El mundo radical tomó con muchos años de retraso la decisión de participar en la política de un modo normalizado. De haberla tomado antes, antes podrían haber empezado también a practicar esta política que ahora parece despertar su entusiasmo. Su tenaz actitud obstructiva ha tenido como consecuencia un retraso deliberado y absurdo en su incorporación a la vida pública, además de justificar centenares de asesinatos y sufrimientos enormes. Ahora, por fin, incluso van a acabar optando, y quién sabe si formando parte, de ese gobierno vascongado que han despreciado durante demasiados lustros. Ya acuden a Madrid, y dan la mano de forma educada, a la par que regalan una sonrisa de compadreo, a los colegas del PP. Utilizan oficinas con oscuros muebles de madera y pasan todos los días bajo retratos y banderas estigmatizadas en otras horas. El cambio, en fin. Ha supuesto para ellos, por lo que dicen, un paso enorme, un paso que no se acaban de creer y en el que afloran actitudes que parecen recordar tiempos pretéritos: alcaldes que ven con sorpresa que sus propios vecinos, el pueblo nada menos, se les sube a las barbas porque el agua les ha llegado hasta el segundo piso, o diputados que se manifiestan... contra sí mismos. Bueno, es lo que tenemos, porque esto da para todo. Así que ese paso es de gigantes, no hay más que verlo. Es el que dieron el resto de formaciones políticas hace más de 30 años y, claro, aprender a andar con tanta edad no debe ser fácil.
No es porque de forma machacona no se les indicara cuál era la vía: hagan unos estatutos, renieguen de la violencia y participen en la vida política, como hacen los demás, que de otro modo lo tienen complicado. Pero no, no acababan de entenderlo, aunque se lo dijeras en euskera. Vivían en una burbuja en la que su deseo se convertía, como por arte de magia, en el deseo común del resto: «Es lo que pide el pueblo» decían, al tiempo que arrimaban la botella de gasolina a la fachada de una casa que nunca era la suya. Sus deseos eran órdenes cuya materialización requería un poco de buena voluntad. Solo se necesitaba voluntad para hacer las cosas. Si no se hacían es porque se carecía de ella, porque no se quería. Como el tema de la bandera española, que figuraba en muchas fachadas porque el alcalde correspondiente no quería que se quitase. Ya ven: cambia el alcalde sin que cambie la bandera. No era tema de voluntad, por lo que parece. Salvo que la voluntad del alcalde haya cambiado, que todo puede ser.
La batalla es ahora con los presos. Los quieren aquí, y quieren que estén fuera los que han cumplido las tres cuartas partes de sus penas. Solo hace falta voluntad para que salgan a la calle. Bastantes pasos han dado ya, ahora se tienen que mover otros.
Aunque cuando oímos las majaderías que hemos escuchado en los últimos juicios, con presos de ETA (y sus familiares) chillando a los magistrados, muchos nos preguntamos cuál será ese paso tan grande que han dado. Sin embargo, qué quieren que les diga, la situación ha cambiado. Ha cambiado desde el momento en que ETA dice que se retira a la retaguardia. Ese es un cambio sustancial, y sería de ciegos no reconocerlo, aunque no sea exactamente un paso, porque partían con números negativos. Y los pasos se deben dar siempre en positivo. Quieren ahora a sus presos cerca de casa. Si me lo preguntan, responderé que yo también lo quiero, porque no es necesario añadir castigos a sus familiares. Dicen que lo pide todo el mundo (el pueblo), y si me preguntan la opinión diré que ese dato no es exacto, por muchas y ruidosas manifestaciones que se hagan. No vayamos a confundir de nuevo deseos particulares, por extendidos que estén, con deseos generales, si es que existe en este tema un deseo común. Durante décadas, la sociedad se ha lavado las manos y ha mirado a otro lado, de la misma forma que lo está haciendo ahora: si traer a los presos aquí me alivia de problemas, que vengan. Si, por el contrario, me causa más problemas, mejor que se queden y no vengan. Al final se impondrá el sentido común, y los acercarán si técnicamente es posible y hay cabida para todos.
Pero, al igual que actuaron de forma equivocada cuando se negaban a participar en esas elecciones tan españolas, adoptan también ahora estrategias equivocadas con el objetivo de aligerar condenas. No se saca a nadie de la cárcel organizando manifestaciones, dando ruedas de prensa y creando sin descanso asociaciones de apoyo. Flaco favor se les hace cuando se confunde de forma deliberada el cumplimiento de las tres cuartas partes de la pena con la excarcelación automática, porque legalmente no funcionan así las cosas. Si eso fuera cierto sería mucho más barato y rápido cambiar la norma y rebajar por ley todas las penas en un cuarto. Pero me temo que eso no es así. Tampoco ahora, como sucedía con la bandera, es cuestión de voluntad.
No parece lo más acertado perseverar en la creencia de que actuando como colectivo, como colectivo va a mejorar su situación, cuando todas las señales que llegan desde el gobierno van en sentido contrario. Existen vías más eficaces, siempre personales, que van dando frutos y consiguiendo, desde hace tiempo además, que los presos estén más cerca y las condiciones de la condena se suavicen. Pero, bueno, el problema es de ellos, y ellos deberán valorar lo que quieren hacer.
Pueden seguir añadiendo confusión y manteniéndolos secuestrados con estrategias equivocadas, es su opción, y depende de las prisas que tengan con todo esto. Aunque en la vida es bastante conveniente no repetir errores.