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Corrugados Azpeitia se difumina en el futuro del Grupo Gallardo

ECONOMÍA

Corrugados Azpeitia se difumina en el futuro del Grupo Gallardo

Desde el inicio de la crisis el empresario pacense se ha ido distanciando de la acería y solo ve viables sus plantas extremeñas

29.03.13 - 00:18 -
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¿Qué es mejor, estar respaldados por una multinacional del acero o por un empresario que busca exprimir al máximo sus fábricas? Si esta pregunta se realiza en los vestuarios de Corrugados Azpeitia la respuesta es evidente. Y es que desde el traspaso de la planta de manos de Arcelor a Alfonso Gallardo en 2005, y tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, el alejamiento del propietario con respecto a la acería ha sido evidente, hasta el actual punto de no retorno que supone la firme amenaza de cierre de la empresa.

El Grupo Gallardo se hizo con las plantas de Azpetia, Lasao y Getafe hace ocho años, invirtiendo 320 millones de euros en la compra de las tres a Arcelor, que se deshacía de esta manera de estos activos «en mercados maduros» para posicionarse en países emergentes. Gallardo se convirtió de esta manera en el principal suministrador de acero corrugado para la construcción en España ya que estas plantas se sumaban a la que ya tenía en Jerez de los Caballeros (Extremadura), en un momento en el que se edificaba a un ritmo «excesivo». Dos años después -a comienzos de 2007- el empresario también se hizo con la acería alemana de productos largos Stanlwerk Thüringen por 591 millones, una planta que empleaba a 700 trabajadores y con la que el grupo se convertía en el segundo productor de perfiles de toda Europa.

Hasta 2008 la fábrica de Azpeitia vivió contagiada de esa fiebre del ladrillo, produciendo a su capacidad máxima y alcanzando el millón de toneladas anuales. Fueron tiempos de vino y rosas hasta la llegada de la crisis más dura jamás conocida en el sector y que lleva golpeando más de cinco años.

«Se mantendrán los 500 empleos de Azpeitia y Lasao y todos los puestos directivos», trasladaba Alfonso Gallardo en un comunicado a los trabajadores de las fábricas guipuzcoanas nada más hacerse con la propiedad de ambas en 2005. Palabras que resuenan lejanas y embusteras un puñado de años más tarde y con el ERE de extinción a punto de caer sobre la mesa. La producción de la acería cayó en picado a partir de 2008, cerrando 2011 sin alcanzar las 400.000 toneladas, más de un 50% por debajo de los años de bonanza.

Advertido del panorama que se avecinaba, Gallardo activó su deseo de deshacerse de las compras que tan buen resultado le dieron pero que empezaban a convertirse en un lastre ante la caída en picado de la demanda en España, principal destino de las ventas de sus fábricas. Un propósito que estuvo a punto de cuajar a finales de 2010, cuando comunicó que llegaba a un acuerdo con la compañía brasileña CSN para traspasar en un paquete conjunto las plantas guipuzcoanas y la alemana. Todo parecía cerrado hasta que el acuerdo saltó por los aires a mediados de 2011 tras acusarse mutuamente de incumplimiento de contrato. Aún así a comienzos de 2012 Gallardo pudo colocar a la firma brasileña la acería alemana por 485 millones (más de 100 millones menos de lo que le costó hacerse con ella).

Al no poder desprenderse de Corrugados Azpeitia, el empresario pacense comenzó a plantear recortes de plantilla para reducir las perdidas que se seguía acumulando. De esta forma, a finales de 2011 anunció un expediente de extinción para 140 de los 400 operarios de la planta, que al final se quedaron en 100 despidos tras la mediación de las instituciones y un acercamiento de posturas final en el que Gallardo se volvió a comprometer a mantener la cifra de, al menos, 341 trabajadores en la fábrica durante los próximos años. Algo a lo que no fue ajeno el préstamo participativo de cinco millones que recibió del Gobierno Vasco y otras instituciones.

La Reforma y los sindicatos

Esa cifra mínima demandada por el anterior Ejecutivo de Patxi López para que la ayuda no pudiera ser retirada fue clave para que el empresario extremeño plantease un nuevo ERE en el mes de junio con el que pensaba reducir en 60 trabajadores más la plantilla azpeitiarra y dejarla al límite exigido por el departamento de Industria. Además pretendía reducir en un 35% los salarios del resto de empleados y ampliar la jornada laboral en 49 horas anuales. Una proposición que se topó de frente con dos muros que han sido insalvables y han desenbocado finalmente en la decisión de cierre de la planta: la labor de los sindicatos y la Reforma Laboral de Mariano Rajoy. Desde un principio los trabajadores no aceptaron este nuevo recorte, cuando todavía se encontraban bajo los efectos del ERE de enero. Trataron de negociar en las primeras jornadas la retirada del mismo o la reducción del expediente. Solicitaron a su vez un plan de viabilidad que garantizara la continuidad de la acería, informe que no ha llegado en ningún momento a la planta ya que Gallardo se ha limitado a señalar hasta la saciedad en sus comunicados que apostaba «por la continuidad de la fábrica».

Los trabajadores decidieron entonces iniciar una huelga indefinida que se extendió durante más de seis meses. Casi al mismo tiempo arrancó la vía judicial para determinar si el ERE presentado por el grupo era viable o no, ya que con la nueva reforma laboral entrante en el mes de febrero, la ausencia de un mediador en el conflicto provocó que recayera en el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV) la decisión de validar el expediente.

Ya en diciembre, el tribunal declarón nulo el ERE por no negociar «de buena fe» con el comité de empresa durante el periodo de consultas. Dos palos en las ruedas de Alfonso Gallardo que han provocado que el empresario jerezano se haya enrocado en sus posiciones.

Los planes de Gallardo

«Gallardo no ha abandonado su deseo de desprenderse de la fábrica azpeitiarra», señaló a este periódico una fuente cercana. Y su objetivo puede conocerse con solo fijarse en la capacidad productiva de las plantas de las que es propietario, en sus deudas contraidas con entidades de crédito y en sus declaraciones con cuentagotas en los medios de comunicación.

En primer lugar, sus tres plantas tiene una capacidad máxima de producción de 4 millones de toneladas de corrugado al año (2 millones en Siderúrgica Balboa, 1,5 en Azpeitia y 500.000 toneladas en Getafe), cuando el consumo estatal en estos años de crisis apenas absorbe el 50% de esa producción. Por ello, Gallardo tan solo garantiza una carga de trabajo de 300.000 toneladas anuales para Azpeitia, con lo que alega que la actual dimensión de la plantilla de la acería es superior a las necesidades ya que el capítulo de personal eleva los costes y hace que el producto obtenido en Azpeitia sea menos competitivo que el de sus plantas de Extremadura, en las que aplicó un ERE de reducción de plantilla, y Getafe -allí acaba de imponer un expediente de extinción para 30 trabajadores y una reducción salarial del 34% para el resto-. Así, la acería guipuzcoana no entra en los planes de futuro de Gallardo ya que solo con Siderúrgica Balboa absorve toda la demanda existente.

En segundo plano, subyace la apremiante necesidad de subsanar los más de 800 millones de deuda que tiene contraidos con casi una veintena de entidades de crédito. Dicha deuda fue refinanciada en 2011, pero ante la continua acumulación de pérdidas, los acreedores han respondido pidiendo al empresario pacense que ponga el cartel de «se vende» en todas sus plantas.

Y en tercer lugar aparece su apariencia de tiburón de los negocios. Sin ser un personaje visible en los medios y bajo la confidencialidad que siempre ha caraterizado sus negociaciones, Alfonso Gallardo reconoce que a sus casi 80 años prefiere «seguir trabajando y comprando y vendiendo empresas porque es lo que me gusta», como declaró en su día a un medio. Gallardo mantiene la filosofía de pensar que el desarrollo «se asienta en el acero, el cemento y el petróleo», aunque no haya conseguido todavía poner en marcha su proyecto de refinería en Extremadura y por el que sigue peleando con el Ministerio de Medio Ambiente. Entre esta hipotética planta, la Cementera Balboa y la siderúrgica del mismo nombre, Gallardo tiene marcado un futuro en el que no aparece Corrugados Azpeitia.

es el año en que Alfonso Gallardo compra la empresa. La fábrica pertenecía a Arcelor, que absorvió en 1999 al Grupo Marcial Ucín.

millones pagó Gallardo. El grupo pacense invirtió esa importante suma de dinero en adquirir Corrugados Azpeitia, Lasao y Getafe.

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Trabajadores de Corrugados Azpeitia salen de la planta el pasado enero en las jornadas previas a retomar la actividad de la acería. :: LOBO ALTUNA

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