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El número Wang

MODA

El número Wang

A los 20 años ya tenía marca propia. Nada divo, el nuevo director artístico de Balenciaga reina en las fiestas y se pasa la vida saltando. Este modisto de origen asiático no tiene límites

09.12.12 - 01:49 -
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Los editores de moda venían haciéndole el caldo gordo desde hace tiempo con elogios grandilocuentes: 'El huracán Alexander', 'El príncipe actual del universo más cool', 'El último prodigio de la moda americana', 'El niño mimado'... Algunas revistas incluso hacían juegos de palabras con su apellido: 'The number wang'. Excesos aparte, Alexander Wang (San Francisco, 1984) abandera la generación de creadores norteamericanos de origen asiático. Por eso siempre sonaba como candidato para afrontar grandes empresas, aunque posiblemente no tan pronto.
Era el gran favorito para tomar el relevo de Nicolas Ghesquière en Balenciaga, pese a lanzar su primera colección hace solo cinco años. Con su nombramiento, Wang repite una historia muy trillada, la del joven diseñador llamado a asumir las riendas de una mítica firma en lugar de seguir una estela propia. Cracks contratados a golpe de talonario. Son las nuevas estrellas mediáticas.
Viene sucediendo desde tiempos inmemoriales, desde que la moda se enganchó a una devoradora industria que necesita mantener la magia de los sueños, pero con los pies en el suelo. Ocurrió en los sesenta, cuando Yves Saint Laurent dio vida a la marca Christian Dior a la muerte de su fundador. Y siguió la década pasada, cuando Peter Dundas resucitó Emilio Pucci o Christophe Decarnin salvó a una decadente Balmain. Con una particularidad: Wang no llega para apagar ningún fuego.
Balenciaga, propiedad del grupo PPR, de la familia Pinault, rebosa exclusividad, quizá demasiada. Sin embargo, se encuentra en la encrucijada de captar un público fresco, que reclama golpes estilísticos más comerciales, urbanos, deportivos y desenfadados. Ropa como la que siempre ha vestido él, cómoda y sencilla, «aunque de chaval rara vez me arreglaba».
En definitiva, Wang, al que no se le caen los anillos popularizando camisetas y pantalones de chándal, pitillos de cuero y vestidos elásticos, tiene ante sí el reto de vender más que su predecesor, a veces incomprendido por su complejidad. Nada divo, cree que los diseñadores están muy sobrevalorados. Y, por supuesto, reniega de quienes les tachan de «artistas». El objetivo de la moda, «no lo olvidemos», repite a menudo, es vender. «Solo eso. Yo no soy ningún artista. Al final del día, la clave reside en vender el producto». La ropa es, simplemente, eso, «ropa», confesó en 2010 a la revista 'Vanity Fair'.
El 'hombre-niño'
Ha mostrado, pese a su juventud, una madurez sorprendente al dirigir las parcelas creativa y empresarial. Con su cara aniñada, Wang mueve ficha a velocidad de vértigo. Con sólo 20 años ya contaba con firma propia. «He tenido una visión amplia y he sabido interpretar la marca como negocio», subraya. Esa es su clave: adaptarse a los nuevos tiempos y saber que el trabajo de un modisto continúa a la conclusión del desfile. Y que tan importante como diseñar, aunque nunca haya recibido clases de patronaje, es cultivar las relaciones sociales, participando de todo el espectáculo que sigue a las pasarelas, con fiestas llenas de glamour y modelos impresionantes. También en esto es un maestro.
Este diseñador 'hombre-niño' lo tuvo claro desde un principio. Interviene en todo el proceso de producción. Lo mismo controla el marketing y el 'merchandising' que recaba la opinión de estilistas, periodistas, compradores... Manejar «todos los aspectos» que construyen una firma se ha convertido en una obsesión. «Nadie va a entender tu propia marca mejor que tú mismo», explicó a 'Harper's Bazaar'. En poco más de siete años, ha levantado un emporio familiar. Su hermano Dennis se encarga de la dirección financiera y su cuñada, Aimie, asume el papel de directora ejecutiva.
Alexander perdió el rastro de sus progenitores, de origen taiwanés, con solo 9 años. Tras abandonar Estados Unidos, su padre se fue a Hong-Kong y su madre a Shangái. Pero la sonrisa nunca desapareció de su rostro. Sigue comportándose como un niño. Se le ve dando saltitos a todas horas. Con su cuerpo menudo y elástico, parece como si caminara sobre muelles. Ya sea paseando sobre las pasarelas o entrando en los restaurantes, donde siempre pide que le coloquen en la mesa más apartada y escondida. De niño, recuerda que cuando su madre le llevaba a comer fuera de casa lo primero que pedía era un lápiz y una servilleta para dibujar zapatos.
Apoyos «poderosos»
Huelga decir que es la salsa de las 'after parties' más exclusivas y que resulta difícil encontrar a alguien que hable mal de él. Algo muy poco habitual en la moda, un mundo en el que admite que es muy difícil «conocer a gente normal. Donde hay éxito, hay envidias y hay que saber sortear la tempestad», matiza. Wang ha sabido sacudirse todas las presiones, aunque haya llegado a bordear el precipicio. «A veces te puedes venir abajo porque en internet -matiza- hay gente con integridad que sabe de lo que habla y otra que solo quiere herir. Hay que ser listo y tener a tu lado gente adecuada».
Y poderosa. Porque Wang ha sabido rodearse de gente que manda mucho. Anna Wintour, la temible editora de 'Vogue América', le echó una mano en sus inicios y la veterana diseñadora Diane von Furstenberg le considera una estrella y un verdadero amigo. «Tiene talento y determinación, pero se preocupa más por pasárselo bien que por luchar por el trono del rey de la moda, ya que ama la vida y a las personas».
Pese a su juventud, a este creador, al que se compara con Helmut Lang y Calvin Klein, se le atribuyen varios hitos. Tiene un ojo especial para descubrir modelos -Maria Bradley o Aymeline Valade- y convertir en superventas los bolsos que lanza cada temporada y que bautiza con el nombre de sus musas. De lo único que no opina es de política. Intenta mantenerse «siempre al margen». Orgulloso de sus orígenes, las etiquetas de sus prendas llevan impreso el 'made in China'. Conociendo su afición a los saltos, la duda es si, ya al frente de Balenciaga, su gran objetivo será el asalto al mercado asiático, pues no parece tener límites.
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