El tesoro de 'Sigfrido' Fagoaga

El investigador eibarrés Germán Ereña desvela ahora el hallazgo en Irurita del legado del tenor y escritor Isidoro Fagoaga, un auténtico 'divo' en el período de entreguerras

MONTSE ROMÁN
El tesoro de 'Sigfrido' Fagoaga

SAN SEBASTIÁN DV. Fue un lunes 19 de abril, día de San Telmo. El investigador desciende hasta el sótano por las angostas escaleras de madera que desembocan en una especie de lonja. A un lateral, un cuarto cerrado durante años y orientado hacia el oeste alberga en sus entrañas cinco baúles y una maleta. El vetusto equipaje carga con casi un siglo a sus espaldas. Del fallecimiento del hombre que un día fue su dueño hizo en el pasado mes de marzo 31 años.

El destino tiene por costumbre hacer viajes por su cuenta, pero a veces hay palabras, por las que parece no pasar el tiempo, que poseen la virtud de obligarle a cumplir su cometido: «No quiero que mis vestidos de escena los utilicen los jóvenes como disfraces en carnavales u otras fiestas». Gracias a esta petición expresa del que un día vistió sobre los escenarios esas prendas puede ahora reconstruirse, paso a paso, con documentos únicos y de primer orden, la trayectoria artística de una de las figuras más importantes del teatro lírico del siglo XX: Isidoro Fagoaga, el mejor tenor wagneriano en Italia de los dorados años de entreguerras.

Al investigador, Germán Ereña Mínguez, le cuesta creer lo que está viendo. Tantos años pensando que esas kutxas no eran más que una leyenda, y ahora las tiene ante sus ojos. Lleva años indagando sobre Isidoro Fagoaga. En su pueblo, Eibar, Germán es más conocido como el atabalero de la Banda de Txistularis, de la que forma parte desde hace cerca de treinta años. Se aficionó a la ópera en su época de estudiante en la Armería Eskola. Mientras pasaba apuntes a limpio o se esmeraba con el dibujo técnico, escuchaba música sinfónica y discos de ópera de su padre, gran aficionado al repertorio italiano. Más tarde, al descubrir la música de Richard Wagner, por la que siente una apasionada admiración, surgió la figura de Fagoaga, que despertó su interés, por su estrecha relación con la obra del compositor alemán.

«Abrí el primer baúl del que me dijeron que contenía su vestuario. Emocionado, levanté la tapa y se desprendió el típico olor a naftalina y el de la ropa que lleva muchísimo tiempo guardada -recuerda hoy Germán como si fuera ese momento-. La armadura completa de Sigfrido en El ocaso de los dioses; su espada, Nothung; el cuerno de caza y el casco con alas: ¿el tesoro de Sigfrido Fagoaga! De allí surgieron también, como por encanto, la cota de malla que Parsifal utiliza en el tercer acto, la piel de lobo de Siegmund en La Walkyria, otras vestimentas que parecían del Pollione de Norma, calzados de cuero tipo abarka... Así comenzó uno de los momentos más especiales de mi vida, que ha marcado un antes y un después y que me ha unido por muchos años a este bonito Valle de Baztan».

En la localidad de Bera de Bidasoa, donde el río Baztan ha trocado ya su nombre por el de Bidasoa y confluye con la regata de Zia, vino al mundo hace 114 años Isidoro Fagoaga Larratxe, el 3 de abril de 1893, en el caserío Agramontea. Sus padres, José Felipe y Juana, eran conocidos como los de Barrendegi, el nombre de la vivienda ancestral de los Fagoaga. Isidoro fue el noveno de sus diez hijos. Un niño a menudo ensimismado, aunque aplicado en el colegio, al que desde pequeño le gustó escribir y leer libros, muchos libros. Poco imaginaba él entonces, cuando correteaba por la casa familiar de Garrenea, en las cercanías de Altzate, que antes de cumplir quince años emigraría a Buenos Aires y, menos aún, que andando el tiempo llegaría a ser en Italia el tenor wagneriano de mayor prestigio, el más solicitado y el mejor remunerado.

Pero el destino, decíamos, tiene por costumbre hacer viajes por su cuenta, y a veces hasta acierta: con motivo de una redacción escolar, escribe Isidoro un soneto dedicado al tenor Julián Gayarre, el Ruiseñor de Roncal. Así decían algunos de aquellos versos infantiles: «Deja que te ofrenda generoso/en la morada de tu ser halla reposo/el sagrado amor que mi alma enciende». Unos versos cojos, como el propio tenor solía decir, pero en ellos germinaban ya las semillas de lo que habría de ser su vida: el teatro lírico y la literatura.

Él se imagino escritor, quizás poeta. Dedicó casi veinte años de su vida a cantar; y unos cuarenta, a la literatura, su afición primera. El teatro por dentro, Retablo vasco, Unamuno a orillas del Bidasoa y otros ensayos, Los poetas y el País Vasco, las biografías de Pedro y Domingo Garat, más numerosos ensayos en la revista Gernika y artículos periodísticos en La Prensa de Buenos Aires y EL DIARIO VASCO, conforman su dilatada obra. Sus escritos hablan, fundamentalmente, de sus dos grandes amores: el teatro lírico y el País Vasco. Al primero le dedicó sus años jóvenes, de 1919 a 1937; al segundo, en realidad, su vida entera: «El hombre está marcado por su tierra, cada geografía y cada clima marca al hombre de un modo particular, pero el amor del hombre por su tierra es fundamental; este amor está ahora en mí más vivo que nunca». Estas palabras de Fagoaga definen el profundo amor que sentía por Euskal Herria, su tierra; y vivo permanece y para siempre en prácticamente la totalidad de su obra literaria.

Marcado por las guerras

Su vida y su carrera estuvieron marcadas por la situación política extrema que le tocó vivir: la Guerra Civil española, más las Primera y Segunda guerras mundiales. Tras el bombardeo de Gernika por la aviación alemana, el 26 de abril de 1937, Fagoaga puso inesperadamente punto final a su carrera. Su tierra, brutalmente herida y devastada, unido a la circunstancia de que en principio se atribuyera el bombardeo a la aviación italiana, provocó la inmediata reacción del tenor, quien lo calificó de salvajada y decidió abandonar la ópera. Conoció también el exilio, en San Juan de Luz y en Buenos Aires, un destierro voluntario con el que quiso mostrar su aversión al régimen franquista y que le condujo, junto con otros refugiados vascos, al Campo de Concentración de Gurs, donde permaneció durante el mes de mayo de 1940. Tenía 44 años en aquel aciago 26 de abril de 1937, y aún se encontraba en plenas condiciones vocales, pero nunca más volvió a cantar en un teatro. Se dedicó en cuerpo y alma a escribir, con la energía de quien lleva anhelando intensa y largamente ese momento y con la fe ciega del que sabe que con ello puede hacer algo valioso e imperecedero por su tierra.

Isidoro Fagoaga fue un hombre previsor. Con el dinero ahorrado, podía pasar tranquilamente el resto de su vida. También lo fue con aquellas pertenencias personales que él intuyó que en algún momento, aunque él ya no estuviera, podían servir para iluminar un poco más la historia del teatro lírico, la música, la cultura y las costumbres de su tierra. Que luego sea hallado y valorado ese importantísimo legado rara vez sucede por casualidad. «Siempre hay alguien detrás que indaga, busca y que, por el camino, sin querer queriendo, se enamora apasionadamente de lo que está buscando».

Así le sucedió a Germán Ereña. A mediados de los ochenta, inmerso en su afición wagneriana, llegó a sus manos el libro Hablando con los vascos, de Miguel de Ugalde (al que pertenece la anterior cita en cursiva), en el que entrevista a varias personalidades del arte y la cultura vasca de la época; entre ellas, Isidoro Fagoaga. Más tarde, escucha un LP con fragmentos de obras wagnerianas e italianas cantadas por el tenor. No tardó en descubrir la obra literaria de Fagoaga y su amor por Euskal Herria, que queda plasmado en casi todos sus artículos relacionados con la música y cultura vascas.

Contacta con autores que han escrito sobre Fagoaga y se entrevista en Bera con algunos de ellos, más interesados en profundizar en la faceta literaria del tenor. Surge incluso un proyecto en común subvencionado por el Ayuntamiento de Bera, en el que Germán asumiría la parte correspondiente al Fagoaga cantante lírico. Pero el tiempo pasa y el proyecto finalmente se abandona.

Al regresar de su primer viaje al Festival wagneriano de Bayreuth, en agosto de 2002, retoma Ereña su investigación en solitario. Se pone en contacto con investigadores y críticos musicales de Argentina, Chile, España, Portugal, Estados Unidos, Italia y Alemania. Solicita información por carta o por mail a los teatros de ópera y bibliotecas de las ciudades donde cantó el tenor, recopila críticas de prensa de sus actuaciones... Varios años de intenso trabajo que dan su fruto y que le permiten elaborar una completa cronología de sus actuaciones operísticas. Decide entonces escribir poco a poco la biografía del tenor Isidoro Fagoaga.

¿Y los baúles? ¿Existirían aún? ¿Qué habría sido de aquel tesoro -que incluso el propio tenor menciona en El teatro por dentro - que «yace en el fondo de los baúles de un desván de su casa pueblerina, junto a corazas, clámides, casacones, espadas, pelucas y partituras que aún conservan las huellas y acotaciones de grandes regisseurs y directores de orquesta»?

«Sólo trapos viejos»

Localiza el investigador a familiares del tenor en Bera. Nunca habían escuchado la voz del tío cantante, pero sí conservan unas pocas fotografías. Más adelante, a otras sobrinas, Carmenchu e Isabel. Viven en Irurita, la pequeña localidad del Valle de Baztan. Conservan como oro en paño algunos discos originales de pizarra, de los de 78 revoluciones por minuto, y fotos de su niñez junto al tío Isidoro. Les pregunta por los baúles. ¿Las kutxas? Ni Carmenchu ni Isabel les dan importancia alguna: «Ahí no hay más que papeles y trapos viejos».

¿Cómo fueron a parar los baúles a Irurita y no siguieron en Bera tal y como dispuso Fagoaga? Cosas del azar. Los baúles permanecen en Bera, en casa de sus hermanas. Cuando ellas mueren, son trasladados a la casa de su sobrino y ahijado, que también se llamaba Isidoro, residente en Irurita. Al fallecer Fagoaga -en Donostia, el 15 de marzo de 1976-, todos sus libros y documentos personales se añaden a esos baúles. Finalmente, los libros son donados por la familia a la recién creada Biblioteca de Bera, pero los cinco baúles y la maleta permanecen intactos en el sótano de la casa solariega de Irurita, al cuidado de Carmenchu e Isabel.

Hacía frío en el sótano aquel 19 de abril, para más señas, de 2004. El investigador continúa sin terminarse de creer lo que se ofrece ante sus ojos. Hasta de comer se olvida. Desde las once de la mañana y hasta las siete de la tarde permanece allí absorto, entusiasmado. «Otro de los baúles estaba repleto de periódicos italianos (Il corriere di Milano) y argentinos (La Euskaria, La Prensa) Hay artículos relacionados con sus actuaciones o escritos: borradores de sus libros, artículos y conferencias, programas de mano de los teatros donde actuó, cientos de fotos dedicadas de sus colegas cantantes, postales de amistades recibidas durante su vida en Italia. ¿Ahí va!: ¿una de Julio Silva, su maestro de canto en el Conservatorio de Parma!; ¿otra junto a Lauritz Melchior y Frida Leider, en Bayreuth, 1928!; 'Fagoaga alla Scala': Il suo nuovo trionfo nelle rappresentazioni straordinarie del ciclo wagneriano dirette da Sigfrido Wagner (¿dirigido por Sigfrido Wagner!); el neceser de maquillaje para sus caracterizaciones, pelucas, recortes de periódico -rememora Germán Ereña, aún emocionado-. Lo buscaba desde hace años. Se había producido un milagro wagneriano. Todo lo que había ido averiguando poco a poco estaba allí, y por eso puedo valorarlo como un auténtico descubrimiento».

Quien esto escribe tuvo noticia del evento al día siguiente. Germán, por mero instinto de conservación, prefirió esperar a hacer público el hallazgo: «Los baúles tienen su dueño, pero curiosos oportunistas podrían haber causado un daño irreparable a este importantísimo legado que reúne documentación única y cercana a los cien años».

Desde aquel día, Germán Ereña Mínguez ha clasificado y ordenado cronológicamente la ingente documentación. Viaja hasta Irurita -125 kilómetros desde Eibar, donde reside-, fotocopia o escanea fotos y documentos y los devuelve al fondo del baúl correspondiente. «Isidoro Fagoaga es una figura injustamente olvidada, sin duda por las consecuencias de la situación política extrema que le tocó vivir, la ausencia de una tradición operística (y menos wagneriana) y el desconocimiento generalizado que tenemos de la cultura vasca en nuestra tierra», explica.

«En la Biblioteca de Bera ya existe un lugar con la biblioteca personal y la obra literaria del tenor. Lo ideal es que esos baúles también estén allí. Así lo quería Fagoaga. Incluso se podría habilitar una sala con una exposición permanente con parte del legado: vestuario, fotos, carteles, periódicos Se puede hacer algo muy bonito si el Ayuntamiento de Bera y la Diputación de Navarra mostraran interés. Quedaría para el pueblo y puede ser un reclamo turístico más. Creo que ha llegado el momento de reivindicar su figura, que la gente sepa al menos que un buen hijo de Bera triunfó en los escenarios líricos más importantes de su tiempo y que abandonó su carrera artística por su amada tierra vasca». El legado histórico cultural y casi centenario del tenor y escritor navarro Isidoro Fagoaga realizaría así su último viaje, alcanzaría al fin su auténtico destino.

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