«Es imposible un acuerdo integrador en Euskadi con viejos conceptos políticos»

Daniel Innenarity reflexiona sobre la desconfianza hacia la política, los nuevos liderazgos, la «teatralización» de las diferencias y los cambios en la sociedad vasca

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alberto surio

Daniel Innenarity, profesor de Filosofía de la Universidad de Zaragoza, y uno de los pensadores europeos más lúcidos sobre los cambios experimentados en la política y la sociedad contemporánea, disecciona la actual crisis vasca desde una mirada preocupada aunque no exenta de un punto de «razonable esperanza». «Es imposible un acuerdo integrador en Euskadi desde los viejos conceptos políticos», asegura.«

¿Cuáles son las razones de la desconfianza actual hacia la política?

Me decía una vez Maragall, y todavía no había dejado la política activa, que la política ha dejado de ser la cosa más interesante del mundo y la gente se ha dado cuenta de ello. Buena parte del malestar que genera la política se debe precisamente a la impresión que ofrece de ser una actividad poco inteligente, de corto alcance, mera táctica oportunista, repetitiva hasta el aburrimiento, rígida en sus esquemas convencionales y que sólo se corrige por cálculo de conveniencia. Esta debilidad contrasta con el dinamismo de otros sistemas sociales. En nuestras sociedades conviven la innovación en los ámbitos financieros, tecnológicos, científicos y culturales con una política inercial y marginalizada. El repliegue de la política contrasta con el vigor de la economía o el pluralismo del ámbito cultural.

¿Caminamos hacia una sociedad abstencionista?

Lo que estamos es en una sociedad cuya ciudadanía actúa políticamente de muy diversas maneras, también participando poco o incluso despreciando abiertamente a la política y sus profesionales. No deberíamos interpretar la desafección como desinterés, porque puede ser una opción política tan legítima como otra cualquiera. Los responsables políticos tienen que estar muy atentos a estas señales de desafección porque, aunque los abstencionistas decidan poco un resultado electoral, que deciden, de hecho, más de lo que parece, crean un estado de opinión en la sociedad que no puede ignorarse.

¿Cómo influye la crisis de las ideologías en este movimiento?

No me gustan las connotaciones que ha tenido el discurso acerca de la «crisis de las ideologías», que ha sido utilizado para achicar el espacio de la política, para renunciar al papel de las ideas en política y justificar que se carece de proyecto. Prefiero hablar de un horizonte postheroico o de una política sin enemigos. Ha desaparecido el recurso fácil de presentarse como bueno únicamente porque el adversario es malo.

El lingüista Lakoff dice que la gente vota por «sus valores», no por «sus intereses». ¿Está de acuerdo?

Creo que cada vez se vota más en función del estilo de liderazgo que se ofrece. El modo de ejercer el poder, el estilo de gobierno, se ha convertido en algo central, más importante que el contenido.

¿Se vota con el corazón, con la cabeza o con el bolsillo?

Por una mezcla de todo eso. Pese a la trivialización mediática se detecta una cierta recuperación de la función de las ideas en política, del valor de los proyectos frente a la táctica de la mera ocupación de espacios.

Estilo y liderazgo

A mes y medio de las elecciones, ¿cuál es el balance de Zapatero?

El fenómeno más destacable de esta legislatura ha sido eso que llaman crispación y que no se debe a que haya grandes diferencias ideológicas sino más bien a lo contrario. Surge cuando no hay mucho antagonismo sino más bien una lucha encarnizada por hacer prácticamente lo mismo, es decir, por el poder sin más. Hemos contemplado una teatralización de las diferencias cuando todos sabíamos que, por ejemplo, el PP probablemente hubiera hecho algo parecido que el PSOE en los dos asuntos más polémicos: gobernar con el apoyo de los nacionalistas y explorar el diálogo con ETA. Y en este final de legislatura vamos a ver algo realmente curioso: el PP no va a comprometerse a revisar las iniciativas legislativas de los socialistas y éstos se harán perdonar demostrando que también ellos son gente de orden. Desde el punto de vista de la cultura política veo una gran pobreza ideológica y muy poca visión de futuro. Y en Euskadi la redundancia política ha alcanzado unos niveles superlativos, que explican el aburrimiento generalizado que se aprecia en la ciudadanía.

¿Faltan líderes políticos sólidos?

Más que de solidez, yo hablaría de un estilo de liderazgo político que, sobre la base de una comprensión de las transformaciones sociales que han tenido lugar, sea más cooperativo, integrador y orientado hacia el futuro. Por supuesto que no puede liderarse nada sin proyecto y convicciones, pero la solidez ya no puede entenderse de manera autoritaria. Un líder es también alguien que escucha, da juego y delibera con otros, que tiene un proyecto pero también está dispuesto a corregirlo en función de la respuesta que obtiene en la sociedad. Las sociedades maduras han jubilado el liderazgo visionario e impositivo.

¿Qué echa en falta de la actual élite política vasca?

Me gustaría contestar dando un rodeo que es sólo aparente. Hay una canción de Javier Muguruza titulada «Berritzea, orixe» que cuenta una historia banal pero de gran fuerza poética. Un hombre decide, después de muchas vacilaciones, hacer lo que tenía que haber hecho mucho antes: comprarse un jersey que sustituya al viejo que tiene. Finalmente se decide por lo que en el fondo sabía que debía hacer, algo que era tan evidente que no terminaba de percibir. Lo que estaba buscando, la noticia esperada, la novedad deseada, era algo tan sencillo como eso. ¿Cuál es nuestro jersey como sociedad?, ¿aquello que sabemos que debemos hacer y no queremos acometer, enredados en mil disculpas? Un acuerdo amplio e integrador que sustituya las viejas tácticas para conseguir que un día la aritmética parlamentaria nos dé la razón. Hay mil disculpas para no hacer lo que se tiene que hacer: que si unos vetan, que si la persistencia del terrorismo impone una moratoria política La sociedad vasca tiene derecho a percibir con claridad quién no quiere el acuerdo. Los electores repartirán en consecuencia los correspondientes premios y castigos.

¿La hoja de ruta de Ibarretxe nos acercará hacia la normalización o nos aleja de la misma?

Lo más importante es que seamos capaces de lograr un acuerdo y que todos comprendamos que no puede ser otra cosa que un compromiso en el que todos cedan algo. Es decir, que no será una mera negociación de competencias, pero tampoco un cambio de marco. Se puede articular en torno a una formulación moderna e integradora del derecho a decidir, que suponga un verdadero avance en el autogobierno y que al mismo tiempo constituya un punto de encuentro entre nacionalistas y no nacionalistas. Con los viejos conceptos políticos y sus instrumentos jurídicos este acuerdo es sencillamente imposible. Pero cabe formular este derecho mirando al futuro, con conceptos jurídicos y políticos avanzados, más allá de los esquemas clásicos de la soberanía, con sus jerarquías y dependencias, de manera que la decisión sea planteada como co-decisión. En este contexto, no se trata de discutir un listado de competencias, sino de dotar a las competencias propias de un contenido decisorio real y de pactar también su interpretación bilateral en caso de conflicto y garantizar el cumplimiento de lo pactado. Se trata del reconocimiento de la capacidad de los vascos para hacer valer su voluntad propia y que se respeten los acuerdos alcanzados. Y no hay respeto a la libre decisión sin un sistema bilateral de garantías que permita una estabilidad institucional del marco de relación pactado e impida una restricción unilateral del nivel de autogobierno que se derive del pacto suscrito. Todo lo que no sea explorar ese espacio de acuerdo posible es caminar hacia el fracaso colectivo.

«El problema es que ETA no tiene hoy un relato de cierre»

¿Supone la salida de Josu Jon Imaz de la dirección del PNV un fracaso en la modernización del nacionalismo?

La tarea que Josu Jon Imaz inició tendrá que complementarla alguien o él mismo. Representa la mejor formulación del nacionalismo, la más moderna, la que má adhesiones puede suscitar en la sociedad vasca y también la que puede obtener mayores niveles de autogobierno para este país. Es lo más innovador que ha producido la política vasca en los últimos años. Creo que sus mensajes han calado en la sociedad y han marcado unas referencias que ya son imprescindibles en nuestro debate político. Así lo manifiestan las encuestas y la alta aprobación que obtiene. Pero dar a entender que sólo el nacionalismo tiene que modernizarse es una simplificación que no comparto. Ninguna ideología, ningún partido están liberados de la obligación de reflexionar continuamente sobre sus fines, sus estrategias y las transformaciones de la sociedad.

¿Vislumbra un nuevo proceso en el que sea factible el final de ETA? ¿Su derrota?

La próxima ocasión será la definitiva porque las condiciones para que el Estado y la sociedad acepten un proceso de diálogo van a ser mucho más exigentes. Por eso tal vez sea difícil acceder a ese escenario, pero una vez allí, las cosas serán más fáciles que la vez anterior. Los deberes que hay que hacer especialmente bien son los de preparación y las garantías previas por parte del Gobierno español. Por otro lado, no me convence el debate acerca de la derrota porque es equívoco e interesado. ETA vive ahora en el espacio de tiempo que va desde la derrota hasta el final. Hay muchos ejemplos en la historia política de esta especie de «supervivencia después de haber muerto», periodos de inercia en los que el curso de la historia ya se ha decidido en un determinado sentido, pero las dinámicas continúan, bien porque sus protagonistas no se han enterado o porque les falta valor para aceptarlo. El problema es que ETA no tiene hoy por hoy un relato de cierre que le permita disimular con una cierta credibilidad para los suyos la prórroga de barbarie.

Imagínese que Zapatero apuesta si gana las elecciones por buscar una nueva mayoría con los nacionalistas vascos en la próxima legislatura. ¿Qué le parecería ese escenario?

En primer lugar, me parece que es el escenario más verosímil. Y además sería una gran oportunidad de sustituir el proyecto de una España plural por el de Estado plurinacional, algo más ajustado a la verdadera realidad. Sería la oportunidad de corregir uno de los principales fallos del desarrollo constitucional español, que ha sido el intento de realizar al mismo tiempo dos procesos completamente diferentes: la descentralización del Estado y la articulación de su plurinacionalidad.