La revolución de la trainera

La invención de la trainera transformó la vida en la costa vasca, pero apenas se sabía nada sobre su origen. En un viejo documento francés se encontró su partida de nacimiento: la primera trainera se construyó en Hondarribia hacia 1750.

ANDER IZAGIRRE
'Amerikatik' la réplica de una trainera del siglo XIX. [ALBAOLA]/
'Amerikatik' la réplica de una trainera del siglo XIX. [ALBAOLA]

Al inventor de la trainera no lo conocen ni en su pueblo. Esta embarcación revolucionó la vida cotidiana de la costa vasca: cambió los hábitos alimenticios, impulsó industrias, dio trabajo a hombres y mujeres, atrajo a inversores extranjeros y acabó fundando uno de los deportes vascos con mayor tradición. Sin embargo, el relato de su origen es uno de los episodios más oscuros de la historia marítima vasca.

Hasta ahora se decía que las primeras traineras se construyeron en el siglo XIX, probablemente en algún puerto vizcaíno, pero Xabier Agote, presidente de la asociación de patrimonio marítimo Albaola, desmiente esas versiones y sitúa los orígenes en unas coordenadas muy concretas: la trainera la inventó un pescador de Hondarribia alrededor del año 1750. «Y esto no se conoce ni en el propio pueblo», dice Agote, que está preparando un libro sobre la historia de la trainera.

Todo empezó cuando el bacalao desapareció de las mesas vascas, por culpa nada menos que del Tratado de Utrecht, allá por 1714. Hasta entonces, ese pescado constituía el aporte principal de proteínas en la dieta de los vascos y de muchos otros europeos. Era un pez muy abundante en el Atlántico, el que mejor se conservaba en salazón, y un plato recurrente en los días en los que la Iglesia imponía la abstinencia de carne. Por eso, los pescadores iban hasta donde hiciera falta para capturarlo, y muy poco tiempo después del descubrimiento de América ya faenaban por las costas de Canadá. Más tarde empezaron a cazar ballenas pero el primer motivo de la presencia vasca en los caladeros norteamericanos fue el bacalao.

Hasta que llegó la Guerra de Sucesión española. A principios del XVIII, el trono quedó vacío y las monarquías europeas se enzarzaron en un jaleo de batallas, pactos y alianzas para colocar al aspirante de una u otra familia real. La guerra desembocó en la llegada al trono de los Borbones y en los tratados de Utrecht. Estos pactos, que regulaban al detalle las nuevas relaciones entre las potencias europeas, contenían una cláusula fatal para los pescadores vascos: a partir de entonces, sólo los barcos ingleses y holandeses podían faenar en los caladeros de Terranova.

Para suplir la falta de bacalao, los pescadores vascos recurrieron a la humilde sardina. Esta pesca de bajura tenía mucha tradición -aparece regulada en ordenanzas de pueblos como Ondarroa, Bermeo o Mutriku ya en los siglos XIII o XIV- pero no se capturaban cantidades suficientes como para abastecer a la población.

El problema, como explica Xabier Agote, era una técnica para pescar sardinas tan antigua -ya la empleaban los griegos- como insuficiente. Los pescadores lanzaban redes de enmalle que se extendían como una cortina, con boyas en la superficie y plomos en la parte inferior. Entonces esperaban a que un banco de sardinas se topara con la red y a que los peces quedaran enganchados por las agallas. Pero a menudo se les escapaban los bancos más grandes, los que venían compactados por los delfines y los atunes. Estas especies suelen acosar a las sardinas hasta llevarlas cerca de la superficie, donde se aprietan unas contra otras para defenderse. Es una gran oportunidad para los pescadores: los delfines les presentan grandes bancos de sardinas, muy a mano. Pero las chalupas de aquella época eran de maniobra muy lenta, de manera que antes de lanzar las redes ya espantaban a los delfines o los atunes, y los bancos de sardinas se disolvían al instante. Hacía falta una embarcación más ágil.

La crónica de Duhamel

En 1998, Xabier Agote construyó en Maine (Estados Unidos) la réplica de una trainera de pesca del siglo XIX. Gracias a las donaciones de la diáspora vasca de toda América, Agote trajo la embarcación al País Vasco y completó con ella una travesía de 29 etapas por la costa, desde Zierbana hasta Baiona, en la que participaron por turnos 350 remeros de todos los pueblos. Aquella trainera, bautizada como Ameriketatik, tuvo un recibimiento especial en Hondarribia, donde la sacaron del agua, la llevaron en procesión por el barrio de La Marina y la pasaron bajo el arco de la Hermandad, tal y como se hacía antaño, cuando en el barrio de La Magdalena existía un puerto interior. Ameriketatik fue la semilla de la asociación Albaola, que busca recuperar el patrimonio marítimo vasco. Agote la construyó siguiendo los métodos de la época, y en las investigaciones previas aprendió los secretos de este tipo de embarcación y acabó descubriendo su origen.

«Mis fuentes principales fueron, por una parte, los planos de los Mutiozabal, unos constructores fabulosos de Orio. Se trata de una de las mejores colecciones de planos navales del mundo, con información de embarcaciones desde finales del siglo XVIII, y los encontró el modelista Jesús María Perona, olvidados en un desván. Con esta documentación conseguí las primeras pistas para construir una trainera a la manera del siglo XIX. Y la otra fuente me llegó gracias a mi maestro Jean Louis Boss, el mejor etnógrafo marítimo del País Vasco, que hace 40 o 45 años hizo unas encuestas a los pescadores más viejos de Hondarribia. Boss me puso en la pista de los textos franceses más importantes, en especial los de Henri-Louis Duhamel du Monceau».

Este Duhamel du Monceau, miembro de la Academia de Ciencias francesa, recorrió todo el litoral galo para escribir un repertorio de las técnicas de navegación y pesca. En 1755 llegó a Hendaia. En el relato de su visita a este puerto, mencionó cierto hallazgo revolucionario que se había producido al otro lado del Bidasoa: unos pocos años atrás, hacia 1750, un pescador de Hondarribia había diseñado una nueva embarcación, ligera y veloz, que permitía capturar sardinas con muchísima facilidad. El director de la Cámara de Comercio de Baiona confirmaba la historia: las capturas de los arrantzales hondarribitarras habían aumentado en poco tiempo de una manera espectacular, hasta el punto de que vendían los excedentes en los puertos de Lapurdi.

Por las descripciones detalladas de Duhamel du Monceau, Agote deduce que esas chalupas hondarribitarras eran traineras: embarcaciones más ligeras, largas y estrechas, con una quilla curvada que les permitía girar sobre sí mismas como una peonza, de manera que los pescadores podían maniobrar con rapidez. Contaban con una tripulación de diez a dieciséis remeros, lo que le daba mucha potencia, pero esos remeros tenían el sitio justo para colocarse, ni un centímetro más: economía de espacios para conseguir la mayor eficacia y la mayor agilidad. Se acercaban veloces a las sardinas, lanzaban una red de unos cuarenta metros por diez y envolvían rápidamente el banco.

Esta versión choca con las teorías clásicas de algunos historiadores, que sitúan la invención de la trainera un siglo más tarde y en Vizcaya. «Dicen eso porque la palabra trainera (que viene de traína, el tipo de red que llevaban) aparece en el siglo XIX. Y de ahí suponen que la trainera se inventó en esa época. El problema es que los historiadores no han sabido interpretar una descripción técnica como la que hizo Duhamel du Monceau, porque está clarísimo que eso que diseñó un hondarribitarra en 1750 era una trainera. La llamarían de otro modo, chalupa de no sé cuántas bancadas, pero no me cabe ninguna duda de que era una trainera».

Gracias a la trainera, los arrantzales pescaban más de lo que podían comer. Y esa abundancia impulsó una industrialización de la costa vasca: surgieron las fábricas de escabeche, salazón y conservas. Las primeras nacieron por iniciativa local, pero no tardaron en aparecer industriales italianos, especialmente de Sicilia y Palermo, expertos en técnicas para conservar sardinas, anchoas, atún, bonito y otros pescados. En la segunda mitad del XIX y principios del XX, las costas vizcaínas y guipuzcoanas se poblaron de apellidos que en algunos casos aún permanecen entre nosotros: Oliveri, Calogero, Dentici, Zizzo, Billante, Scola, Castello Y el más conocido en este ramo: Orlando, que instaló una fábrica de conservas en la propia Hondarribia. Así pues, la invención de la trainera trajo una notable prosperidad a los pueblos pesqueros: no sólo daba dinero los pescadores, sino que permitió la incorporación al trabajo de las mujeres, principales empleadas en las conserveras.

Agote sueña con la creación de una red del patrimonio marítimo a lo largo de toda la costa vasca, un gran parque en el que cada puerto exponga su especialidad y el papel particular que jugó en la odisea marítima vasca. Por eso le gustaría que en Hondarribia se promoviera algún centro de interpretación de la trainera: es el invento que salió desde este pueblo para revolucionar toda la costa vasca.

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