MARKINA, CORAZÓN DE MIMBRE

En la época dorada, cientos de puntistas vascos jugaban en las canchas de cuatro continentes. La crisis de los 90 estuvo cerca de acabar con este deporte pero ahora late de nuevo en frontones como el de Markina, corazón de la cesta punta.

ANDER IZAGIRRE

El detalle llamaba la atención a los forasteros: muchos hombres de Markina (y de Bolibar, Aulestia o Berriatua) lucían un brazo derecho bastante más desarrollado que el izquierdo. La prolongación de ese brazo musculoso, tenso, torneado, era la cesta punta, un elemento casi orgánico, tan unido durante décadas al cuerpo de los marquineses que parecía a punto de incorporarse al patrimonio genético. Si el esplendor de este deporte se hubiera prolongado unos años más, quizá la siguiente generación habría nacido con el brazo ya rematado por una cesta punta.

Esa prótesis de castaño y mimbre, cosida al guante de cuero con la que se empuña, es una herramienta increíblemente poderosa. Su vientre abombado retiene la pelota que viene por los aires y su punta curvada la lanza de nuevo como un proyectil que choca contra el frontis, con un restallido de cuero contra piedra que pone la piel de gallina. A las cestas las llamaban máuser, como el fusil, porque sus disparos alcanzan velocidades mortales: pelotazos a 302 km/h (cifra atribuida por el libro Guinness a José Ramón Areitio en el frontón New Port de Rhode Island, Estados Unidos, en 1979).

Aquel espectáculo de hombres con brazos rematados por cestas, que lanzaban pelotazos fulminantes contra el frontis y saltaban pared arriba para cazar las bolas en el aire, encendió el entusiasmo de espectadores en medio planeta. Durante muchas décadas del siglo XX, cientos de puntistas vascos salían todos los años a jugar en los frontones de Miami y Buenos Aires, Roma y Shanghai, Yakarta y México, Madrid y Sao Paulo, Manila y Tánger En Estados Unidos, donde se le llamó Jai Alai, este deporte llegó a juntar en una sola cancha 13.000 espectadores día tras día durante cuatro meses. El frontón de Miami alcanzó el pico, con 15.502 espectadores, el 27 de diciembre de 1975.

La cesta punta se convirtió en un fenómeno que mezclaba glamour perfumado con testosterona hirviente. Los jugadores más aclamados se dejaban tentar por los frontones de medio mundo, firmaban contratos astronómicos, vivían con lujos, derroches y manías de estrellas, y se codeaban con los círculos más selectos de las grandes ciudades. Un caso: el ondarrutarra Guillermo Amutxastegi, que en los años 20 intimaba con los gánsteres de Chicago -muy interesados en las apuestas del Jai Alai- y que al volver a su pueblo impresionaba al personal quemando dólares para encender puros.

Esos aires sofisticados se combinaban con un carácter vikingo. El ambiente de la cesta punta no admitía debilidades, nadie cedía un milímetro ante el dolor, y así la historia de este deporte está rebozada por una épica que a menudo cae en el drama. Desde los siete cráneos reventados de un pelotazo en la primera mitad del siglo XX -cuando se jugaba sin casco-, hasta el partido reciente en el que Julen Bereikua, delantero berritxuarra, recibió otro pelotazo en la boca, se retiró un momento al vestuario y volvió, ensangrentado y sin dos paletas, a completar los cinco tantos que faltaban.

Así se forjan los mitos de la cesta punta, con episodios imposibles de olvidar, con personajes que redondearon su leyenda hasta la propia muerte. Fue el caso del marquinés Erdotza, el mejor puntista de toda la historia. Para compensar su superioridad, a veces jugaba él solo contra dos rivales (o le obligaban a dejar ventajas en el saque, le prohibían coger pelotas rebotadas de la pared trasera, le sacaban de su posición natural de delantero y le colocaban de zaguero...) En 1942, ya con 53 años, Erdotza se tiró a por una dejada en el frontón Novedades de Barcelona, la devolvió, hizo tanto y murió de un infarto sobre la misma cancha.

A Erdotza le llamaban el Matazagueros. Los apodos de los jugadores marquineses revelan bastante bien las cualidades que se admiraban en ellos: estaban Claudio Barrenetxea el Loco, Muguerza I el Mortero o Fernando Orbea Remache o Terremoto de Markina. Orbea fue la estrella principal de las canchas en los años 50 y 60, hasta que en 1966 le alcanzó un pelotazo en la cabeza. «Cayó redondo», cuenta el veterano puntista Luis Manuel Mendizabal, de Berriatua. «Lo tuve en mis brazos y pensé que se moría. Quedó en coma. Se recuperó y al tiempo intentó volver a jugar. Pero ya no era la misma persona, perdió los reflejos».

Aquel pelotazo dio un giro a la historia de la cesta punta, porque fulminó al ídolo de la época en un frontón abarrotado, y la escena fue tan espeluznante que a partir de entonces se impuso el uso obligatorio del casco. Algunos jugadores se mostraron reacios, porque les molestaba, porque les llenaba los ojos de sudor, porque les parecía romper con la tradición, pero desde entonces no ha muerto ningún puntista y unos cuantos se han salvado. Dan fe de ello algunos cascos partidos a pelotazos.

Hacer las Américas

La edad de oro se interrumpió de golpe. A mediados de los 80, seiscientos o setecientos puntistas vascos jugaban en los 14 frontones de Estados Unidos. El cinco veces campeón del mundo Txikito de Bolibar ganaba 12.000 dólares mensuales. Hasta que en 1988 los jugadores se declararon en huelga para reclamar seguros y un mayor reparto en los beneficios (el frontón de Miami llegaba a ingresar más de diez millones de dólares al mes). El conflicto se enquistó durante tres años, cientos de puntistas perdieron su empleo, los frontones se mantuvieron con jugadores de tercera fila pero acabaron cerrando. Para cuando se llegó a un acuerdo en 1990, el ambiente de la cesta punta se había envenenado con mil enfados y rencores. Y los espectadores se habían esfumado.

Ahora ya sólo quedan dos frontones que celebran partidos todo el año (Miami y Dania) y otros tres que abren durante tres meses, todos en Florida. Juegan poco más de cien puntistas y en las gradas se reúne diez veces menos gente que antes. Para atraer a los apostadores, las empresas ofrecen entradas gratis y cerveza a precios irrisorios, instalan máquinas tragaperras y mesas de cartas. Pero es muy difícil volver a ganarse al público.

«Es que antes sólo estábamos los perros, los caballos y nosotros», explica el también marquinés Chino Bengoa, campeón del mundo en 1970. Se refiere a los espectáculos en los que se permitían las apuestas. Esa era la gran pasión unida a la cesta: en el frontón de Miami en un día llegaron a jugarse medio millón de dólares en las quinielas (un sistema de juego rápido, en el que ocho parejas van rotando en cada tanto). «La huelga hizo mucho daño y el público se fue a otras apuestas deportivas: baloncesto, béisbol, hockey », dice el antiguo jugador. «Pero la cesta punta no sólo tenía éxito por las apuestas. También enganchaba como deporte, porque es muy espectacular. Junto a las canchas profesionales construían otros frontones más pequeños y a mucha gente le gustaba ir a jugar».

La biografía itinerante del Chino Bengoa resume el esplendor de la cesta punta. Debutó en Mallorca en 1956, con 16 años, y a los 17 ya competía en Cuba. Cuando llegó Fidel Castro y cerró los frontones, pasó a Florida, y después rondó por las canchas de Estados Unidos, México y Europa. «Nos trataban como a artistas, los frontones se llenaban toda la temporada y ganábamos mucho dinero. Ahora van pocos jugadores a América. No ganan tanto, no saben si van a poder jugar muchos años, así que prefieren terminar los estudios y asegurarse un futuro en casa».

Bengoa tiene razón, ya no existe esa fiebre generalizada por hacer las Américas, pero la leyenda del Jai Alai todavía seduce a los jóvenes más prometedores: «Desde pequeño soñaba con jugar en América», confiesa el zumaiarra Imanol López, de 23 años, subcampeón del mundo en 2006. Imanol ya ha disputado tres temporadas en Dania (pasa nueve meses allí y los tres meses de verano juega en Euskadi). «En América los pelotaris no tenemos el estatus de otras épocas, pero para mí es una aventura muy atractiva. Gano dinero practicando mi deporte favorito, conozco otro país, en Florida se vive fenomenal y entre los vascos tenemos un ambiente muy bueno. Los pelotaris novatos empiezan compartiendo piso, luego cada uno se busca su sitio, los veteranos echan un cable Quizá ahora no podamos vivir de la cesta punta como hacían antes, pero yo recomendaría a los jóvenes que lo prueben al menos un año».

La cesta punta está anémica pero va recuperando fuerzas. Las promesas como López o como Haritz Erkiaga (20 años, natural de Ispaster, un jugadorazo que deja pasmados a los entendidos) prueban fortuna en América. En las escuelas de base se inscriben más chavales, como explica Javier Mentxaka, técnico de la de Markina: «Tras la huelga del 88 las escuelas nos quedamos muy mal, porque dejaron de llegar las ayudas económicas de América y el ambiente estaba feo. No había futuro, los chicos escogían otros deportes, no se montaban torneos Pero los padres nos organizamos para salir adelante, el ayuntamiento nos dio algunas ayudas y ahora levantamos un poco la cabeza. Nos vendría fenomenal que las dos empresas profesionales se pusieran de acuerdo para organizar torneos con los mejores jugadores, que entrara la televisión Por ahora ya tenemos 45 chavales entre 9 y 18 años. Muy pocos piensan en América. La cesta punta no volverá a ser un negocio tan grande, pero sí tiene futuro como deporte».

Los frontones legendarios como el de Markina -inaugurado en 1798- reviven con nuevos torneos, vuelven los espectadores, las gradas recuperan el ambiente hasta en los días de entrenamiento. La supervivencia parece asegurada. Ahora, para seducir al gran público, a la cesta punta le falta una pizca de ayuda para mostrarse como lo que es: el juego más rápido de la Tierra.

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