El surrealismo del grupo Cloc tomó al asalto San Sebastián hace treinta años

Álvaro Bermejo, Fernando Aramburu y Francisco Javier Irazoki recuerdan aquella aventura de provocación, humor y literaturaLlegaron a publicar en la prensa el asesinato de varios de sus miembros

ROBERTO HERRERO
Tres miembros de Cloc después de haber pintado El peine del viento en enero de 1980./
Tres miembros de Cloc después de haber pintado El peine del viento en enero de 1980.

san sebastián. DV. En marzo de 1978 los donostiarras Fernando Aramburu, Álvaro Bermejo y José Félix del Hoyo deciden fundar algo llamado Renovación surrealista. Poco después ponen un anuncio en la prensa pidiendo surrealistas. La primera reunión se celebró en el bar Goya, allí mismo se inventaron el nombre de Cloc, que según Aramburu significaba «el ruido que hacen los garbanzos cuando caen desde un octavo piso sobre las cabezas huecas de los transeúntes».

Poco a poco fueron consiguiendo notoriedad en los medios de comunicación, ayudados por acciones como pintar El peine del viento, crear una surrealista radionovela, lanzar miles de esquelas por el Bulevard gritando '¡Viva la Coca-Cola!' durante una campaña electoral, anunciar en la prensa el asesinato de sus miembros o presentar como propios unos versos de Neruda al concurso del Ateneo y llevarse el segundo premio. Treinta años después Bermejo, Aramburu y Francisco Javier Irazoki, que se unió a Cloc desde Lesaka, lanzan sus miradas hacia aquellos años en los que vivieron, según Bermejo, «la divertidísima sensación de tener el mundo cultural de San Sebastián en nuestras manos».

De los tres sólo el propio Bermejo sigue en Donostia. Aramburu vive en la ciudad alemana de Lippstadt e Irazoki reside en París. Los tres son respetados escritores con un buen número de libros publicados. Al pedirles una fotografía rápida de aquellos años, el resultado es positivo. Aramburu lo recuerda como «una experiencia juvenil estupenda. No sólo por el anecdotario descacharrante y las risas que todavía resuenan en mi recuerdo, sino porque me proporcionó a edad temprana ese tipo de lecciones que luego sirven para toda la vida. De esto soy consciente ahora. Entonces estaba ocupado en pasármelo bien. Me refiero a la idea de que las convenciones matan el arte, de que la rebeldía continuada es una forma de acomodo social, de la enorme utilidad moral de disentir de uno mismo o del sano rechazo de lo solemne».

Bermejo cree que 1978 fue «nuestro Mayo del 68 en una Gipuzkoa que despertaba a la Transición con una potencialidad cultural impresionante, a años luz de la opulenta indigencia actual. No teníamos Tabakalera ni Koldo Mitxelena ni Kursaal, pero teníamos a Jorge Oteiza y a Mikel Laboa en su mejor momento liderando una nómina infinita de artistas y creadores excepcionales. Atxaga y sus amigos editaban la revista Pott, por ahí andaban los locos de Euskadi Sioux, y hasta era posible editar una excelente publicación literaria en castellano, como Kantil, algo inimaginable hoy día. Nos embarcamos en una aventura que nos consentía el lujo de señalar a todos los 'reyes desnudos' del país. Todavía estamos pagando las consecuencias».

Para Irazoki aquellos fueron tiempos de «una fraternidad ruidosa. Fernando Aramburu me propuso con retranca adherirme a la 'tercera revolución surrealista'. Yo, que nunca he sido surrealista, acepté encantado y, gracias a ese equívoco, conocí a quienes serían mis mejores amigos».

Fueron años duros, con la democracia dando sus primeros pasos, miedos y esperanzas cruzándose, mientras ETA no dejaba de golpear. Aramburu cree que la violencia terrorista estaba presente en sus vidas, pero «en modo alguno, lo confieso, con la claridad y el rechazo sin paliativos que prácticamente todos los que participaron en la aventura Cloc, cada uno a su manera, llegaría con el tiempo a demostrar. Había mucha niebla entonces. Y la peor de todas, a mi juicio, era ese error garrafal que nos llevaba a los jóvenes de izquierdas a ignorar que el totalitarismo y el terror no son un ejercicio exclusivo de las derechas. Por lo demás, la práctica del sentido del humor nos tenía a los de Cloc totalmente vacunados contra los dogmas del nacionalismo vasco». Irazoki añade que la violencia no la vivía «de forma explícita, pero ya detestaba su totalitarismo y sus crímenes. En algunos de los poemas que escribí en aquellos años se refleja mi rebeldía frente a esas crueldades. Siempre he rechazado a ETA porque pretende materializar el sueño de Menéndez Pelayo: un país de clérigos armados». Aramburu suma una pregunta que es también respuesta: «¿Alguien se puede imaginar algo más aburrido, cabreado, monótono, antipoético y pueblerino que un activista de ETA?».

Pero ¿de dónde salían esos jóvenes, la mayoría de ellos estudiantes? ¿Tenían maestros, se sentían herederos de corrientes culturales o, más bien, contraculturales? Bermejo lo niega: «Por mi parte desde luego que no. Siempre entendí aquel tiempo como una iniciación personal donde se mezclaban demasiadas lecturas y circunstancias como para establecer un criterio común realmente asumido y acatado por todos. En un inventario urgente se me cruzan las ficciones de Jorge Luis Borges, el cine de Luis Buñuel, las performances de Ives Klein, el piano de Keith Jarret y un trekking por el Congo del dictador Mobutu, con machete y mochila - en la línea de El corazón de las Tinieblas-, mi experiencia más surrealista, hasta la fecha».

Fernando Aramburu sí que reconoce alguna fuente, sobre todo cercana al dadaísmo, «que con todas sus gamberradas públicas y su antiarte ejercía sobre nosotros una suerte de atracción modélica. Los pelos largos, la vestimenta desastrada, la música malsonante, también. Pero tampoco nos ajustábamos a una ortodoxia. Nos gustaba un huevo El Quijote, por poner un caso. A nadie se le afeaba una lectura determinada. En suma, carecíamos de catecismo». Irazoki se fijaba más en el surrealismo francés guiado por André Breton. «Era la principal referencia, pero sin dogmas. No hubo ningún santoral que nos uniera. Cada uno tenía sus modelos literarios. Los míos estaban bastante alejados del surrealismo: César Vallejo, Juan Rulfo, Blas de Otero, Jorge Luis Borges».

Entre sus acciones más recordadas están varias pintadas con las que 'decoraron' El peine del viento, del que decían que «no era más que una agrupación de hierros». Pero la mayoría de sus iniciativas era menos agresiva. De algunas hoy se arrepienten, pero muchas las recuerdan con el humor que entonces era el ingrediente principal. Bermejo dice que no conoce a nadie «que se avergüence por haber tenido dieciocho años, pero tampoco considero especialmente 'reivindicable' nada de lo que hicimos entonces». Pintar las esculturas de Chillida no le trae buenos recuerdos a Irazoki, que asume los errores: «No soy un borrador de huellas, me duele haberlo hecho».

Aramburu afirma que hubo «alguna pasada y no pocas meteduras de pata sobre las que ya entonces me mostré arrepentido. Por ejemplo, les hicimos una novatada horrenda a los colegas de la revista Kantil. Montamos en la redacción un belén con cuerdas y una carretilla de albañil encima de la mesa, dentro de la cual prendimos fuego a una sobrecubierta (y no a un libro, como versiones poco fidedignas han difundido) de Lectura insólita de El Capital. Guerra Garrido me lo sigue echando en cara cada vez que me ve. Aquello, por ejemplo, estuvo mal. No hay que darle más vueltas. No me sirve de excusa alegar que, dada nuestra juventud, aún desconocíamos el penoso maridaje que han formado en la historia de la humanidad el fuego y los libros».

Son los recuerdos de más de tres años de Cloc, pero ¿se imaginan juntándose y organizando ahora una de Cloc? ¿Quién o qué sería hoy su diana preferida? «Yo me lo imagino perfectamente -cuenta Aramburu-. Y lo cierto es que hay días en que me vienen ciertos picores internos ya sentidos en el pasado. Pero es muy difícil ser joven cuando uno ya no lo es». En cuanto a posibles objetivos actuales, sonríe Aramburu al decir que «el lehendakari Ibarretxe no sabe la inmensa fortuna que ha tenido de no ser coetáneo del grupo Cloc». Irazoki no necesita muchas palabras para contestar: «No», responde con total seguridad al pensar en nuevas aventuras cloquianas.

Bermejo sí que se imagina ese regreso, «pero sólo para mirar hacia atrás sin ira y sin autocomplacencia. Sinceramente, no creo que hiciéramos nada que merezca ser recordado, y sí mucho que preferiría olvidar, aunque no pueda evitar reír cada vez que lo recuerdo».

Lo que está claro es que Cloc habría pasado al olvido si algunos de sus miembros no fueran hoy reconocidos escritores. «Yo le dije una vez a un compañero: tú escribe en el futuro lo mejor que puedas, esfuérzate, gana premios, triunfa y así ayudarás a dar prestigio a todas estas calaveradas que hacemos ahora», admite Aramburu. Bermejo piensa que su creación literaria no tiene demasiada importancia. «Pero me asombra más que treinta años después aún alguien se acuerde de Cloc. Como dijo Churchill de la URSS, pienso que se trata de un pequeño mito local indebidamente exagerado».

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