El Santuario de Arantzazu: La vanguardia y lo eterno, una fórmula guipuzcoana

Es la «primera maravilla» de Gipuzkoa según los lectores de DV. Y por una amplia mayoría: casi el 20% de los votos fueron para este santuario. No es una casualidad: pocos lugares reúnen tantos símbolos guipuzcoanas como el santuario de Arantzazu.

MITXEL EZQUIAGA MEZQUIAGA@DIARIOVASCO.COM
El altar, con el fondo creado por el madrileño Lucio Muñoz. [FÉLIX MORQUECHO]/
El altar, con el fondo creado por el madrileño Lucio Muñoz. [FÉLIX MORQUECHO]

SAN SEBASTIÁN. DV. Es la «primera maravilla» de Gipuzkoa según los lectores de DV. Y por una amplia mayoría: casi el 20% de los votos fueron para este santuario. No es una casualidad: pocos lugares reúnen tantos símbolos guipuzcoanas como el santuario de Arantzazu. Primero, por una obviedad: ahí está la patrona de Gipuzkoa. Pero también porque en esa cima encaramada sobre Oñati se juntan algunas de las esencias del territorio: hay vanguardia (la basílica concentró el talento de los mejores artistas vascos del siglo XX), hay naturaleza (el Aizkorri contiguo es como otra basílica de verde y piedra) y hay esencias eternas para quienes crean en la espiritualidad del lugar. Arantzazu es como una exaltación del «gipuzkoan way of life». Y como tal, no deja de evolucionar: apenas hace un año de las obras que van actualizando y mejorando el entorno del santuario.

De ermita a santuario

Vamos por partes: Arantzazu era ya lugar de devoción mariana desde el siglo XV. Según los manuales turísticos, el hallazgo de la imagen de Santa María en el año 1468 por el pastor Rodrigo de Baltzategi fue el origen de un lugar de culto que pasó de ermita de montaña a santuario, dejando en su interior la llamada capilla de la Aparición, que fue visitada en 1522 por San Ignacio de Loyola. Ese primer complejo religioso, destruido por el fuego en 1834, se sustituyó en 1955 por la nueva basílica.

Esta espléndida construcción de estilo contemporáneo, obra de los arquitectos Sainz de Oiza y Laorga, está enriquecida por las esculturas de Jorge Oteiza, las vidrieras modernas de Xabier Alvarez de Eulate, las pinturas de Néstor Basterretxea, las puertas de Chillida, el retablo de Lucio Muñoz... Es como un compendio del mejor arte vasco de ese tiempo. La impronta cultural de Arantzazu es conocida: en 1968 se pusieron las bases del euskera batua. El presidente de Euskaltzaindia durante tantos años, aita Villasante, fue un franciscano que combinó su trabajo por el idioma con las labores de su orden.

Los catorce apóstoles

Los apóstoles de Oteiza. Ahora los vemos como una obra de arte, como un mensaje añadido. Pero el hecho de que el escultor decidiera en su momento que fueran catorce los apóstoles que presiden la entrada principal de Arantzazu originó en su momento toda una polémica, reacciones de la Iglesia oficial, esperas de años para la colocación... Todo, también, muy guipuzcoano.

Eso es ya historia. Arantzazu acoge turistas, peregrinos, pero pocas personas pueden decir que viven ahí. Por eso recurrimos al testimonio de Pello Zabala, fransiscano y con el privilegio de ser «habitante» de Arantzazu. Así lo ve: «La cultura, la arquitectura más imponente y la naturaleza en estado puro se dan cita en el corazón de Gipuzkoa. El santuario de Arantzazu, en Oñati, es el tercer destino en el denominado turismo religioso, encabezado por la ruta de los tres templos: el santuario de Loiola, La Antigua y Arantzazu. Recorrer estas tres emblemáticas construcciones supone atravesar tierras de pastoreo, numerosos bosques y paisajes rocosos».

Si tuviera que enseñar ese destino a un visitante que llega de nuevas, Zabala dice que «antes recomendaría un paseo por el núcleo urbano de Oñati. Allí, se puede disfrutar de una maravillosa exposición de arte en la Universidad antigua, recorrer el claustro de la parroquia o dirigirse al convento de las Clarisas de Bidaurreta. Además, desde hace unas semanas, es parada para quienes se acerquen a visitar las cuevas de Arrikrutz, situadas a la subida de Arantzazu».

Y desde ahí, «a la otra gran cueva: la basílica de Arantzazu». Seguimos con el relato de Zabala: «Este lugar cultural y religioso, ubicado entre dos torres y un campanil y aparentemente pequeño, es en realidad un inmenso espacio de madera y piedra que contiene en el centro la imagen de Santa María, que acapara todas las miradas. Para los visitantes que deseen prolongar su estancia, existe el centro Francisco de Asís para seguir disfrutando de la naturaleza», concluye Zabala.

Arantzazu. La primera maravilla de Gipuzkoa. Lo dicen los lectores.

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