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Quintana, el amarillo de la necesidad

Vendía frutas y verduras con su padre en Tunja y en los pueblos de los alrededores

12.04.13 - 00:03 -
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. Va desgranando su vida de forma pausada, contando el camino recorrido hasta que ha comenzado a ser conocido en el ciclismo internacional. Lo hace sin omitir detalles, mostrando la realidad de lo que ha vivido.

Nairo Quintana (Cómbita, 23 años, Colombia) es un ciclista sin cultura ciclista, que no ha tenido ni tiene ídolos en este deporte, que comenzó a conocer a los grandes de su país cuando corría en el equipo Boyacá es para Vivirla, primero, y en el Colombia es Pasión, más tarde.

«Vivo en Tunja, a 2.800 metros, pero nací en Cómbita, a 3.000 metros. Nunca hice ningún deporte. Bueno, quizá sí, sin darme cuenta, hacía deporte cuando iba con mi padre por Tunja y los pueblos de alrededor vendiendo frutas y verduras. Había que cargar y descargar todo de la camioneta en la que iba la mercancía». Y Nairo Quintana lo dice con naturalidad.

Hay dos palabras que se repetirán a lo largo de la conversación: padre y trabajo. Ni siquiera tenía bicicleta hasta que su padre le arregló una para poder ir al colegio. Para bajar de Cómbita a Atauco: «Cogí la bicicleta porque la necesitaba para ir a la escuela. Había un autobús, pero somos cinco hermanos y no había dinero para que todos fuésemos en él, así que cuando me hice mayor, mi padre me preparó una bici. Mi hermana sí iba en el autobús. Eran dieciséis kilómetros para bajar y dieciséis para subir, con una pendiente del 8%».

En esa zona, donde Miguel Indurain ganó el Campeonato del Mundo contrarreloj, se entrenaban algunos profesionales. Cuando volvía del colegio a casa subía con ellos. «Llevaba una mochila con los cuadernos y los libros. Yo les seguía. Ellos apretaban y algunos se iban quedando. Arriba llegaban dos o tres, y yo con ellos. Mi bicicleta era una mountain-bike que podía costar veinte euros. Luego, cuando empecé a competir, con 20 años, mi padre consiguió una de semicarrera. Le cambiamos las palancas, el cambio era de acero. Aprendí a andar en bicicleta de un día para otro».

Nairo nunca pensó en ser ciclista. No seguía ese deporte, no más al menos que ponerse al lado de la carretera y coger algún bidón que lanzaban los participantes en la Vuelta a Colombia, si la carrera pasaba por su pueblo: «Hice el bachiller, pero en mi casa no había recursos económicos para estudiar. Mi destino era el ejército de Colombia, donde había miembros de mi familia. Cuando acabé en la escuela, en 2008 o 2009, pensaba que ése era mi destino. Era una paga segura».

Sin dinero a correr

Conocía lo que le podía esperar por su hermano mayor, militar, al que le tocó un destacamento en una zona selvática: «Le picó un mosquito y le transmitió la Leishmaniasis. Le picó en un brazo y se le pasó a una rodilla. El bicho se comía la carne. De una forma u otra, en la selva puedes morir. Si no tienes suerte y te toca un lugar tranquilo, es un trabajo duro», comenta, asumiendo que el destino le cambió el día que su padre Luis Guillermo Quintana le compró una bicicleta.

Su victoria en el Tour del Porvenir, en 2010, le hizo bastante popular y le permitió pedir a un alto cargo del ejército que sacase a su hermano de aquel destino. Le metieron en un despacho.

Su padre, al que adora, tuvo un grave accidente de coche a los 7 años. Le han hecho catorce operaciones y padece una invalidez: «Tiene una tienda en la que hay de todo, grano, supermercado. Somos tres chicos y dos chicas en la familia».

No tuvo equipo en juveniles. «No podía estar en un equipo y repartir el poco dinero que se ganaba. No tenía dinero. Iba a las carreras y mi padre le decía al que organizaba, 'No tenemos dinero, cuando acabe la prueba con lo que gane le pago'. Me miraban raro, pero me dejaban correr. Eso es lo que me empuja a correr, a ganar. Necesitaba el dinero para viajar, para comer, para mejorar la bicicleta, para mi padre, para mi hermano...».

«Mi padre me marcó»

Ve todo el material que tiene el equipo Movistar y exclama «yo empecé con una bicicleta muy pesada, que iba perfeccionando según tenía dinero. Había otros chavales que iban con casco, cuadro de carbono, gafas oakley. Fui cambiando las manetas, le puse unos pedales look, me compré unas zapatillas».

No se le quiebra la voz. Cuando cuenta su vida se entiende mejor que soporte frío, agua y lo que le pongan por delante: «Mi padre subía arrastras con su minusvalía a los altos para darme un botellín de agua. Su voluntad me marcó. A los 7 años casi se queda inválido. Estuvo siete años sin andar. Luego estuvo en una silla de ruedas, más tarde con muletas. Ahora anda. Es un luchador».

Dice que no notó un cambio brusco cuando estuvo en un equipo más serio: «Me dieron una bicicleta que también pesaba mucho, aunque la mitad de la que tenía. ¡Subía la cuesta de mi casa en la mitad de tiempo! Cuando me entrenaba con los profesionales les dejaba subiendo. Había un grupo que estaba para correr en Colombia y otro en Europa. Dijeron, 'a este hay que meterle en el grupo de Europa'. Me repitieron las pruebas de esfuerzo. Me decían que 'no podían ser tan buenas'».

En 2009 vino tres veces a Europa: «Corrí el Circuito Montañés. La forma de correr era distinta, de no apretar, no atacar. Quedé séptimo en la Subida a Urkiola». Se ha ido haciendo ciclista sin que le gustase de una forma especial este deporte: «Cada vez me va gustando más».

Las vacas y las gallinas

Él y su hermano Dáyer cocinan su comida: «Desde pequeños, con 10 u 11 años, mi padre y mi madre, María Eloisa Rojas, nos enseñaron a cocinar. El que se quedaba en casa preparaba la comida para todos y se la llevaba al campo. Si no, cuando se volvía a casa se preparaba entre todos. Comemos pasta, arroz, ensalada, carne, pescado, de todo. Lo que no le ponemos son condimentos».

Explica que «cuando pasé al equipo Boyacá es Vivir flipaba con la bicicleta que me dieron. No sentía ni las piernas. Me parecía muy rápida. Cuando hay buen material uno va más confiado. En alguno de los equipos que estuve decían que andábamos mal, que nos caíamos mucho. Si las cubiertas era malas, ¡cómo no íbamos a caernos!».

Los hermanos aprendieron a hacer de todo: «Mis padres nos decía que aprendiésemos de todo. Sabemos arreglar coches, bicicletas, trabajar en el campo. Hemos trabajado en mil cosas. Mi hermano mayor, siendo menor de edad, conducía un taxi por la noche porque no tenía la edad. Con diez u once años aprendimos a manejar (conducir) mi hermano Dáyer y yo».

El poco tiempo que tiene libre en Pamplona lo pasa «viendo la televisión, comunicándome con mi familia. Ahora, con las nuevas tecnologías, se puede estar más en contacto que antes. Hemos venido aquí a trabajar. Salimos a entrenarnos y a casa. Me gusta el campo y cuando estoy en Colombia suelo ir a cultivarlo, a sembrarlo. Me gusta criar vacas y gallinas».

Tiene novia en Tunja. Se llama Paola. Su hermano Dáyer ha estado presente en toda la conversación. Tiene 20 años y arrastra una historia curiosa: «Él me ha enseñado todo en la bicicleta. Las bicis que él dejaba me las iba pasando. Nairo montó un equipo de juveniles con los corredores que no seleccionaba el equipo de la Gobernación».

Luego ayudó a montar un equipo sub 23 patrocinado por la policía: «Conseguí que les pagasen sueldos, la comida, concentraciones en altura. Tuvieron que firmar como policías para poder cobrar».

Total que hubo problemas con los políticos y Dáyer tuvo que trabajar dieciocho meses «patrullando las calles, con botas, uniforme. No le dejaron coger la bicicleta. El general que nos había ayudado se enfadó con nosotros porque un amigo mío fue alcalde de Tunja. Al final, gracias a una amistad conseguí que saliese de la Policía. No es fácil hacerlo una vez que has firmado. Los otros chicos no pudieron hacerlo y dijeron que les había engañado». Dáyer volvió a correr en agosto pasado. Lo ha fichado el equipo Lizarte. Fue séptimo en el Memorial Valenciaga. «Mi ídolo es Nairo. Por donde el pisa quisiera pisar yo».

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