EL LEGADO DE J. IGNACIO TELLECHEA

En estas horas de profundo dolor y tristeza por la muerte de persona tan irrepetible, una confortadora luz consuela el abatimiento: el recuerdo de su bondad y generosidad, el testimonio magnífico de una vida sobria y abnegada, su inagotable e ilusionante capacidad de trabajo, el impresionante legado de su obra científica, el ejemplo de su fortaleza, ánimo y seriedad en los durísimos largos meses de su recta final y en los que, como podía, seguía ocupándose de trabajos y escritos. Ahí está su precioso artículo (DV, 4 enero) dedicado al P. Arrupe.

Sacerdote de profunda e inquebrantable fidelidad y estricta rectitud, profesor de generaciones y maestro de historiadores, investigador e historiador de gran prestigio, autor de una imponente producción bibliográfica de alcance internacional, conferenciante y escritor excelente, partícipe en no pocos congresos y actividades culturales en Europa y América, hombre sencillo de hogar y de familia.

Probablemente, nuestra sociedad no es consciente de haber generado a figura tan sobresaliente que, con su trabajo incansable de más de cincuenta años, cubre la segunda mitad del siglo pasado y comienzos del actual. Solamente por la creación y dirección del espléndido Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, del Instituto Dr. Camino, patrocinado a lo largo de varias décadas por Kutxa, el nombre de Tellechea Idígoras merece un lugar en el callejero de su ciudad natal. (Apena pensar que no fue objeto de todas las distinciones que mereció; cosa que a él ni le preocupaba ni las esperaba. Algunas de las últimas, que agradeció mucho, de Eusko Ikaskuntza y la RSBAP).

Ejemplo de humanista cristiano con su profunda fe y espiritualidad, mente lúcida e independiente abierta a lo universal, en todo momento consecuente con su gran formación moral, doctrinal y académica, vasco que amó y vivió intensamente su País y el paterno Ituren navarro donde reposan sus restos, era persona que, siempre disponible para todo y accesible a todos, irradiaba confianza y nobleza con su cordial afabilidad.

Que no parezca exageración o apasionamiento lo que aquí se dice. Quienes lo trataron saben que fue así. Y, por supuesto, tantos enfermos que recibieron su visita y aliento. En su momento, personas e instituciones que honrarán con sus homenajes la memoria de J. Ignacio Tellechea sabrán ponerlo de manifiesto (al frente, al RSBAP de cuyo Boletín fue director tantos años), mejor de lo que aquí pueda escribirse con estas breves, rápidas y emocionadas líneas de urgencia.

Es la herencia que él nos deja. Pueden sentirse orgullosos sobre todo los suyos: su hermana Mª Ángeles -verdadero ángel de la guarda con su heroica asistencia- y su esposo Patxi e hijos José Ignacio y Javier. A ellos y tantos amigos, colaboradores e instituciones que quedan huérfanos de su magisterio, el más sentido pésame.

Decía J. Ignacio que la música de la cantata 147 de Bach le transportaba a Dios. El Orfeón Donostiarra, al que tanto quiso y admiró, se la cantará en la catedral del Buen Pastor como sabe hacerlo.

Goian bego. Descanse en paz.