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El bricolaje también es cosa de mujeres

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El bricolaje también es cosa de mujeres

Un cursillo sobre bricolaje doméstico en Aretxabaleta atrae a un alumnado mayoritariamente femenino. Siete mujeres frente a un sólo hombre se interesan por aprender fontanería, electricidad o carpintería en un curso que favorece la economía doméstica

15.12.13 - 00:50 -
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El bricolaje es, cada vez más, cosa de mujeres. La tradicional división sexista de tareas toca a su fin. A medida que los varones asumen su parte en las labores domésticas antes reservadas a las féminas, éstas comienzan a arremangarse para cambiar un grifo, cepillar una puerta o instalar un enchufe «sin aburrirme esperando a que lo haga mi marido» como resaltaba la eskoriatzarra Belén. Ella ha sido una de las participantes en el curso de 'bricolaje doméstico' impartido durante esta semana en la escuela profesional de Aretxabaleta. Un cursillo de 20 horas duración -a razón de 4 al día en horario de 16.00 a 20.00- abierto a cualquier interesado en aprender a realizar pequeños arreglos en casa «con el objetivo de ahorrar algo en la economía doméstica». Ese y no otro era el propósito fundamental de esta iniciativa organizada por el Ayuntamiento de Eskoriatza. La trabajadora social Beronika Solaguren explicaba que este curso fue ideado como una capacitación para desempeñar tareas básicas de mantenimiento doméstico. Toda suerte de 'chapuzas' que de otra manera habría que encargar a un profesional, con el consiguiente desembolso. En estos tiempos de crisis y estrecheces económicas se impone el ahorro y la autosuficiencia, al menos dentro de unos límites. Porque como apuntaba el profesor encargado de impartir el curso, el arrasatearra Txus Martín, en su dilatada experiencia profesional como carpintero «me ha tocado en pocas ocasiones acudir al rescate de fregados horrorosos» perpetrados por amateurs que se habían aventurado en honduras demasiado profundas.

Predominio femenino

Txus Martín ha dedicado esta semana a arrojar un poco de luz sobre qué, cómo y con qué herramientas se puede reparar en el hogar. La sorpresa vino con la matriculación; de las 12 plazas ofertadas, las mujeres coparon 8, justo el doble que los 4 hombres inscritos. Finalmente la asistencia se redujo a siete féminas por un sólo varón.

El eskoriatza Jokin, de 46 años, no ocultaba su «sorpresa» ante el incontestable predominio femenino. «Ha sido una sorpresa encontrar tantas mujeres en el cursillo» confesaba el único alumno varón. Este eskoriatzarra es uno de tantos trabajadores abocados al desempleo por la debacle de Fagor Electrodomésticos. Ocupa su abundante tiempo libre en cultivando la huerta y cuidando

de los 80 frutales que posee. Este horticultor ecológico se matriculó en el curso de bricolaje doméstico «por mi interés en adquirir conocimientos en materia fontanería» explicaba. A la espera de una recolocación que no sabe ni siquiera si algún día le llegará, Jokin se ha propuesto sacar el máximo partido de su huerta y frutales, pero para ello necesita dominar los sistemas de regadío y de drenaje «porque tengo el terreno en una pendiente pronunciada».

De las restantes materias lectivas algo sabe. Sobre todo de electricidad, especialidad en la que posee el título de maestro industrial. Y de carpintería, por herencia familiar. «Mi abuelo era ebanista» apuntaba Jokin.

Pero el abanico de materias impartidas por Txus Martín incluía algunas asignaturas más, como albañilería y pintura. El profesor del curso es un consumado 'manitas'. Carpintero de formación, Martín le da a todo. Ha compatibilizado el ejercicio de la docencia en una escuela de oficios con su actividad profesional «construyendo por encargo viviendas completas, desde los cimientos hasta la última instalación, siguiendo criterios de bioconstrucción».

Martín transmitía a sus alumnos las nociones más básicas sobre electricidad (instalar un enchufe, un punto luz, cambiar un aplique...); fontanería (cambiar grifos y latiguillos, desmontar sifones...); albañilería (rasear, enlucir...); carpintería (puertas, ventanas, zócalos, cerrajería...), y pintura (metodología, soportes...). E impartía su docencia procurando que los alumnos «aprendan de forma entretenida y eminentemente práctica», aunque también les ha proporcionado «fichas para guardar y consultar en casa». El objetivo, decía Martí, «es que no se arredren ante cualquier incidencia doméstica y que sepan calibrar si se trata de algo que pueden reparar personalmente o si se requieren los servicios de un profesional».

Reparar una avería o un desperfecto doméstico por uno mismo «constituye una satisfacción personal, y ahorrarse el dinero que cuesta contratar los servicios de un profesional, incrementa esa satisfacción».

En cualquier caso, las reparaciones que enseñaba Martí corresponden en su mayoría a arreglos menores que muchos profesionales eluden prestar. «A cepillar una puerta, ni te vienen» resumía Martín.

Para este profesor de bricolaje, la neta preponderancia femenina en el curso no es más que la constatación de que la «división tradicional de oficios por sexos es ya cosa del pasado». La incorporación femenina en pie de igualdad a tareas antes reservadas a los varones evidencia, por un lado, que el bricolaje domésticos está en boga, y, por otro, que las mujeres estaban hartas de depender de los hombres en el mantenimiento doméstico.

Belén, de 53 años, y Maitane, de 32, ambas de Eskoriatza, confesaban estar «cansadas de depender de los hombres» para acometer cualquier reparación doméstica. Belén, con bata de mahón y gafas de seguridad, no dudaba en ser la primera en echar mano al serrucho para cortar los recuadrados donde posteriormente instalarán un circuito eléctrico.

Hija mayor de una madre tempranamente viuda, las circunstancias de la vida le llevaron a tener que desenvolverse sola en todo tipo de tareas domésticas. Y por lo visto, le acabó cogiendo afición al bricolaje: «desde siempre me ha gustado» reconocía, y el curso organizado por el consistorio eskoriatzarra constituye «una magnífica ocasión para aprender». Lo mismo le da a las agujas de hacer ganchillo que a la brocha de pintar que se atreve con la electricidad, y eso que tiene el marido electricista. Pero lo que más interés le despierta es la carpintería. Un campo que «me gustaría aprender» para «dedicarme a una afición que me apasionaría cultivar: la restauración de muebles antiguos».

A su compañera Maitane, hija de albañil, también le ha tocado realizar trabajos manuales «ayudando a mi padre a retirar escombros y otros trabajos» tradicionalmente masculinos. No afirma que sepa de albañilería pero tiene a gala declararse «la 'chispas' de mi casa». Igual de polifacética que Belén, lo mismo cose que proyecta tender un cable para abrir un nueva eléctrica en una entreplanta donde además planea montar una serie de baldas. Desea instalar ese nuevo enchufe cuanto antes «a ver si Olentzero me trae una congelador». Y las nociones de carpintería le vendrán estupendamente para las estanterías y para la ventana que pretende abrir.

Las ansias de Maitane por aprender a hacer de todo se incrementan en la misma proporción que suben las tarifas de los técnicos especialistas. «Hace poco tuvimos que llamar a un técnico para cambiar un fusible de la caldera, y la operación nos costó 74 euros. Te dan ganas de aprender de todo» subrayaba.

Maitane tiene ahora la lavadora averiada y seguramente tendrá que llamar al servicio técnico, como le ha indicado su marido. Pero «le he dicho que espere; primero quiero investigar a ver si doy con el problema». Esta joven eskoriatzarra, que ni embarazada se abstuvo de seguir haciendo 'chapuzas' en casa, no dará el brazo a torcer sin antes haberlo intentado ella.

El auge que en los últimos años experimenta el bricolaje doméstico es consecuencia «de la suma de nuevos hábitos de ocio y de la mayor acceso a materiales y herramientas que ofrecen los centros comerciales especializados» explicaba Txus Martín. La crisis económica y la necesidad de ahorro doméstico han venido a corroborar esa tendencia. Y las mujeres, como en tantos otros ámbitos, son las que más iniciativa están demostrando, al menos a la hora de aprender.

Más decididas

Amaia, una atxabaltarra afincada en Leintz-Gatzaga, resaltaba que «desde siempre las mujeres hemos sido más decididas a la hora de apuntarnos a todo tipo de actividades, ya sean culturales, artísticas o de manualidades». Con este argumento trataba de explicar por qué las mujeres ganaban por 7 a 1 a los hombres en el curso de bricolaje doméstico. «Los hombres se estancan en su ámbito, carecen de flexibilidad; las mujeres, en cambio, lo mismo nos apuntamos a un curso de bricolaje que a uno de literatura que a uno de punto-cruz».

María es una oñatiarra que, junto a una amiga que prefirió mantenerse en el anonimato, se enteró del curso por Internet. Viviendo sola, vio en este cursillo la ocasión para aprender chapuzas y reparaciones básicas que «una echa en falta conocer y saber hacer en su casa». Su propósito es manejarse sola, «sin depender de nadie», ahorrándole molestias a un hermano que le suele ayudar. A él «le ha parecido buena idea que yo asistiera a este cursillo» señalaba María.

Su anónima compañera, asimismo soltera, también es de las que se remanga cuando hace falta. Como este verano, cuando ayudada de su hermana, lijaron y barnizaron una a una nada menos que las treinta ventanas ventana que posee su caserío familiar.

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