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El corazón entre Euskadi y Congo

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El corazón entre Euskadi y Congo

La obra empezada por el fallecido sacerdote Tomás Madinabeitia continúa en el Congo. El eskoriatzarra tejió infatigable puentes de solidaridad a su regreso de las misiones en África

06.01.13 - 01:58 -
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El corazón entre Euskadi y Congo
Herramienta. Las azadas de la marca Bellota son uno de los más preciados bienes llevado al Congo :: DV
Una fibrosis pulmonar segó la vida del sacerdote eskoriatzarra Tomás Madinabeitia el 19 de octubre cuando contaba 69 años. Su muerte fue llorada en Tolosa, Antzuola, Oñati, Legazpi y Elgoibar... y también en la ciudad suiza de Friburgo y en los poblados congoleños de Kansenya, Kapiri y Mutobo. En el generoso corazón del padre Madinabeitia, dividido entre Euskal Herria y África, había lugar sobrado para todos ellos.
También un 19 de octubre, pero de 1981, el hasta entonces párroco de Antzuola emprendía su primer viaje a África. Un aventura que a sus 38 años le marcaría de por vida. Partió en compañía de los también curas Fernando Samaniego e Iñaki Larrea. Un convenio firmado por el entonces obispo delegado para Misiones Diocesanas, José María Setién, llevó al padre Madinabeitia a vivir 5 años de misión intensa en la provincia congoleña de Katanga.
A su regreso de África, tras enfermar de malaria, en 1986, Tomás tendió puentes de solidaridad con el Congo de forma infatigable. Como él mismo confesaba, una parte de su vida se quedó atrapada en el continente africano.
Supo contagiar ese sentimiento de solidaridad a todas las parroquias donde ejerció su labor pastoral. Generosos donativos en metálico, en material escolar, en aperos de labranza... eran remitidos cada año por el padre Madinabeitia a las empobrecidas comunidades congoleñas. Sus idas y venidas al Congo serían continuas durante muchísimos años. Pero no siempre viajaría solo. Los más hondamente 'contagiados' por su afán solidario no tardarían en convertirse en eficaces colaboradores y cooperantes voluntarios. Como los hermanos antzuolarras Bittor y Andrés Arbulu. El segundo, y más joven, había sido monaguillo durante su etapa como párroco de Antzuola, entre 1976 y 1981, y el mayor, Bittor, estuvo vinculado a los grupos parroquiales de tiempo libre.
Ambos, al igual que los jubilados Koldo Arzelus, de Tolosa, y Agustín Lazarobaster, de Mendaro, formarían parte del eficaz equipo de voluntarios que acompañarían a Tomás en su actividad de cooperación.
Proyectos hidráulicos para el suministro de agua potable y de escolarización para más de 2.000 niños y jóvenes son algunos de los retos que han afrontado bajo el liderazgo de Madinabeitia.
Bittor Arbulu comenzó a colaborar con el sacerdote en 2001, al principio junto a su hermano Andrés. A lo largo de estos años, «hemos instalado siete fuentes de agua potable, y dos depósitos con capacidad para 10.000 litros» explicaba Bittor Arbulu. Conseguir llevar a cabo el más modesto proyecto de estas características «es extremadamente complicado en una tierra donde no hay suministro eléctrico ni apenas herramientas» describía Arbulu. Lograr en esas condiciones instalar siete captaciones de agua resulta una labor muy meritoria, como lo es gestionar la compra y transporte por vía marítima de las conducciones de polietileno necesarias o el equipo de soldadura requerido». Y no es que los lugareños sean poco proclives al trabajo. Bittor aseguraba que son gente trabajadora, y que valoran extraordinariamente la utilidad de los «cargamentos de azadas de la marca legazpiarra Bellota que le hemos enviado». Nunca les faltaron voluntarios para cavar la zanja de 8 kilómetros necesaria para instalar una de las conducciones de agua.
En palabras de Arbulu, los congoleños se quedan «muy gratamente sorprendidos con la calidad de las azadas que les proporcionamos, pues están habituados a emplear herramientas de muy baja calidad fabricados en China».
El suministro de agua y las instalaciones escolares impulsadas por los cooperantes encabezados por Tomás Madinabeitia reciben su 'pago' en forma de demostraciones patentes de «gratitud, respecto y enorme confianza hacia nosotros» señalaba Arbulu. El padre Madinabeitia, tras la ingente labor que durante años realizó en tierras congoleñas, era un hombre venerado por los africanos. Su confianza en él era absoluta, aseguraba Arbulu. Y la entrega del sacerdote eskoriatzarra hacia ellos inquebrantable. Solo la fibrosis pulmonar que le diagnosticaron le impidió coger el avión con destino al Congo el pasado verano, apenas tres meses antes de su muerte. «Incluso había efectuado una reserva del billete ya en mayo» contaba Bittor Arbulu. Pero su enfermedad avanzaba inexorable, y «Tomás hubo de conformarse con acudir a despedirnos al aeropuerto de Loiu portando la botella de oxígeno consigo» se lamentaba su estrecho colaborador.
Pero como escribió el joven periodista elgoibarrés y colaborador suyo Jairo Berbel, «Tomás no se ha marchado, nunca desaparecerá. Es como la luna en mitad de la noche. Estará entre nosotros, entre esas personas que un día decidió llevarse consigo a esa África polvorienta, donde nos mostró la mejor cara del ser humano. La cara de ayudar, de ser solidario, de compartir y de saber lo que es importante. Sus pensamientos y sus ideas están entre nosotros, entre las personas que le acompañaron en su sueño, entre sus familiares y todos sus amigos. Y mientras de sus fuentes siga brotando agua y sus proyectos enseñando a niños habrá una pequeña parte de Tomás en todas las partes. Tomás caminaba despacio, como la luna en la noche, pero sin querer estaba atravesando el mundo, nos atravesaba a nosotros con la esperanza de mejorar todo aquello que él amaba». Jairo Berbel dedicaba estas emotivas palabras al fallecido sacerdote en una carta abierta a él dirigida bajo el encabezamiento 'historia de un héroe'. Un héroe llamado Tomás, con cuya aventura «podría escribirse un libro. Un relato de esos que ponen los pelos de punta. Sin caballos, ni espadas, el hombre contra las bestias del hambre, de la injusticia, de las guerras».
Jairo Berbel Monreal ganó en 2010 el primer premio del XV Concurso 'Todos somos diferentes' que organiza la Fundación de Derechos Civiles con la imagen de una niña congoleña portando al hombro una pesada azada.
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