, por reyes de toda Europa para formar parte de su séquito -el cuadro de de Velázquez es una discreta prueba de ello-, mientras que los segundos eran objeto de entretenimiento para el pueblo llano. En los siglos XVII y posteriores, todas aquellas personas que superaban los dos metros y pico con holgura eran susceptibles de convertirse en fenómenos, remunerados, de feria y/o curiosidades científicas.

Extremo y alto. La sala III del museo Nacional de Antropología de Madrid guarda un tesoro que ha fascinado a niños de varias generaciones: el esqueleto del Gigante de Extremadura o, lo que es lo mismo, de Agustín Luengo y Capilla. No es una osamenta cualquiera, sino que mide 2,25 metros y cuenta con, casi, 150 años de historia. A pesar de que el concepto de gigantismo de hoy día ha cambiado con respecto al del siglo XIX, los restos del pacense siguen siendo una de las grandes atracciones de este museo de atmósfera romántica. El esqueleto perteneció a este súbdito de Puebla de Alcocer, nacido en 1849, que se ganaba la vida como fenómeno de circo. Así fue hasta que Pedro González de Velasco, un catedrático en Anatomía por la Universidad de Madrid, se topó con él y le propuso un trato: le daría 3.000 pesetas por su cuerpo. Una parte le fue adelantada en vida y la otra sería destinada a sus familiares, tras su deceso. A cambio, el Doctor Velasco tendría total potestad por el cuerpo de Agustín. al morir éste, claro. Cuando ello ocurrió, el titán extremeño contaba con 26 años de edad y medía 235 centímetros, aunque el tránsito provocó que perdiera 10 centímetros. El nuevo dueño del cuerpo realizó un vaciado en yeso de Luengo y Capilla y lo expuso, también, en una sala del museo, junto a una momia guanche traída desde las islas Canarias que, a duras penas, llama la atención de los visitantes debido a la competencia del ejemplar badajocense.

Extremo y alto. La fascinación por los gigantes es, casi, tan antigua como la propia humanidad. Hasta el santoral cristiano cuenta con un coloso de la talla de San Cristóbal que, según los escritos, vivió en el siglo III y aprovechaba su inmensa estatura para ayudar a los caminantes a atravesar un turbulento río. Las representaciones que de él hay en iglesias y catedrales están a la altura, nunca mejor dicho, de su leyenda, midiendo varios metros y cubriendo paredes enteras, como ocurre en la Catedral de Sevilla o en la de Toledo. Pero si hubo un personaje histórico fascinado por los hombres grandecitos, éste fue, sin duda, Federico Guillermo I, rey de Prusia a principios del siglo XVIII. Su gran obsesión fue crear el regimiento de gigantes que sirviera en su ejército. Recorrió media Europa y puso sobre aviso a la otra media, para que monarcas y nobles le informaran de personas de gran estatura, es decir: de aquellos que superaran los. 180 centímetros. Obviamente, era otra época, con otros cánones de estatura. De hecho, las crónicas apuntan que Federico Guillermo I apenas rozaba el metro y medio, de ahí que quisiera presumir de aquello de lo que carecía.

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