El San Sebastián Gipuzkoa Basket está haciendo historia. No ha necesitado más que ocho años, ni siquiera se cumplen, desde su reaparición definitiva en 2004 para que los sueños de los amantes del baloncesto en Gipuzkoa se empiecen a hacer realidad. Unos sueños que han estado escondidos durante demasiados años.
Es verdad que este deporte ha tenido que sufrir múltiples agravios por parte de instituciones políticas y sociales que le han impedido crecer como lo han hecho en territorios vecinos, pero hoy celebramos que el GBC está en la Copa. Ha conseguido meterse entre los ocho mejores equipos de la mejor Liga del universo FIBA y se dispone a disfrutar de una fiesta que sólo está al alcance de los grandes.
A pesar del maltrato, los hitos de nuestro baloncesto se han mantenido frescos en la memoria colectiva de nuestra afición. La victoria del Atlético sobre el Real Madrid, la visita de Oscar Robertson cuando The Big O era el mejor jugador del planeta, el llenazo en el Velódromo que fue récord de asistencia en nuestra Liga durante años y años o la presencia de Askatuak en las competiciones europeas con Essie Hollis y Nate Davis fueron nuestras referencias durante décadas.
Todos recordamos que Josean Gaska fue el rebelde que imaginó el futuro. No sé si lo que hoy vemos se parece a lo que él pensó un día, pero el baloncesto mete a más de siete mil personas por partido en un pabellón que sigue siendo una puñetera plaza de toros y el equipo de su ciudad va a enfrentarse en los cuartos de final de la Copa al Baskonia, modelo de gestión tanto por parte del club como de las instituciones alavesas.
Once años en la carretera
La incomprensión apagó poco a poco la llama. Una única temporada en la ACB, al final de los ochenta, y después el silencio. Hasta que en 2001 nació Gipuzkoa Basket, que contó con el liderazgo de Miguel Santos y a Datac, empresa de informática, como primer patrocinador. Salió en LEB-2 ocupando la plaza a la que tuvo que renunciar Askatuak por falta de recursos.
Contó de partida con los mejores auspicios institucionales, pero a la hora de implicar recursos y apoyos las hermosas palabras del verano de 2001 se quedaron en apenas nada un año después. El club no sacó equipo en las dos temporadas siguientes, a la espera de que las circunstancias permitieran al menos recuperar el proyecto.
En 2004 se volvió a armar el club con bases más sólidas que tres años antes. La constructora Bruesa se convirtió en un socio leal y eficaz. Porfi Fisac se hizo cargo de la dirección técnica y la locomotora se puso en marcha. Miguel Santos permanecía en la presidencia del club. La segunda plaza en la Liga regular no sirvió para obtener el premio del ascenso tras una eliminatoria negra ante La Laguna.
El proyecto guipuzcoano no podía permitirse el lujo de perder otro año en una categoría sin relieve. La solución la encontró en Algeciras, donde el equipo local no podía hacer frente a sus compromisos para seguir en LEB. El Bruesa GBC compró la plaza de los andaluces y montó un equipo combativo y con un puñado de grandes jugadores.
Iba a ser el último año en el polideportivo que lleva el nombre de Josean Gaska. Una especie de justicia poética permitió que la primera gran noche del baloncesto guipuzcoano en el nuevo siglo tuviera lugar en el parquet que rinde honor a su memoria. Fue el 23 de mayo de 2006 y aquella canasta costa a costa de Esteban Martínez colocó de nuevo a Gipuzkoa en la ACB.
Quienes estuvieron allí no podrán olvidar aquella noche. La plantilla de León era más poderosa, pero los de Fisac encadenaban una victoria tras otra y habían ganado los dos partidos de León. Bastaba con imponerse en uno de los dos de Anoeta, pero era importante no dejar pasar el primero. Estuvo casi imposible. Los nervios devoraban a jugadores, técnicos y aficionados. Pero el último minuto fue una sucesión de jugadas afortunadas y el triunfo se quedó en casa.
Nadie sabe a ciencia cierta cuánta gente entró aquel día en la caja de bombones de Anoeta. Nadie sabe a ciencia cierta si lloraba o reía después de aquella canasta. Pero lo que sí sabemos todos es que el baloncesto había regresado a San Sebastián, a Gipuzkoa, y lo había hecho para quedarse.
Aquel verano la afición creció de manera exponencial. El triunfo de la selección en el Mundial de Japón convirtió al basket en el deporte de moda y el salto a Illumbe permitió incorporar a miles de nuevos aficionados. Todavía siguen ahí, a pesar de los altibajos de los últimos años.
Una breve caída
La temporada del estreno fue difícil. Las lesiones de jugadores importantes como Fede Kammerichs y Devin Smith, que hoy triunfa en el Maccabi, desarmaron a un equipo demasiado joven. Una canasta lejana de Javi Salgado en Bilbao, en el último segundo, terminó de matarnos y nos encontramos de nuevo en LEB sin haber tenido tiempo de cogerle el gusto a una Liga tan grande como la ACB.
Miguel Santos hizo en la sede de la Liga una declaración de intenciones: «Este año hemos pagado el precio del debut, pero guardadme la silla que el año que viene volveré para quedarme». Contrató a Laso y con el técnico alavés al mando tardó justo un año en regresar.
La temporada fue un carrusel. Tan pronto estabas arriba como desaparecías de la cancha. El final fue largo y duro. Y de pronto, en la Final a cuatro de Cáceres apareció un equipo duro y poderoso que se comió a dos rivales que parecían más fuertes antes de empezar a jugar. Esta vez la alegría la compartimos unos cuantos centenares de aficionados que habían creído en las posibilidades de su equipo, a pesar de los últimos precedentes.
Han pasado cerca de cuatro años y el equipo no ha perdido su condición de equipo ACB. La crisis económica hizo cambiar el nombre de Bruesa por otro sponsor absolutamente comprometido, Lagun Aro. Miguel Santos, aunque no se fue muy lejos, dejó su puesto a Gorka Ramoneda. El equipo sufrió a veces y disfrutó a ratos, pero a pesar de los sustos siempre le sobró alguna victoria para permanecer en el lugar que tanto le había costado alcanzar.
Se le resistía un premio mayor, la Copa. Cada año se acercaba en diciembre y se le escapaba en enero. Pero eso iba a cambiar. Sólo hacía faltar ganar seis de los siete últimos partidos de la primera vuelta. ¿Un milagro? No tanto. El equipo estaba jugando bien. Era cosa de empezar a ganar. Lo hizo. Y aquí estamos. Levantando 15 puntos en el último cuarto del partido definitivo. El Lagun Aro GBC está donde se merece. Sólo han pasado ocho años.