Aparte de aquella su novela 'Erewhon' en donde la sátira se disfrazaba de utopía y recreaba un mundo perdido 'allende las montañas' (como se completaba su título) en donde imperaba, entre otras singularidades un feroz antimaquinismo, la obra maestra de Samuel Butler (1835-1902), apacentador de ovejas en Nueva Zelanda entre sus varios trabajos, es el titulado originalmente como 'The way of all Flesh', que algunos traductores como Rafael Ballester lo versaron como 'El camino de la carne' (Ediciones del Cotal, 1979). En ella, Butler, hombre de recias convicciones mientras las sostenía y que tenía sin duda la opinión, tan positiva como negativa según se mire, de que la escritura sirve para algo más que para juegos de grafías sin ton ni son, se despachaba a gusto contra la institución matrimonial a propósito de una familia, los Pontifex, en la que se nos dice que el señor Pontifex, 'pegaba a sus vástagos dos o tres veces a la semana, y algunas incluso con mayor frecuencia; pero en aquellos días los padres no tenían otros deberes para con sus hijos más que pegarles'. Para que quedara aun mejor consolidada esa época y costumbres, traía el señor Butler a colación, menciones de otros autores como Fielding, Richardson y Sheridan, que, para contrarrestar a esa varia colección de padres violentos presentes en obras de tales autores, nos hacía sincrónicamente la concesión de que, 'los padres que aparecen en las novelas de la señora Austen, ya no son los animales feroces que hallamos en sus predecesores; sin embargo, ella los mira siempre con cierto recelo y con la seguridad de que le pere de famille est capable de tout', con lo cual ya queda dicho casi todo. Para mejor orlar la estampa de ese memorable (por varias razones) período humano, digamos, asimismo, que entre otras muchas lindezas que pueden encontrarse en esa vieja novela, no falta ese apunte que más de una vez asoma a los entrelabios de padres un tanto desesperados, que al igual que Butler quién sabe si no serían capaces de pensar, al menos, que 'un recién nacido es una gran ofensa para la familia, y más le valdría a éste haberse quedado en el reino de los nonatos'.
Dirigida que ha sido, pues, una ligera mirada hacia el pasado, volvámosla ahora al presente y a la familia, en la que en pasados tiempos hubo de todo, fratricidios que, como poco, se remontan a Caín y Abel; guerras dinásticas que ensangrentaron tierras y hombres; litigios mil y uno que trepan aún por los juzgados cuando no se solventaron a tiro limpio según qué zonas o etnias. Esa institución de la familia, no obstante llegó a formularse como uno de los más seguros valores de nuestra sociedad y modelo en donde mirarse para existencias en claves pacíficas, pero parece que también ha entrado en situación catastrófica y las esquirlas de sus explosiones, están dañando viejas esencias que, fiestas de compensación como las navideñas, tan clásicas en este menester, serían incapaces de arreglar.
Leo, por un ejemplo, en estas páginas (DV, 10-2-12, pg. 6) que, 'siete de cada cien adolescentes vascos reconocen haber pegado a sus padres'. El porcentaje, quizás, no da lo suficiente como para que algunos lo tomen en su debida consideración. ¿Pegar cómo, con qué, por qué, para qué? Pero, de cualquier forma, la entrañable imagen de la usual familia queda hecha añicos con noticias tales. Nada digamos de las familias deportivas que, unas por dopajes, otras por dineros, etc., originan desajustes múltiples que darían temas suficientes como paras escribir tratados, pero, en realidad, el asunto principal que motiva estas líneas, está, para mí, en la reciente aparición en los escaparates de dos libros, uno, acerca de los disgustos de una tenista que, a pocos años de haber abandonado tan duro como rentable deporte dícese que ha publicado un libro en donde, con parecido ímpetu como el que usaba en sus victoriosas tardes de Roland Garros o de Wimbledon (por citar algunos lugares de sus grandes victorias, que todos sería imposible), arremete contra sus padres haciéndolos sospechosos de sustracción de sus ganancias. Una estampa que, con razón o sin ella, deja desvestida o cubierta con trapos rotosos y sucios a esa magnífica Dama llamada 'La familia', para cuya colada, según sentir popular, mejor usar el lavadero particular que el público.
El otro libro, ya que de dos prometía mención líneas arriba, incide, para mí, en aquella deplorable y siniestra acción de denuncia familiar que pusieron en práctica algunos regímenes dictatoriales, aunque sin peligros anejos evidentemente. Martin Davidson, un joven escocés, excelente escritor y magnífico investigador según se puede deducir de su libro 'El último nazi' (Editorial Anagrama), estudia la trayectoria de su abuelo, un dentista berlinés que puede ser tomado como perfecto ejemplo de cómo personas normales fueron hechizadas por la idea y la praxis de la ola nazi.
Algo que pudiera confundirse quizás, quién sabe, con cierta tendencia masoquista por parte del nieto.