Agua despilfarrada. La Expo de Zaragoza

SANTIAGO ERASO
Agua despilfarrada. La Expo de Zaragoza

H ace unas semanas pasó por Barcelona Anthony Allan, premio del Agua de Estocolmo 2008. Este investigador del King College desarrolló a mediados de los noventa, en el marco de la economía ecológica, el concepto de , entendido como la cantidad de H2O que es necesaria utilizar para generar cualquier bien o servicio. La idea enlaza con la noción de 'metabolismo económico' que, según Oscar Carpintero, profesor de Economía en la Universidad de Valladolid, permite profundizar en la comprensión física de la economía; también con la de 'huella ecológica', la extensión de tierra que se necesita para producir todos los recursos que consumimos y absorber sus desechos, concepto desarrollado por Mathis Wackernagel y William Rees.

Estos instrumentos analíticos se han mostrado muy útiles para medir el impacto y la repercusión ambiental de las actividades económicas que emprendemos los seres humanos. Según estas nuevas herramientas de cálculo ecológico, no consumimos agua únicamente cuando bebemos o la utilizamos para el uso doméstico; cada vez que comemos o consumimos algo debemos sumar también el coste del agua que hace falta para su producción. Un ciudadano medio de un país desarrollado consumiría entre 4.000 y 6.000 litros diarios.

La Exposición Universal sobre el Agua de Zaragoza, que se ha inaugurado a bombo y platillo hace unos días, ha costado, hasta ahora, más de 2.500 millones de euros. Su página web inicia la información del macro-evento recordándonos que «¡Viva la Fiesta Mayor del agua en la tierra!». Tras más de cinco mil espectáculos -sí, leen bien, 5.000- y miles de metros cuadrados dedicados a «representaciones y exposiciones» sobre el mundo del agua, se esconde una estrategia de propaganda y despilfarro que olvida el necesario y responsable equilibrio entre producción y consumo. En un vídeo promocional, que se puede ver también en el inicio de la página web, un atónito y conmocionado entrevistado, después de contemplar fascinado -hipnotizado, añadiría- el acto inaugural, responde así a la pregunta sobre su opinión del espectáculo: «Realmente, lo grande que es todo. El volumen que mueven. Que es muy grande. Es lo que más me ha impactado». La Expo de Zaragoza que, ante el problema del agua en el mundo, debía ser un ejemplo de contención y precaución se enorgullece de su grandiosidad y espectacularidad, imprudente y temeraria. Los líderes del G8, en su reunión anual celebrada hace unos días en Japón, incapaces de llegar a acuerdos importantes sobre la crisis económica o el calentamiento global, no han tenido el más mínimo reparo en fotografiarse plantando árboles. ¡Cuántas y qué grandes paradojas!