Cinco historias en femenino

Cinco mujeres con trayectorias divergentes reflexionan en el siguiente reportaje sobre el papel femenino, las desigualdades latentes y los retos de futuro para lograr la igualdad

C. TURRAUA. ALDAZ
Miren Gurrutxaga arregla la habitación de su hijo. Dejó de trabajar para cuidarle y ahora es su mayor regalo. [USOZ]/
Miren Gurrutxaga arregla la habitación de su hijo. Dejó de trabajar para cuidarle y ahora es su mayor regalo. [USOZ]

SAN SEBASTIÁN. DV. En casa, entre cubetas de laboratorio, al volante de un autobús, encuadernando libros en un convento o recopilando información sobre los derechos de los inmigrantes, las cinco protagonistas de este reportaje guardan un rasgo en común: ser mujer. Miren, Rosario, Soraya, Yolanda y Silvana cuentan su visión del rol de las féminas en un día «necesario, que desaparecerá cuando se logre la verdadera igualdad».

MIREN GURRUTXAGA

Ama de casa

«Cuidar a mi hijo fue un regalo»

Llevaba veinte años trabajando cuando se le planteó la posibilidad de dedicarse a la crianza de su hijo y a la casa. Miren Gurrutxaga agarró esa oportunidad rápidamente y aquella decisión ha sido, asegura, «un regalo». Unas circunstancias muy especiales le llevaron a esta lazkaotarra de 52 años a su nueva vida. Ocurrió hace siete. Trabajaba de administrativa en una empresa de Lazkao. Salía a las ocho de su casa de Donostia y, cuando las cosas iban bien, regresaba a las siete. Muchos días, más tarde, a su hijo, de cuatro años, apenas le veía. «Cuando salía de casa, él estaba dormido. Y llegaba justo para bañarle y darle la cena, siempre con prisas».

Miren Gurrutxaga vivía la infancia de su hijo «con mala conciencia», asegura. «No disfrutaba de él. Tenía una persona en casa que le llevaba a la guardería y le cuidaba. Yo no conocía a sus amigos, ni a los padres de sus amigos, ni a los profesores. Algo no funcionaba». Pero más cosas iban mal. La empresa en que trabajaba había entrado en crisis. «Había mal ambiente y eran necesarias más horas de trabajo». No fue esto lo único. Por aquel entonces se le diagnosticó una enfermedad «muy seria», dice.

Después de sus seis meses de baja por enfermedad, su marido y ella decidieron replantearse la organización familiar. «Yo llevaba una vida muy estresada, siempre fuera de casa. Lo que mejor nos venía era que yo dejara de trabajar». Y le pareció un regalo. «Si hubiera seguido trabajando, hubiéramos tenido alguna otra inversión. Pero creo que la mejor inversión es dedicarme a mi hijo y a mi familia». La casa la lleva al día, «sin complicarme demasiado».

Considera que la dedicación a los hijos es la gran apuesta «de futuro». Aunque ella no añora su experiencia laboral, comprende la lucha de muchas mujeres por mantener su puesto de trabajo y su carrera profesional. Lo tienen, dice, difícil. «Las mujeres deben demostrar más su capacidad. Y para llegar tienes que hipotecar una parte de tu entorno. Hay que valorarlo». Lo ideal, dice, es que uno de los dos miembros de la pareja se dedique a los hijos. «Hay horarios de trabajo más compatibles que otros y hoy muchos padres están con sus hijos por las tardes. Ellos salen ganando. Quienes se pierden la infancia de sus hijos, en realidad no saben lo que se están perdiendo».

SILVANA LUCIANI

Trabaja en la asociación Mugak

«Ser inmigrante lo pone más difícil»

Si a la ecuación mujer y trabajadora se le suma un tercer factor, el de ser inmigrante, el resultado se complica y daría, seguro, para otra jornada de reivindicaciones. Silvana Luciani lo corrobora. Argentina de orígenes italianos, llegó a Gipuzkoa hace cinco años desde la ciudad porteña de Venado Tuerto. En plena crisis del corralito, decidió poner tierra de por medio y probar suerte primero en Andoain y luego en Donostia, donde trabaja en el centro de documentación de la asociación Mugak. Los comienzos no fueran nada fáciles. Trabajó en la limpieza, luego cuatro años como camarera, hasta que decidió convalidar sus estudios de Historia en la UPV, donde se licenció hace un par de años. «Además de la discriminación por ser mujer, sufres otra añadida, la de ser inmigrante», denuncia Silvana. Por ejemplo, a la hora de alquilar un piso -«a mí me decían que estaba ya ocupado y a mi pareja, que es de aquí, sí le daban cita»-. También encuentran trabas para tramitar sus papeles. «La Ley de Extranjería tiene un claro componente machista. Todo el reglamento para la reagrupación familiar está pensado para el hombre inmigrante, cuando el movimiento migratorio está protagonizado mayoritariamente por mujeres, que ejercen en el país como cabeza de familia», apunta.

Por eso hoy no festejará nada, pero aprovecha la entrevista para plasmar las reivindicaciones del colectivo. Silvana reclama «la igualdad de derechos, no solo como mujer, sino como personas», porque a veces, dice, las mujeres inmigrantes tienen que hacer frente a una triple discriminación: de género, de origen y de color de piel. «Ahora nos toca conseguir los mismos derechos por los que han luchado durante años las mujeres» y vencer todas las desigualdades.

ROSARIO SÁNCHEZ

Investigadora en Inbiomed

«El trabajo es parte de mi vida personal»

El nuevo fichaje de la Fundación Inbiomed, especializada en el área de las células madre y la medicina regenerativa, se llama Rosario Sánchez. Esta madrileña de 44 años acredita un curriculum brillante, del que pocos investigadores, hombres o mujeres, pueden presumir. Licenciada en Medicina por la Universidad Complutense, se especializó en Neurología y tras realizar su tesis en la Universidad Autónoma, cruzó el charco hasta Estados Unidos, donde ha trabajado durante diez años en diferentes investigaciones. En la Fundación Inbiomed aterrizó hace dos meses.

Rosario se expresa en un castellano en el que se cuelan intermitentes vocablos americanos, pero habla alto y claro sobre el papel de la mujer en la ciencia. «La situación ha mejorado. Pero todavía falta mucho para el reconocimiento de la investigación». Las diferencias de género también las ha sufrido: «Me he encontrado con situaciones desagradables. Por ejemplo, con hombres que reprochaban mi autoridad, por el simple hecho de ser mujer». En ciencia, dice, las cosas han cambiado en la base, pero no en la cúspide. «Hay muchas más mujeres estudiantes, más becarias. Pero cuando empiezas a escalar hacia la cima, la presencia femenina escasea. La falta de mujeres en los cargos más altos, de liderazgo, es escandalosa», denuncia.

A Rosario, que no tiene hijos, todavía le queda carrera por delante. Pero para llegar hasta su puesto ha tenido que luchar. «¿Sacrificio? No lo considero. Para mí el trabajo es una suerte, no hago distingos entre la vida profesional y personal. De hecho, mi trabajo forma parte de mi vida personal. Es creativo y enriquecedor». Y pone un ejemplo: «Es como si a un pintor le dices que tiene que dejar de pintar para dedicarse a su faceta personal. No lo entendería». Ella, como investigadora, tampoco.

PATRICIA NOYA

Carmelita Descalza

«Hay que reivindicar el rol femenino»

Patricia Noya tenía 18 años y estudiaba Bellas Artes. Compartía un destartalado piso con unas amigas en el barrio de San Ignacio de Bilbao. Aquella noche atravesaba la pista de baile de una discoteca, con un cigarro en la mano y un copa de Martini en la otra. La música sonaba a tope y fue en ese ambiente cuando sintió la «certeza absoluta» de que se le llamaba para la opción de vida que tomaría después. Pensó que los momentos se escogían «hasta con sentido del humor». «Era como si algo se apoderara de mí».

Otra experiencia curiosa le ocurrió al ir a por unas pinturas para uno de los trabajos de la carrera. «Compré las pinturas y me paseé por la librería. Giré y me encontré a la altura de mis ojos con un libro. Era el libro de la vida de Santa Teresa de Jesús. Me fui a casa pensando en lo tonta que había sido al comprar un libro escrito en castellano antiguo, un aburrimiento. No había nadie en casa. Entré en la cocina y abrí el libro. No sé hasta donde leí. No fue mucho. Llevaba diez minutos leyendo y sufrí un shock. Terminé de rodillas en el suelo de la cocina, diciendo: 'Yo quiero que hagas conmigo lo que hiciste con esta mujer'».

Aquella experiencia fue definitiva. Había habido otras anteriores, en ambientes más propicios, por ejemplo, en unas convivencias en su localidad natal, Markina, organizadas por la comunidad parroquial a la que ella acudía los fines de semana, dejándose llevar. Luego vino un tiempo de búsqueda, de sufrimiento y de rebelión. «'Tengo 18 años y toda una vida por delante', me decía. 'Qué marrón. Haberme llamado un poco más tarde...'». Al final llegó la rendición. «Fue como si todo encajara en un eje. Resultó enormemente sorprendente». Entró en las Carmelitas Descalzas con 22 años. Ahora tiene 42 y desde hace cinco es superiora del monasterio de Hondarribia. Trabaja de lleno en el inminente traslado de la orden a un nuevo edificio, en el que convivirán con carmelitas del convento de Zumaia. Serán 24. Trabajan en encuadernación, de una forma que les permita mantener el tiempo de recogimiento previsto en este convento de clausura.

Las carmelitas de Hondarribia celebrarán hoy el Día de la Mujer Trabajadora. «El trabajo de la mujer siempre ha estado poco reconocido», dice. «Y tenemos unas capacidades que se han minusvalorado. Hay que seguir reivindicando el rol femenino, porque parece que sólo puede llegar lejos la mujer agresiva y competitiva, la que renuncia a algo de su ser».

SORAYA SÁNCHEZ

Conductora de autobús

«A muchas mujeres nos gusta conducir»

Haciendo uso del típico tópico, preguntamos a Soraya Sánchez, conductora de la Compañía del Tranvía de San Sebastián, por su destreza al volante. «Por suerte -dice esta donostiarra de 32 años-, nunca me han dicho que eso de 'mujer al volante... peligro andante'. Es que las mujeres no conducimos ni peor ni mejor que los hombres». Soraya, separada y con un hijo de cuatro años, desmiente en pleno trayecto desde el Boulevard donostiarra hasta el barrio de Intxaurrondo cualquier discriminación por motivos de género. «Por lo menos en esta empresa», donde, asegura, «no se hacen distinciones de sexo y todos nos llevamos bien». Además, sus turnos le permiten compaginar su vida laboral y personal, «algo que no todo el mundo puede hacer y que no debería de ser tan difícil», dice.

Su trabajo le viene de familia. Hija y sobrina de chóferes de autobús, se incorporó a la plantilla de la CTSS hace cinco años. «Me encanta conducir. A muchas mujeres nos gusta, aunque en conjunto no seamos muchas. Por eso seguimos siendo una minoría en el sector. No por motivos de discriminación, sólo porque todavía somos pocas las que nos gusta conducir». ¿Lo peor de su oficio? «Hay que tener mucha paciencia con los viajeros. Cuando llegas tarde a una parada, tenemos que aguantar las quejas como si tuviésemos culpa de los atascos», se queja.

Hoy Soraya se ha cogido fiesta, aunque no para celebrar el Día de la Mujer, sino por un cambio de turno. «Yo creo que todos los días deberían ser de la mujer. Y la igualdad debería existir por derecho, no debería hacer falta reclamarla. Cuando se consiga la igualdad real, no harán falta fechas como las de hoy».