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Lo que se cocía en las antiguas tejerías

ARRASATE

Lo que se cocía en las antiguas tejerías

La comarca del Alto Deba alberga 16 de las 250 tejerías documentadas en Gipuzkoa por los arqueólogos. Los guipuzcoanos eran poco afectos a trabajar la arcilla, y dejaban esta labor en manos de los 'texeros ambulantes' labortanos

12.01.14 - 00:06 -
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¿En qué pueblo no hay un topónimo como Telleixa o Telleria o Telleriarte o Tellerikosoroa...?. El arqueólogo de Aranzadi Alfredo Moraza decía que solo en Gipuzkoa hay documentados 250 tejares o tejerías. De ellos 16, en la comarca del Alto Deba, aunque «seguramente hubo más». Con el tiempo y en la medida que se ahonde más en las fuentes documentales y en el trabajo de campo, aflorarán más vestigios de antiguas tejerías como la que en tiempos existió en el barrio de Uribarri. De aquella actividad solo se conserva el horno, preservado para la posteridad dentro de un búnker de hormigón, pero han desaparecido para siempre los restantes elementos como el taller, la cubierta, el almacén...

Con todo, Mondragón tiene el privilegio de conservar uno de los últimos hornos tejeros preindustriales. Pero no es la única joya protoindustrial que alberga el Alto Deba. En Eskoriatza se halla «uno de los dos últimos hornos cerámicos que se conservan en Euskal Herria». Según Alfredo Moraza, si en 1998 había 40 hornos cerámicos, 16 años mas tarde solo perduran el de Ollerías (Araba) y el de Zubiate, en Eskoriatza, encapsulado en el tiempo dentro de la bajera de un edificio de viviendas. Hoy en día este horno cerámico constituye uno de los tesoros de nuestra comarca, y se puede visitar y conocer su proceso de trabajo llamando al Museo Ibarraundi (943 71 54 53).

Tejerías y alfares

Los hornos cerámicos tanto de los alfares como de los tejares eran prácticamente idénticos. Incluso en el mismo proceso de elaboración se copiaban y solamente «en la fase de moldeado es donde divergen». De los alfares salían los pucheros, ollas, platos, jarras, botijos y otros utensilios de uso doméstico, y de los tejares, las tejas, ladrillos, baldosas... necesarios para la edificar las viviendas. Estos elementos eran fundamentales para la vida cotidiana y, sin embargo, el campo de estudio del mundo cerámico está comparativamente «menos investigado que otras actividades como los astilleros, los molinos, la minería...» El arqueólogo Alfredo Moraza Barea ponía el acento en esta paradoja en una reciente conferencia pronunciada en Arrasate. Este investigador de la Sociedad de Ciencias Aranzadi ha dirigido numerosas excavaciones arqueológicas de época medieval y moderna relacionadas con el estudio de fortificaciones militares y las actividades protoindustriales como tejerías, hornos cerámicos, ferrerías... Según este investigador, el País Vasco es una zona «bastante deficitaria en materiales cerámicos. Un fenómeno que tildaba de «raro» en una tierra donde no falta la materia prima: arcilla. «En el País Vasco, y especialmente en Gipuzkoa y Bizkaia, no existen prácticamente alfares domésticos hasta mediados del XIX. Toda la cerámica que se consume en estos dos territorios viene de los alfares alaveses de Ollerías, Ijona. o de Castilla». Aquí «se le daba el engobado» y el acabado final.

Lo mismo ocurre con las tejerías. Según Moraza, «no será hasta bien avanzada el Edad Media, en siglo XV y XVI, cuando empiecen a expandirse dentro de nuestro territorio». Frente a la tejería alavesa de Laguardia, que se remonta a época romana, en Bizkaia y Gipuzkoa «no existe una tradición, no hay oficiales capacitados para elaborar tejas, ladrillos, baldosas...»

Varias razones explican esta actitud reticente de vizcaínos y guipuzcoanos. Por un lado, está la competencia clara de «otros materiales mucho más abundantes, económicos y fáciles de trabajar, como la madera». De hecho, los materiales constructivos cerámicos, cuyo uso fomentaron las autoridades medievales para prevenir los incendios que periódicamente asolaban las villas, tardaron mucho en cuajar en la arquitectura vasca.

Gipuzkoa y Bizkaia se convierten en una especie de isla donde los arquitectos rechazan totalmente el uso del ladrillo dentro de sus edificaciones porque no lo consideran un material digno o elegante para exhibirlo en las fachadas. Lo esconden. Lo meten en las paredes, en los tabiques. Será a partir de los siglos XVIII-XIX cuando el ladrillo sale a la fachada y se convierte en un recurso constructivo de primer orden.

Oficio vil e indigno

Otra de las razones que históricamente han relegado la actividad cerámica en Bizkaia y Gipuzkoa es la consideración de que el de tejero es un oficio vil e indigno. Resulta llamativo que «un baserritarra no quiera trabajar la arcilla aun cuando tenga que labrar con la azada la tierra», apuntaba Moraza. Informes de la Diputación Foral de Gipuzkoa datados en el siglo XVIII manifiestan que los vascos «no son afectos al trabajo de la arcilla, y lo consideran un oficio indigno, no digno de personas sino de gentes de fuera». Los guipuzcoanos, «que son nobles, no tienen porqué trabajar la arcilla» apuntaba Moraza. Así, el 90 por ciento de los trabajadores de las tejerías guipuzcoanas proceden de Iparralde. Y muchos de los que explotaban los tejares alaveses y vizcaínos eran los tamargos o tejeros asturianos, que aún hoy conservan una jerga propia o xíriga «llena de palabras y de frases que solo las entienden entre ellos, y que incluye muchas palabras provenientes del euskera.

'Texeros nómadas'

La práctica totalidad de la actividad de las tejerías guipuzcoanas corría a cargo de oficiales y trabajadores labortanos. Eran los 'texeros ambulantes' que desempeñaban el oficio que los guipuzcoanos desdeñaban. El arqueólogo Alfredo Moraza explicaba que se trataba de equipos humanos reducidos «generalmente compuestos por un oficial y tres o cuatro operarios, normalmente emparentados por lazos familiares (hijos, cuñados...) o por un lugar de procedencia común (todos de un mismo pueblo).

Desarrollaban su campaña de marzo a noviembre, obteniendo mediante concurso público la concesión de la explotación de una tejería que por lo común era de titularidad pública. Eran los ayuntamientos los que construían y mantenían las tejerías por cuanto que su actividad era considerada un servicio público.

A partir de navidades y durante el invierno, los tejeros lapurtarras regresaban a casa con sus familias, y al año siguiente volvían a pujar por la contrata de la misma u otra tejería. Así, la pista de estos 'texeros ambulantes' vasco-continentales se puede seguir «por distintos pueblos a lo largo de los años», señalaba Moraza.

Ubicación y producción

El arqueólogo de Aranzadi aseguraba que el agua determinaba la ubicación de las tejerías. La proximidad de un cauce fluvial era, pues, determinante para poder amasar la arcilla, que se extraía de un yacimiento próximo. El tercer elemento básico era la disponibilidad de combustible. Las tejerías eran construidas donde confluían estos tres elementos, «sobre una superficie de entre 6 y 14 hectáreas, acondicionando una piscina de amasado y un taller donde se confeccionaban las tejas, ladrillos y baldosas; y un secadero junto al horno que normalmente se construía contra una ladera».

Algunas de estas tejerías estables «han llegado a perdurar hasta 300 años en funcionamiento». Pero las temperaturas de entre 700 y 900 grados que soportaban estos hornos ocasionaban importantes deterioros que «obligaban a renovar la instalación completamente cada diez o doce años».

Los hornos de las tejerías «podían llegar a tener 8 o 10 metros de altura y abarca una superficie de 40 metros cuadrados». Según sus dimensiones, en su interior «podían llegar a cocerse dos mil, tres mil y hasta diez mil unidades».

Una cámara de combustión por lo general formada por dos pasillos «por donde va circulando el aire caliente para que la temperatura sea homogénea, transmitía el calor a través de los huecos de los arcos a una parrilla con orificios donde se disponía la carga de material a cocer.

Existió asimismo otro modelo de tejería de cocción simple destinada a cocer solo una serie de hornadas. Se construía un horno excavado en el suelo y se empleaba para cocer el material requerido para edificar un caserío próximo y después se abandonaba. =

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Reproducción de carácter didáctico, que muestra las distintas labores de extracción, amasado, secado, cocción y transporte de material que se realizaban en un tejera.

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Vista del horno, con su cubierta, de la antigua tejera de San Agustín, en Elorrio.

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Alfredo Moraza.

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El horno de la antigua tejera de Telleixa, en el barrio arrasatearra de Uribarri, es uno de los que se han preservado, y actualmente permanece protegido por una estructura de hormigón que se halla en el polígono Markulete. :: DV

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