Conquistó el mundo con un velomar

Cien años atrás, Ramón Barea paseó sobre las aguas de La Concha. Lo hizo con la ayuda de su velocípedo náutico, un invento 100% donostiarra

GONTZAL LARGO

No son muchas las personas que, a lo largo de la Historia, se han atrevido a caminar sobre las aguas. Que se sepa, libros y periódicos sólo recogen dos casos. Uno de ellos es por todos conocido: aquella ocasión en la que Jesucristo caminó sobre la superficie del mar de Galilea, según recogen en los evangelios de San Mateo, San Marcos y San Juan. El otro, sin embargo, ha pasado desapercibido no sólo en el mundo, sino en la propia ciudad natal del caminante acuático: Ramón Barea, el hombre que un primaveral día de mayo de 1893 vistió sus mejores galas -esto es, traje, corbata y txapela- y deambuló con gracejo sobre las aguas de la bahía de La Concha. Por supuesto, para realizar tal hazaña se sirvió de un aparato. Uno de su invención que, un siglo después, pasaría a formar parte indisoluble del paisaje de playas y lagos de todo el mundo. Nos referimos al velocípedo náutico que este donostiarra inventó y patentó con éxito el 3 de junio de 1893, le hizo merecedor de la Medalla de Oro y un diploma de la Academia de las Ciencias de Francia, y fue presentado -con éxito- en la Exposición Universal de París de 1900 . El paso del tiempo ha sido generoso con el invento, pero no con el hombre que lo alumbró. Ramón Barea se ha visto abocado al olvido, de no ser por la labor de recuperación de su memoria que están llevando a cabo varios de sus descendientes.

Por de pronto, el año que viene, el Ministerio de Industria del país vecino, va a organizar una exposición en París que aglutine algunos de los ingenios más singulares e importantes del siglo XIX. Ramón Barea Unzueta -bisnieto de nuestro héroe- trabaja desde hace años no sólo para que el velocípedo náutico figure en esa convocatoria, sino para que la propia ciudad de San Sebastián aprecie, en su justa medida, la importancia de la creación de su bisabuelo. Con él nos reunimos para recopilar más datos sobre este prodigio que revolucionó el ocio náutico hace ya más de un siglo.

Hombre con estrella

La figura de Ramón Barea está ligada indisolublemente al éxito empresarial y comercial: fue él quien tomó las riendas del negocio familiar de hojalatería ubicado en el número 4 de la calle Aldamar y propició que éste se convirtiera en proveedor de la Casa Real. A su empresa se deben, por ejemplo, los trabajos de fontanería del Palacio de Miramar. Pero el Señor Barea gozaba de una mente inquieta que, continuamente, maquinaba nuevas invenciones, casi siempre relacionadas con las materias primas que se podían hallar en su zinquería y plomería. No extraña entonces que, a principios de la década de los decimonónicos años noventa, Ramón Barea ideara un portento que le proporcionaría pingües beneficios: el velocíopedo náutico, es decir, la bicicleta acuática, también conocida como velomar o pedalo.

El artilugio en cuestión pesaba 43 kilogramos, podía armarse y desarmarse en apenas tres minutos y su diseño distaba de los velomares que, décadas después, se invadirían el mundo. Recordemos que, por aquella época, eran famosos los baños de ola en el Cantábrico por aquello de las propiedades terapéuticas, de ahí que el invento de Barea fuera considerado una suerte de panacea medicinal para personas enfermas «o de poco desarrollo físico», según recogía la revista La Ilustración Española y Americana. En sus páginas, también se podía leer la velocidad que era capaz de coger el aparato: 10 kilómetros hora, similar a la que puede alcanzar un peatón corriendo a un ritmo suave.

Hoy día es innegable la importancia del velomar de Ramón Barea en entornos vacacionales, tanto de Europa, como de Asia o América. Incluso la Wikipedia -una enciclopedia on line alimentada con las aportaciones de los usuarios- cuenta con sendas entradas tanto en inglés como en castellano sobre la creación de Ramón Barea. Eso sí, en ambas versiones se omite -por desconocimiento, imaginamos- el nombre del creador. Quién sabe si, algún día, trascenderá la autoría de Barea. Puede que, por entonces, la bahía de La Concha vuelva a recuperar los velomares que, hace unos años, desaparecieron de sus aguas.

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