Una excelente batuta

EMECE

Ha dado comienzo la 56 temporada de la Abao con la puesta en escena de dos obras de importante tensión dramática nacidas en el primer tercio del siglo XX, que han dado impronta a una forma distinta de concebir la ópera como trasunto existencialista de la realidad vital del ser humano. Con El Castillo de Barba Azul del Béla Bartók, estrenada en la Ópera Real de Budapest el 24 de mayo de 1918, y Elektra de Richard Strauss, que subió a la escena por primera vez en el Teatro de la Ópera de la Corte de Desde el 25 de enero de 1908, empieza la andadura de una prometedora stagione lirica.

Ambas obras han tenido un tratamiento escénico novedoso, rupturista y no exento de polémica por lo chocante de algunas situaciones, pero es que ambos títulos dan juego para este tipo de trabajos. Así Michal Znaniecki trata el drama del duque y esposo asesino desde la visión de la psiquiatría clínica, lo que guarda una buena línea de correspondencia con la bella música escrita por Bartók. Por su parte, Peter Konwitschny -protestado en los saludos con silbidos y notorios pateos- traspasa la raya de riesgo innecesario y nos presenta, a música muda, los juegos en una bañera antigua de un moderno Agamemnon con sus hijos Orest, Elektra y Chrysothemis, para cerrar el final matando hasta al apuntador, incluidos ertzainas, policías municipales, bomberos, comandantes de Marina y de Aviación, a ritmo de ametralladora y fuegos artificiales.

Para resaltar la posible amenaza social que puede representar el personaje de Elektra, en la concepción de Hugo von Hofmannsthal no hace falta semejante masacre sustitutiva de la danza final.

Vocalmente la velada bicéfala fue de muchos enteros. Así los dos únicos personajes de El Castillo de Barba Azul, la mezzosoprano Ildiko Komlosi, como Judith, realizó una labor espléndida en intensidad dramática y en fuerza fonal. del mismo modo que el bajo barítino Alan Held, en Barba Azul, llenó la escena de carga intimista, con su poderosa voz y de un ejercicio impecable de exposición actoral. La simbología de las siete puertas mantuvo la atención del respetable, sobre todo en las aperturas de las puertas quinta y sexta, con perfecto apoyo orquestal.

La ópera de Strauss necesita para mantener la tensión permanente de cuatro excelentes voces y de un gran foso. Ambos condicionantes se dieron con generosidad. Impacta la categoría como actriz y como cantante de la soprano dramática que es Janice Baird, como Elektra, que tuvo una preciosa réplica en la sutileza y en los armónicos de Angela Denoke como Chrysothemis, resultando de total hermosura su dúo "Nun muss es hier von uns geschehn ... Wie stark du bist". La veterana mezzosoprano Reinhild Runkel fue una estupenda y rotunda Klytämnestra, al igual que Alan Held que volvió a mostrar su categoría como Orest. Cumplió a la perfección el resto de voces del reparto.

El verdadero lujo de la sesión estuvo en la batuta del joven director vitoriano Juan José Mena, quien al frente de su Orquesta Sinfónica de Bilbao, con la que está haciendo un inmejorable trabajo desde una compleja situación heredada, dio toda una lección de llevar a sus músicos por vías de grandiosidad sonora y de magnífica precisión de volúmenes y colores. En ambas obras supo embridar las complejas partituras, con pulcro dominio, sin escatimar nada, dotándolas de lirismo, intencionalidad y escrupuloso juego de concertación. Fue el principal artífice de una inauguración con excelente música lírica.

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