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Tiempo de indulgencia

De una actitud exigente, agresiva, amenazadora e insultante, la izquierda abertzale ha pasado a la plena indulgencia desde que ostenta gran parte del poder institucional en Gipuzkoa. Indulgencia con los suyos

13.02.12 - 02:56 -
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Desde que uno tiene uso de razón siempre ha tenido la sensación de haber vivido bajo la atenta mirada, el permanente escrutinio de lo que podríamos denominar, ahora que está de moda el término, nuestros particulares calificadores de deuda, esa especie de agencias populares que medían el nivel de solvencia de nuestro compromiso con la patria, con la lengua, con la bandera. de cada uno de los ciudadanos de este país
Interesado desde crío por la política, uno recuerda que en aquellos tiempos el entorno de los propios padres era habitualmente foco permanente de escrutinio, de crítica, de presión. Ciertamente, todo ello era para mí incomprensible porque el citado entorno lo constituía en gran medida gente que tanto durante la larga noche de la dictadura como en aquel primer posfranquismo había trabajado decididamente por una nueva Euskadi en libertad y en paz. Habían fundado ikastolas; no se cansaban de pelear por el euskera y de organizar eventos culturales; habían acogido a militantes clandestinos en sus casas; ayudaban y visitaban a presos y refugiados. pero nada de ello servía para esa peculiar cuadrilla de calificadores que, paradójicamente, muchas veces se nutría de hijos del régimen.
Su pecado había sido apostar por una manera concreta de construir la nueva Euskal Herria. De avanzar en su construcción teniendo muy en cuenta el legado ético e ideológico de personalidades como el lehendakari Agirre cuyo testigo se recogía. De apostar por unos instrumentos de autogobierno que, a pesar de todas sus carencias, tan necesarios se han demostrado. Así es como dio el salto a las nuevas instituciones -sobre todo los ayuntamientos- esa generación de hombres y mujeres a los que tanto debemos y de la que uno se siente tan orgulloso.
Sin embargo, la presión nunca remitió. Nuestros particulares calificadores de deuda seguían al acecho de aquellos que consideraban traidores, españoles, autonomistas y burgueses, término este último muy manido en aquella época por lo revolucionarios del momento. Y así ha seguido siendo durante largas décadas en las que las nuevas hornadas que desde el nacionalismo histórico e institucional han dado el mismo paso han sido víctimas de idénticas acusaciones, idénticas presiones. Eso sí, con nuevos temas en la agenda, como el medio ambiente, las infraestructuras, los peajes. que suponían nuevas asignaturas a superar a los ojos de nuestros peculiares examinadores de deuda soberan(ist)a.
Pues bien, transcurrido cierto tiempo desde que la izquierda abertzale está al mando de gran parte del poder institucional en Gipuzkoa, cumple que nos detengamos a repasar, no la gestión que están realizando -materia que dejamos para otra ocasión-, sino el estado de situación sobre cuestiones que tan sensibles han sido para ese sector de la sociedad vasca que otrora no dejaba pasar una. Para empezar, la bandera española sigue en lo alto de los mástiles de la Diputación y el Ayuntamiento de la capital. Dicen que les obliga la ley, como si Markel Olano, Xabier Albistur u otros la hubieran puesto por placer. Es difícil entender cómo aquellos 'borrokalaris' que, indignados por tamaña afrenta, quemaban autobuses, destrozaban cabinas, estropeaban las fiestas de muchísima gente ('Pinochets' les legó a llamar el lehendakari Garaikoetxea en un capítulo de aquella guerra de las banderas), aceptan ahora sin rechistar lo que antes era motivo de revolución.
Parecida reflexión cabe haber realizar sobre una cuestión que durante la última década ha sido motivo de tensionamiento sin límite en gran cantidad de municipios de nuestro territorio. Y es que no pocos exalcaldes de nuestro territorio que fueron sometidos a una impresionante presión en torno al Tren de Alta Velocidad con innumerables mociones y propuestas de acciones de protesta, ven ahora desde casa (o desde la oposición) cómo la protesta languidece en sus pueblos bajo el 'novedoso' argumento de que ese tren no es de competencia municipal.
Los nuevos tiempos también han hecho también, al parecer, flaquear a aquellas personas que tan exigentes (y agresivas) eran con el nacionalismo institucional en muchos ámbitos y tan condescendientes son ahora con los propios. A saber, llena de asombro por ejemplo que quienes montaron una pirula considerable en Tolosa -huelga de estudiantes incluida- por la presencia de una cantante israelí en un concierto; o los que obligaron a suspender unas jornadas de gastronomía israelí en Hondarribia; o los que no apoyaron un Tambor de Oro a la Oreja de Van Gogh porque dieron un concierto en Tel Aviv; llama la atención, decía, que ninguno de ellos ponga objeción en mandar de diputado a Madrid por Amaiur a un destacado miembro del lobby vasco-israelí. Por no hablar del numerario del Opus Dei que siendo parlamentario vasco fue el único que no votó a favor de la ¡creación de una ponencia! para debatir la futura ley de igualdad.
La lista es interminable. Cuestiones como el repentino cambio de opinión sobre la fusión de las cajas (para sonrojo de un amigo mío que días antes se manifestaba en contra durante las regatas de Donostia); la incineradora, que terminará por hacerse; los peajes, que siguen y seguirán; la hilarante recepción de «su majestad» a un nada displicente diputado de Amaiur. nos llevan a pensar que de una actitud exigente, agresiva, amenazadora, insultante este sector se ha pasado a la plena indulgencia. Indulgencia con los suyos.
Estamos en tiempos de indulgencia, sí, lástima que muchos de aquellos que tanto sufrieron en aquellos difíciles años no estén para verlo. Aunque no estoy seguro de que no se volverían a morir del susto. o del disgusto.
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