Ayer fue San Valentín y, aunque su significado se va tornando en una fiesta consumista, les voy a contar historias de amor y del amor. Incluso puede que sea de utilidad pública: si usted olvidó felicitar a su pareja, muéstrele esta columna y tal vez reciba el perdón inmediato. Cupido, hijo de Venus y Marte, huyó de su padre porque quería matarlo al ver en él una amenaza. Creció al amparo de fieras salvajes y tuvo un carácter impetuoso, difícilmente controlable por la razón. Su madre le regaló un arco de oro con dos tipos de flechas: unas con punta de oro para conceder y propagar el amor, y otras con punta de plomo para sembrar el olvido y la ingratitud en los corazones. Las flechas de Cupido están cargadas con las sustancias químicas responsables del enamoramiento. Lo que sucede en el cerebro de una persona enamorada ya lo conocen de columnas pasadas: la pasión obsesiva de la dopamina da paso al sosiego cómplice de la oxitocina. Parafraseando al Principito, el amor pasa de ser mirarse el uno al otro, a mirar juntos.
En su libro 'En el principio era el sexo', Chris Ryan y Cecilia Jethá sostienen que el ser humano no es monógamo por naturaleza. Los autores se basan en datos antropológicos y evolutivos y en la conducta de casi todos los animales y de algunos grupos humanos que viven en comunidades alejadas de la civilización. El punto de inflexión se produjo cuando apareció la agricultura, con la que el modelo de comunidad pasó del nomadismo a la estabilidad. Es posible que tengan razón en la esencia de la cuestión, pero entonces la conducta humana real necesita una explicación. La clave podría estar en el lóbulo prefrontal, estructura cerebral que nos diferencia de los grandes simios y del resto de animales. Su función es planificar, abstraer, organizar y ejecutar nuestras acciones, además de modular los circuitos relacionados con las emociones. Es el lóbulo de la civilización que permite crear cultura y tecnología, progresar y ser «más individuo y menos colectivo». Gracias a él, el sexo no solo tiene funciones reproductivas sino que va mucho más allá. Se desconoce si el desarrollo de esta parte del cerebro fue la causa o la consecuencia del cambio de costumbres. La monogamia es útil para nuestra supervivencia individual y la de nuestros genes y puede considerarse una convención social que nos ayuda a sobrevivir como especie. Además, hay una base química que condiciona (no la determina, solo la condiciona), nuestra conducta sexual en este ámbito. Está relacionada con la oxitocina y la vasopresina. Los habituales de esta columna ya conocen el estudio de los ratones de la pradera cuya fidelidad depende de la presencia o ausencia de receptores para la oxitocina. Termino con una preciosa historia de amor. Sus protagonistas son una pareja de 101 y 99 años que murieron con 4 horas de diferencia tras llevar 73 años juntos. La vida sin la persona amada dejó de tener sentido.