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«El bordado, como salida para y de esta crisis»

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«El bordado, como salida para y de esta crisis»

Marian Alonso Letona tules, deshilados y vainicas dobles

17.02.12 - 03:14 -
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El 23 de diciembre de 2011 tuvo lugar la fiesta de inauguración y el 1 de enero de 2012 Realce, tienda especializada, taller de bordado y escuela de labores, abrió sus puertas a clientes, alumnas y costureras en Usandizaga 21 bajo. Al mando, Marian que hoy, 17 de febrero, celebra su cumpleaños. Marian aprendió el bordado yugoslavo con una monja del colegio Montpellier que mientras las niñas bordaban les leía la Biblia. Marian estudió Secretariado de Dirección en ISSA, deshilado canario en Puerto Rosario con la gran maestra María del Carmen Cabrera Betancourt, bordado mallorquín en casa de unos magníficos artesanos que no tienen ni libros ni cuadernos pero atesoran miles de dibujos autóctonos y descubrió los secretos del tul en la Escuela de Encajeras de Barcelona. Marian, antes de afincarse en Usandizaga 21 tuvo taller y tienda en Amara, en el centro y en Galerías Yola.
– Tengo la sospecha de que la palabra ‘realce’ significa algo más que ‘adorno, lustre, estimación y grandeza sobresaliente’ (Real Academia de la Lengua).
– Claro, es un punto básico del bordado, ese que sobresale de la superficie de la tela (como también dice la Academia). Es brillante, rico, costoso y de un efecto maravilloso, como cuentan en Wikipedia.
– Costosísimo dicen en la red.
– Exactamente. Como todo arte que se hace a mano, el bordado no tiene precio y al final, el que paga, paga muchísimo y quien cobra, nunca recibe realmente lo que debería porque el valor de la pieza, contando tiempo y dedicación resulta siempre incalculable. Sin embargo, ¿qué quieres? Lo que dicen las bordadoras más veteranas: el bordado es un vicio y un lujo así que quien lo quiere, que lo pague.
– Y a pesar de eso, ¿sigues manteniendo lo que dices en el titular?, ¿el bordado como una posible salida a esta crisis que padecemos?
– Lo mantengo, sí, lo mantengo. Verás, las clases y los talleres que impartimos en la parte alta de este local tienen mucho de club social, de terapia grupal. No creas que las botellas que ves en la nevera son restos de la fiesta de inauguración sino de las distintas celebraciones que hacen las alumnas, cumpleaños, aniversarios... Aquí se discute de todo. Menos de política y de religión. Y cuando se cotillea, está prohibido dar nombres. Aquí, la gente olvida que se ha quedado en el paro pero curiosamente, no se les ocurre que su habilidad para bordar podría ser, repito, una forma de esquivar la crisis. Porque no todos los trabajos tienen que ser carísimos y delicadísimos tules sino pequeñas historias, bordados de nombres, de letras. Y porque existen también las máquinas. La mía es japonesa.
– Y tú , bordadora titulada...
– Me titulé con 14 años. En 1974. En aquellos tiempos era Titulación Oficial. Hoy nada de eso existe aquí. Sin embargo, fíjate lo que son las cosas: las bordadoras que trabajan el maravilloso deshilado canario, que se hace sobre grandes bastidores, son funcionarias del Cabildo. El Gobierno de las islas les cede un local y compra las obras de muchas de las mujeres que colaboran con las maestras artesanas. Las compra para luego venderlas con el sello auténtico de ‘Made in Canarias’. Allí han entendido que esas labores pueden ser buen reflejo de la cultura del lugar.
– Guau, interesante e inteligente, pero yo te iba a preguntar cómo es posible que una bordadora cabal no le haga asco a una máquina que en realidad es un ordenador programable.
– Primero, porque el ordenador lo programa la bordadora, es decir, el dibujo lo hago yo. Segundo, porque aunque no te lo creas, por muy máquina que sea, tiene su corazoncito. Si no le hago caso durante un tiempo, protesta. Se le rompe el hilo, por ejemplo. Y tengo que cambiárselo y quedarme a su lado un rato. Y tercero, porque es la empleada ideal. Normalmente no se cansa y cumple tus órdenes. Cuarto y muy importante, porque no tengo nada, absolutamente nada, en contra de aunar la tecnología y la tradición. En realidad, me fío muy poco de ciertas encajeras, bordadoras o costureras incapaces de evolucionar, de esas que te dicen que trabajan como lo hacían sus madres que lo aprendieron todo de sus abuelas y estas de las madres de sus madres.
– Vaya, yo creía que en eso consistía el mantener la tradición, en respetar las antiguas enseñanzas.
– Para nada. Te diré más, a veces lo único que se transmite es un error, un punto equivocado. Creo firmemente en la evolución de la tradición. A mí no me importa descubrir que una de mis alumnas ha encontrado una solución a un punto endiablado. Y por eso, para evolucionar hay que viajar y ver cómo hacen en otras tierras filigranas y puñetas.
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