Su mente es una computadora que funciona entre olas como montañas mientras el viento aúlla en la jarcia. Donde muchos temblarían, él ha establecido su centro de trabajo. En el ambiente húmedo y denso de los veleros de competición Joan Vila Onsés (Barcelona, 1961) adopta las decisiones que harán que el barco tome el mejor rumbo y recorra, por la ruta más veloz, ese universo confuso y cambiante que es el océano. Los mejores equipos de vela del mundo se rifan a este marino asentado en Valencia que interpreta la meteorología para que forme parte de la tripulación más veloz del planeta.
Hace unos pocos días, el 'Maxi Banque Populaire V', un trimarán de 40 metros de eslora y 23 de ancho, con aspecto de arácnido del futuro y 14 hombres a bordo, pulverizó el récord de la vuelta al mundo a vela y conquistó el trofeo Julio Verne al circunnavegar el globo en apenas 45 días y 13 horas, casi tres días menos que el anterior récord, en poder de Frank Cammas. Conquistaron el trofeo navegando a 26,51 nudos de media (49 km/h) y con puntas de hasta 48 nudos (casi 90 km/h). «Podríamos decir que alcanzar tanta velocidad fue casi un error: no podemos navegar tan rápido, si el barco pica en una ola nos arriesgamos a romperlo», explica Vila.
El estrés de llevar el velero con esa aceleración es tan grande que los timoneles no pueden soportar tanta tensión mucho tiempo seguido. Cada 40 minutos hay que relevarlos, agotados por el esfuerzo y la concentración de dirigir al ingenio por el mar infatigable. En el Gran Sur, cuando el barco rodea la Antártida a toda mecha y hasta el aliento se congela, los turnos a la rueda son aún más breves. El piloto recibe de continuo raciones de agua helada, como si un gigante arrojara un granizado de sal marina sobre la aterida cara, apenas resguardada por el casco, las gafas y el alto cuello del chaquetón oceánico. No hay cuerpo que lo aguante.
Duchas y Neptuno
En estas carreras contra el reloj no hay pilotos automáticos. Es la vida al límite. En cualquier momento, el avance del velero puede verse truncado: por una ola perdida, por un bloque de hielo o por un OFNI, objetos flotantes no identificados como el que acabó en febrero de 2011 con una tentativa similar de este mismo maxicatamarán, liderado entonces por Pascal Bidegorry.
Vila posee un palmarés inigualable entre los marinos oceánicos. El patrón francés Loïck Peyron ha dicho de él que es «el mejor navegante del mundo». Y eso, viniendo de quien viene, son palabras mayores. Pero Vila, un estudioso del clima en los océanos y un experto en el análisis de borrascas (bajas) y frentes para encontrar el mejor flujo para las velas, no le da mayor importancia. Es su oficio.
- Es usted el marino español que más rápido ha dado la vuelta al mundo a vela. ¿Qué es lo primero que hizo tras pasarse 45 días en el barco?
- ¿Lo primero? Pegarme una buena ducha. Fueron 45 días vestido casi con la misma ropa. Cuando hacía bueno podíamos lavarnos y airear las camisetas... Y después de ingerir durante mes y medio comida liofilizada, lo que apetece es un buen chuletón y pescado.
- Lleva cinco vueltas al mundo a sus espaldas y casi 30 años navegando por el mundo. ¿Ha notado cambios en el planeta?
- Nunca he visto tanto hielo desprendido de la Antártida como esta vez. No sé si tiene algo que ver con el cambio climático o con que ahora tenemos más satélites y más información. Encontramos icebergs muy al Norte que nos han obligado a desviarnos de la mejor ruta.
-¿Cómo son esas soledades inmensas del Sur?
- Allí abajo no hay nada. Todo es mar. Hay olas que pueden dar la vuelta al mundo varias veces, sin detenerse jamás, porque no encuentran ningún obstáculo en su viaje. Aquello es el paraje más solitario del planeta. La tierra habitada más cercana está a 3.000 millas. Todos sabemos que allá abajo debes ser autosuficiente, capaz de solventar cualquier problema que se presente por ti mismo. No se pueden cometer errores. Allí no te ayuda nadie.
- ¿Cómo es la vida a bordo?
- La tensión es enorme. El barco choca contra las olas y el casco y la estructura vibran. Quien está fuera está empapado, las condiciones son extremas y no se puede mantener mucho tiempo la concentración...
- Para hacer puntas de 48 horas, a oscuras, por mares inhóspitos. Vaya 'yuyu'...
- Siempre hay un factor fuera de tu control. Algo que evita que rompas o que colisiones contra una ballena o contra el contenedor perdido por un mercante, de los que no hay información. Hace falta suerte.
- Nada que ver con un placentero crucero, supongo...
- ¡Qué va! En el barco disfrutas cada minuto. De la luz que dibuja un arco iris pintoresco en las nubes, de los anocheceres al otro lado del mundo, de la belleza de la fauna marina. Y de esos albatros gigantes que aparecen en mitad de la nada y te siguen días...
- Solo ven tierra al salir y al llegar del faro bretón de Creac'h.
- Casi. Esta vez hemos pasado muy cerca de las islas Kerguelen, de soberanía francesa, en el Índico Sur. La primera tierra avistada tras pasar Canarias. Pero no pudimos ni ver el cabo de Hornos, estaba cubierto por la bruma.
Doblar ese cabo otorga al marino que lo cruza el derecho a orinar a barlovento (es decir, contra el viento, con el consiguiente riesgo de salpicaduras para los otros) y el honor de colocarse un aro de oro en la oreja. Hay pequeños ritos que siempre se cumplen en los veleros. Como la aparición de Neptuno y sus acólitos cuando se cruza el Ecuador: dos veces esta vez y sin que, en esta ocasión, hubiera novatos a bordo para ser iniciados en el rito marino. Eso sí, se leyeron los conjuros y se arrojó comida por la borda para agasajar al monarca submarino. Y cada vez, como por ensalmo, apareció a bordo una botellita de Mumm de 37,5 centilitros «que nos daba para tomar un sorbito cada uno», recuerda Vila. «Y en Navidad nos visitó Papá Noel. Fueron unas Navidades blancas porque nevó en cubierta. Todos tuvimos nuestro regalito: una chocolatina, que allí te sabe a gloria, y una navajita», suspira Vila.
Litera caliente y WC
Este veterano (Peyron asegura que la navegación de altura «es un deporte de maduración lenta y para cabellos canosos») sabe que en estos barcos todo peso superfluo pone en riesgo la consecución del récord. «No llevamos ni agua. Usamos una pequeña potabilizadora con la que conseguimos el agua que, hervida, sirve para restaurar la comida liofilizada», señala. Cada tripulante tiene su plato numerado donde se mantiene la comida caliente. Comen cuando quedan libres de las extenuantes tareas de a bordo. Como tampoco hay catres, para todos funciona la 'litera caliente'.
El interior del velero, el trimarán más evolucionado hecho nunca por el hombre, es espartano, está pelado del todo. La vida a bordo, dicen, ha mejorado. Aunque no mucho, la verdad. Ya no se usa un cubo que se vacía por popa para hacer las necesidades. En el Banque Populaire V, detrás de un pequeño mamparo hay un cajón de carbono (el moderno jardín) donde se acuclilla el marino y se vacía en una bolsa biodegradable que luego arroja al mar.
«¿El peor momento? Perdimos tiempo en el Pacífico Sur para rodear zonas de icebergs. Vimos a tiempo y esquivamos por muy poco un 'growler' (hielo desprendido) del tamaño de un coche. Nos pudimos quedar allí. Y en Australia tuvimos que bajar muy al sur para evitar un temporal. Llevábamos tres rizos y una mínima vela a proa. Soplaban 45 nudos (casi 90 kilómetros a la hora). Fue muy duro. Pero siempre eludimos meternos en zonas con demasiado viento y ola. No nos conviene: es como ir a toda velocidad por una autopista llena de baches», explica. «Este barco alcanza su máxima velocidad con rumbos de través (con el viento por el lateral) a unos 110 grados del viento real. Es difícil frenarlo y, cuando hay ola corta, los choques son brutales. Preferimos asegurar, yendo más despacio», rememora.
Vila, un ingeniero especializado en sistemas informáticos, es la mano derecha de Peyron. Y junto a él son los dos únicos marinos de la tripulación no sometidos a la rutina de las guardias. «Bruno y yo hablamos mucho de estrategia y meteo. Yo puedo descansar el tiempo que tardan en llegar los nuevos partes meteorológicos. Es raro que duerma más de 6 horas al día y nunca más de dos horas seguidas», señala. «Todo es distinto ahora. No hay mesa de cartas, sino dos ordenadores. En mi primera vuelta al mundo, con el 'Fortuna', hasta tuve que aprender morse para comprender los partes que llegaban por radio», sonríe el marino.
LAS CIFRAS DEL RÉCORD
Longitud del casco: 40 metros.
Anchura: 23 metros.
Desplazamiento: 23 toneladas.
Vela mayor: 450 m2.
Gennaker: 610 m2.
1.060 metros cuadrados de vela con vientos portantes.
Distancia recorrida: 29.002 millas en 45 días y 13 horas.
Velocidad media: 26,52 nudos. Tratan de que el barco navegue a 30-35 nudos de media.
De Ouessant al Ecuador: 5 días y 14 horas. A Buena Esperanza: 6 d. y 8 h. Índico: 8 d. y 7 h. Pacífico: 10 d. y 15 h. De Hornos al Ecuador: 7 d. y 4 h. A Ouessant: 7 d. y 10 h.
EL PALMARÉS
Joan Vila Onsés (Barcelona, noviembre de 1961). Una hija. Cinco vueltas al mundo. Dos Whitbread: la primera con el mítico dos palos 'Fortuna Extra Lights' en 1989/90, luego en el 'Galicia Pescanova'. Dos Volvo Ocean Race (vencedor en 2002 con el' Illbruck Challenge'). Participante en cinco ediciones de la Copa América (España'92, 'Rioja de España' 1995 y 'Bravo España' en 2000). Fichado por el equipo suizo 'Alinghi', consigue dos Copas (2003 y 2007). Es el navegante oceánico español más laureado.