La muerte del mensajero

Ayer se cumplió el 30 aniversario del crimen de José María Portell, el primer periodista asesinado por ETA

ÓSCAR B. DE OTÁLORA| BILBAO.
José María Portell./
José María Portell.

DV. El asesinato del periodista José María Portell es uno de los muchos crímenes de ETA que queda sin resolver. Hace treinta años, el 28 de junio de 1978, a las nueve de la mañana, dos terroristas vestidos con chándal rojo le esperaban frente a su casa, en Portugalete. Los asesinos le vieron sentarse en su Seat 124 y encender la radio. Sin darle tiempo a arrancar el motor, los etarras abrieron fuego contra él. Portell murió prácticamente en brazos de su mujer, la también periodista Carmen Torres Ripa, quien había escuchado los disparos desde su casa y se asomó al balcón con sus hijos. Tuvo tiempo de bajar a la calle y abrazarle antes de que llegasen la Policía y las ambulancias. Era un viaje inútil.

El asesinato de Portell se convirtió en el primero de un periodista a manos de ETA. La organización reivindicó ese mismo día el crimen y explicó su sentencia de muerte. «Portell daba una imagen infantil y desorientada de ETA», afirmaron los terroristas, al tiempo que amenazaban a otros medios de comunicación. También le acusaban de ser «un agente del Gobierno dedicado a calumniar» a la organización armada. ETA (pm) no dudó en condenar el atentado y acusar a la línea 'militar' de «desprestigiar el mismo nombre de ETA y su glorioso pasado». Cuatro días después del asesinato, el Gobierno de UCD, tras pactar con los partidos en la ponencia constitucional, suprimía la pena de muerte de la legislación.

Un atentado cada día

En aquellos días, la prensa recogía un atentado prácticamente cada día. ETA ametrallaba a policías o colocaba bombas contra edificios de las fuerzas de seguridad con una regularidad brutal. El 8 de julio, por ejemplo, un etarra mató al juez de paz de Lemoa, Javier Jáuregui. Esa misma mañana, un niño de Arakaldo se encontró un paquete extraño en la calle. Lo llevó a su casa y se lo enseñó a su padre. El hombre reconoció al instante el mecanismo de relojería del artefacto explosivo. Estaba programado para estallar a las dos y faltaban apenas cinco minutos para esa hora. Tuvo el tiempo justo de tirar el paquete a la calle, donde explotó. Era una bomba lapa colocada en el coche de un vecino, un agente de la Guardia Civil, que se había desprendido por el peso. El niño había jugado con la muerte.

En aquellos días de sangre y violencia en los que ETA asesinó a Portell, un suceso había conmocionado a Euskadi. En medio de los asesinatos casi diarios, un adolescente -Fermín Arratibel, hijo de un ex edil del PNV- apareció muerto en un descampado de Ataun con un disparo en la cabeza. Los cuatro amigos con los que había subido al cercano monte Amondarain habían desaparecido también.

La víspera del crimen de Portell, la Policía ofreció su primera versión sobre la ausencia de los cuatro menores de Ataun. «Se estaban entrenando para formar parte de un comando de ETA y huyeron al matar de forma accidental a un compañero», aseguraron los portavoces de las fuerzas de seguridad. Cuatro días después, los adolescentes se entregarían, acompañados por el entonces dirigente de Euskadiko Ezkerra Juan María Bandrés. Contaron que habían encontrado un zulo de ETA en el monte y, al jugar con una pistola, la dispararon de manera accidental. La bala alcanzó a Fermín Arratibel. Los jóvenes quedaron en libertad. Quien había apretado el gatillo fue Juan Carlos Yoldi. En 1985 fue detenido por pertenecer a un comando y condenado a 25 años de cárcel. Dos años más tarde, cuando aún cumplía condena, Herri Batasuna lo presentaría como candidato a lehendakari.

El límite del periodismo

En aquellos años de plomo en los que las pistolas y las bombas llegaban a manos de adolescentes, Portell era redactor jefe de y de la . Se le consideraba un periodista independiente y combativo. Tenía escritos dos libros sobre ETA y en su agenda guardaba teléfonos y nombres del mundo de la izquierda abertzale, en especial, de personas ocultas al otro lado de la frontera, en el 'santuario francés'. Su viuda, en el funeral, explicó cuál era el titular que buscaba su esposo: «Hay paz en Euskadi».

«Había saltado los límites del periodismo para entrar en los vidriosos caminos de la diplomacia política, sin saber si debajo de mi trapecio había siquiera una red que me parara el golpe». La frase es del propio Portell. En el momento de su muerte había sido mensajero en uno de los intentos de negociación entre algunos sectores del Gobierno de Adolfo Suárez y ETA. Su contacto en el otro lado de la muga, el ex etarra Juan José Etxabe, fue ametrallado el 2 de julio, cinco días después del crimen de Portell, en un atentado que costó la vida a su mujer, Rosario Arregui. El crimen fue reivindicado por la Triple A. Una semana más tarde, ETA militar anunció que no quería ningún tipo de conversaciones secretas con el Gobierno.

Tras el crimen, la prensa de Vizcaya dejó de publicarse durante dos días en señal de protesta. En todos los medios de comunicación se editorializó sobre el brutal ataque a la libertad de expresión que ETA había llevado a cabo. Son páginas que hoy se siguen escribiendo. El titular que buscaba Portell todavía no ha podido publicarse.

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