EL BOSTEZO DE LA VEDETTE

Empieza bien la película Encarnación, con la protagonista, esa ex-vedette posiblemente en crisis, tecleando su nombre artístico, Ernie Levier, en el ordenador y buscándose a sí misma en Google.

Presenta la joven realizadora argentina Anahí Berneri un personaje a priori interesante, una mujer para la que está claro que el pasado resultará mejor que el futuro. Una dama aún atractiva, objeto del deseo masculino, pero en ese punto en el que el cuerpo empieza a perder lozanía. Una antigua sex-symbol despistada, en fin, ante el dilema de qué hacer con el resto de su vida.

Durante la primera mitad de la cinta, asistiremos a los periplos en solitario de Encarnación / Ernie Levier por la zona de teatros de Buenos Aires, su vida cotidiana, su amor sin pasión por un hombre, su sentirse colgada, tal vez.

En la segunda parte del filme cambiaremos de escenario. Encarnación volverá a su pueblo natal, para asistir al cumpleaños de una sobrina. Se insistirá en su imagen de persona desorientada y asistiremos a su complicidad, y también rivalidad, con la sobrina.

Comenta Anahí Berneri en la preciosa caja promocional de la película que ella no cree «en los cambios radicales de las personas y tampoco me gusta verlos en el cine o en la literatura». Habrá que reconocerle que es consecuente con este pensamiento. Su protagonista no parece evolucionar un milímetro a lo largo una obra que, no obstante, le mantiene prácticamente todo el tiempo en pantalla. Apenas hay conflicto en Encarnación, ni historias. Sí muchos silencios, idas y venidas. Seguramente también coherencia y deseo de hacer un cine sin artificios.

La nula expresividad de la protagonista, Silvia Pérez, tampoco ayuda a enriquecer la propuesta ni a interesar al espectador demasiado por lo que piense o haga un personaje tan opaco. Encarnación se queda así en una película nimia en la que el público debe imaginar los sentimientos y frustraciones de la protagonista por debajo de una capa de superficialidad. Un bostezo, vamos.