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Por si nos faltaban motivos para la preocupación sobre el futuro de nuestro oficio y sobre la continuidad del papel que la información libre, respetuosa con la verdad y no sometida a intereses inconfesables va a seguir jugando en las sociedades democráticas, el líder del país más poderoso del mundo libre ha emprendido una campaña de acoso y descalificación de los medios de comunicación más influyentes de su país y del mundo.

Ya lo había hecho durante la campaña electoral, pero entonces no era el presidente de EE UU y esta circunstancia añade a sus ataques una dosis de gravedad extraordinaria en la medida en que está intentado destruir la confianza de la población en la información que esos medios ponen a disposición de la ciudadanía para que, en base a ella, los individuos formen criterio y adopten la postura que crean conveniente sobre los hechos de que se trate.

En definitiva, estamos ante el intento de demolición de uno de los pilares sobre los que se asienta una sociedad democrática. Si la estrategia del nuevo presidente norteamericano contra los medios -"la gente ya no os cree, quizá yo tenga algo que ver con ello"- empezara a tener éxito, cosa que es prematuro asegurar, la sociedad norteamericana y, por contagio inevitable, la del resto de los países occidentales pasarían a estar en manos de cualquier falsedad y manipulación que quien quiera que sea, desde cualquier lugar del mundo, con no importa qué objetivo, envíe a través de las redes sociales, que son ya la vía de comunicación elegida por porcentajes crecientes de ciudadanos de todo el planeta.

Por eso Trump asegura que no necesita contar con periódico alguno porque ya tiene a su disposición el más poderoso imaginable: su cuenta en Twitter. Desde ella el presidente puede desacreditar, además de a los periodistas, a los jueces -"están politizados"- o a los servicios de inteligencia de su país contra los que ha emprendido ya otra guerra. Pero lo que importa aquí es subrayar que con la caída de la credibilidad de los medios de comunicación y de sus profesionales se derriba el muro que protege a los ciudadanos de los abusos del poder y se abre la puerta al dominio del relato "alternativo" de la realidad, que es lo que ahora se bautiza con el eufemístico nombre de posverdad pero que siempre recibió el nombre de mentira.

Contra el triunfo de la mentira y de la manipulación de los hechos, contra la interpretación falsaria de la realidad convertida en práctica universal con objetivos políticos no tenemos más respuesta que una: defender y practicar vehementemente la información en su única vertiente noble, que es la del respeto absoluto a la verdad y la de la honestidad en el análisis y en la opinión. Hay que resistir sin descanso porque en ello va la supervivencia de las sociedades libres.

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