Sobre témporas y predicciones

La afición de los vascos a las témporas viene de antiguo. El tiempo atmosférico es un factor condicionante de la agricultura, la ganadería y la navegación, y, como consecuencia, todas las civilizaciones han buscado predecirlo. Así que han desarrollado sistemas de predicción estacional basados en métodos que van desde abrir un pato hasta estudiar el despertar primaveral de una marmota, pasando por las cabañuelas y las témporas. Las témporas tienen valor como tradición y son parte de nuestro patrimonio cultural. Hagan los historiadores y antropólogos estudios sobre ellas y consérvense en un museo, junto con refranes y descripciones de Basajaun, pero no es cabal permitirles ocupar un lugar destacado en la información meteorológica del siglo XXI.

Sorprende la pasión con que los medios de comunicación han redescubierto últimamente las predicciones basadas en las témporas. A las mismas añaden valoraciones subjetivas acerca de su (supuesto) espléndido rendimiento como sistema de predicción estacional. Como consecuencia (posiblemente involuntaria), en vez de informar a la sociedad, transmiten una idea falsa: que la meteorología es magia. La meteorología realiza predicciones a partir de principios físicos básicos, formulados mediante ecuaciones complejas que se resuelven en ordenadores de última generación. La sociedad dedica grandes cantidades de dinero a mantener centros de predicción numérica, sensores meteorológicos en superficie, barcos oceanográficos, boyas, radiosondeos verticales, satélites y otros sistemas de medida. Gracias a ello, los pronósticos del tiempo son cada día más precisos, facilitando la protección social ante eventos meteorológicos adversos.

No existe ninguna evidencia que sustente el uso de las témporas como un sistema de predicción estacional. La teoría sostiene lo contrario, que no es posible realizar predicciones de 90 días de alcance (desde septiembre hasta diciembre) basándose en el estado actual de la atmósfera en un punto (pongamos que Abadiño). Estudios rigurosos demuestran que la capacidad de predecir con una estación de antelación depende del estado del océano (especialmente el tropical). Resumiendo las cosas de forma sencilla: si Joxe sale a la puerta de su caserío en Abadiño y mira el tiempo ahora, puede llegar a saber lo que va a hacer durante las próximas horas, porque ha acumulado una experiencia muy grande durante años de cuidadosa observación del cielo cercano, pero no puede ver nada que esté situado a miles de kilómetros de distancia, más allá de su alcance visual. Y justo eso que Joxe no está viendo a miles de kilómetros de distancia es lo que determina el tiempo que sentirá durante los próximos días. Si Joxe quiere saber el tiempo de los tres meses siguientes, tiene que conocer el estado del océano Pacífico tropical, a 12.000 kilómetros de distancia. Y aún así... el margen de error de la predicción estacional es grande, porque la atmósfera es un sistema extremadamente complicado (caótico).

Todo el mundo asistiría atónito a un informativo económico en el que recomendaran a los Piscis invertir en constructoras y a los Géminis vender eléctricas. Ningún locutor hablando sobre política diría que los resultados electorales del partido X han ido bien porque ha habido una conjunción astral. Un analista internacional no afirmaría que la invasión de Líbano o la de Irak ha sido inducida por extraterrestres. Sin embargo, en la información meteorológica es habitual contemplar imágenes del Meteosat de segunda generación junto a predicciones basadas en las témporas. Las predicciones temporológicas y las basadas en métodos internacionalmente aceptados comparten espacio y aspecto externo en muchos de los medios de comunicación de Euskadi. Pero no están al mismo nivel. La meteorología es una ciencia; las témporas son una superstición, aunque tengan arraigo y demanda populares.

En el mundo de la ciencia, un sistema de predicción es inútil hasta que demuestra lo contrario frente a las observaciones. No existe la presunción de inocencia. La carga de la prueba recae en quien diseña un sistema de predicción. Por tanto, quienes proponen las témporas como un sistema fiable de predicción estacional deberán describirlo con suficiente detalle como para que sea aplicable por terceros. Deberán aventurar una hipótesis contrastable sobre el fundamento físico que sustenta su capacidad predictiva. Finalmente, tienen que llevar a cabo un proceso riguroso de comparación (verificación) entre las predicciones temporológicas y las observaciones. Para una correcta verificación, la predicción no tiene necesariamente que ser cuantitativa, pero sí concreta. Todos sabemos que en verano va a hacer calor y en invierno frío, que en enero llueve habitualmente más que en agosto o que es posible que en febrero nieve. La predicción tiene que ser más concreta que eso. ¿Va a ser abril más lluvioso que, por ejemplo, el 60% de los abriles precedentes? ¿Va a ser la temperatura media de octubre en el Txorierri superior a 16,5 grados centígrados?

Mientras quienes proponen el método de las témporas no pasen por esta criba cuantitativa, no hay por qué creer las afirmaciones genéricas del tipo de «las témporas aciertan mucho». La meteorología científica está trabajando muy duro con vistas a realizar predicciones estacionales, y los resultados aún son pobres, pero, al menos, los métodos son razonables y los procesos de verificación, rigurosos. Adicionalmente, se obtiene un avance real en el conocimiento sobre las dinámicas de la atmósfera y el océano. Este hueco no puede ser sustituido por la superstición. La medicina aún no puede curar el sida, pero a nadie sensato se le ocurriría curarlo con infusiones de ala de murciélago y colas de lagartija. Hay muchas cosas que la ciencia no puede conseguir (como detener el proceso de envejecimiento). Pues a asumirlo y a vivir, pero sin abrazar a cambio creencias espurias.