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Tierra infinita

Argentina ofrece desde el hielo eterno del Perito Moreno hasta las abruptas cataratas de Iguazú

13.08.13 - 15:13 -
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Visión desde la cara norte del Perito Moreno. / Inés Martínez
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Viviendas de la mítica calle Caminito de Buenos AIres. / Inés Martínez
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El pueblo de Purmamarca, con el Cerro de los Siete Colores de fondo. / Inés Martínez
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Las cataratas de Iguazú. / Inés Martínez
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Imagen del glaciar Perito Moreno . / Inés Martínez
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Punta Tombo, en Península Valdés. / Inés Martínez

argentina

salta, la gran desconocida
  • El tiempo ha transcurrido despacio en Salta. La calma de sus aldeas con suelo de arena y casas de adobe intenta mantenerse intacta a pesar de los turistas que en los últimos años cada vez visitan más esta zona pegada a Bolivia, donde la hoja de coca ayuda a sobrellevar alturas de más de tres mil metros.
  • Hacia el norte, la Quebrada de Humahuaca, Jujuy o Pulmamarca acogen al lugareño más andino, que vende chaquetas hechas con lana de llama y hace artesanía con madera de cactus. Hacia el sur, en El Cafayate, el vino se vuelve protagonista y el rojo de la tierra invita a sentarse y observar el horizonte. Los rojos y abruptos paisajes han dejado que el viento construya sobre ellos formas imposibles, que parecen creadas por la mano del hombre para divertir al turista.
  • La ciudad de Salta está repleta de edificios coloniales y agradables locales llamados peñas en los que los lugareños se reúnen para bailar danzas tradicionales. Además, alberga uno de los tesoros mundiales de la antropología: las momias de los niños del volcán Llullaillaco, prácticamente intactas después de que hace seiscientos años fueran ofrendados a los dioses a más de seis mil metros. Sus rostros conservan todavía el gesto helador de quien ha sido elegido para salvar a su pueblo y abandonado junto a sus enseres después de semanas de viaje acompañados de una legión de gente como si de auténticos dioses se tratara.
  • Más información: Blog 'La vida en el aire'

Pensar en Argentina es pensar en cascadas interminables, hielo infinito, dulce de leche en cada esquina, carne que hace salivar, helados cremosos, pasta inmejorable, miles de kilómetros de maravillas naturales, sonidos que calan en la memoria, historia a flor de piel, gente cálida a la que nunca le falta conversación y mucho más. Para conocer de verdad este país hacen falta varias vidas, pero con un mes, el itinerario ajustado y muchas ganas, el viajero puede acercarse a algunas de sus más grandes y conocidas maravillas y perderse también en algunos de sus lugares más desconocidos.

Buenos Aires

La capital del país parece un lugar completamente diferente dependiendo de en qué día de la semana se visite. Lo ideal es poder verlo en las dos situaciones: el bullicio estresante en la calle Florida que no te deja caminar de los días laborables y la tranquilidad y el paseo de los fines de semana en la plaza de Mayo el barrio de Palermo. Además, los domingos reservan al visitante un recorrido imprescindible por el mercado de San Telmo, mágico y entrañable, donde imitadores de Gardel, bailarines de Tango y marionetas andantes entretienen al caminante mientras se decide entre antigüedades, libros, ropa, recuerdos, discos y todo tipo de objetos indescriptibles. El barrio de Boca, con su mítica calle Caminito y el estadio de fútbol, refleja el Buenos Aires más auténtico y aúna dos de las grandes pasiones de los argentinos: el tango y el fútbol. Por la noche, Puerto Madero permite dejarse llevar por las luces del puerto y los hoteles de lujo y disfrutar sin remordimiento del bife de ternera, el ojo de bife, el vacío o el matambre ante una copa de vino y por un muy módico precio.

Península Valdés

Uno de los grandes atractivos de esta zona desértica son las ballenas australes. Pequeños barcos acercan al viajero mar adentro para poder admirar en la calma del Mar Argentino los inmensos cuerpos de estos animales jugando en el agua y depende de la época, enseñando a nadar a sus crías. Otro de los lugares imprescindibles es Punta Tombo, donde miles de Pingüinos pasean torpemente desde sus nidos hechos en la tierra hasta la playa en busca de comida, completamente ajenos a los turistas.

El Calafate

Da igual cuántas fotos haya visto el turista del Perito Moreno ni qué le hayan contado: no hay nada que describa la inmensidad y esplendor de un lugar como éste. Los más aventureros pueden hacer el Big Ice, un treking de siete horas que se adentra en el glaciar, entre grietas de un azul que no se puede ver en ningún otro lugar del mundo, la visión del hielo sin fin y el silencio absoluto, sólo roto por el sonido de los crampones clavándose en el hielo y por la respiración de los cansados caminantes. Los más tranquilos pueden optar por el minitreking, que reduce la caminata sobre el hielo a una hora y media o por el safari náutico, que recorre la parte sur del Perito, se acerca al glaciar Upsala o al Spegazzini y navega por el Brazo Rico del Lago Argentino entre icebergs tan grandes como el propio catamarán.

Ushuaia

La magia invade el último confín del continente americano: la Tierra de Fuego, donde los yámanas vivían cubiertos de grasa animal y alimentándose de pescado y de los pocos animales que habitaban este lejano lugar. Más allá de este último trozo de tierra sólo está la Antártida, a nada más que mil kilómetros. Entre las excursiones, y depende de la época del año, se ofrecen paseos en trineo tirado por perros, 4x4, canoas en los lagos Escondido y Fagnano, caminatas hasta el glaciar Martial, avistamiento de cormoranes y lobos marinos en el Canal de Beagle... Y para recuperar fuerzas, es imprescindible darle un gustazo al paladar y probar la merluza negra y la centolla en alguno de los agradables restaurantes que hay cerca del puerto, y desde los que se pueden ver los barcos que parten camino de la Antártida.

Iguazú

Las cataratas centran la actividad de este tranquilo lugar, frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil, en el que parece que el tiempo se ha detenido. Los sentidos no pueden abarcar la belleza de 275 cascadas en las que el agua cae con fuerza animal desde 80 metros de altura. Desde el lado argentino de las cascadas los visitantes viven la inolvidable experiencia de bañarse bajo 1500 metros cúbicos de agua por segundo, que duelen al caer en la piel como latigazos. La violencia de la caída produce una niebla permanente, en la que los rayos solares conforman múltiples arco iris de insuperable belleza que se entremezclan con la selva que rodea el río Iguazú.

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La garganta del diablo, en Salta. / Inés Martínez
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