De procedencia francesa, Leoncio Garnier sentó sus reales en el nº. 9 de la calle Miracruz y aunque fue reconocido como experto mecánico de coches, lo que le hizo alcanzar la popularidad fueron sus conocimientos sobre la aviación. Constructor de su propio avión (como en 1956 lo haría Miguel Coca) influyó en la creación del Aero Club de San Sebastián e intentó crear una escuela de pilotos en el aeródromo de Ondarreta, viviendo, ahora hace cien años, una de sus más brillantes etapas como pionero de la aviación.
Esta parte de la historia comenzó el pasado 18 de enero (de hace un siglo) cuando por 20.000 francos Garnier adquirió un monoplano Bleriot y se dispuso a sorprender a todos volando sobre La Concha. Despegó a las cinco de la tarde y a los pocos minutos había alcanzado los 150 metros de altura. Dos vueltas completas a la bahía, expectación en el respetable y gran susto en el tercer viraje: el avión perdía altura, la marea alta inutilizaba la playa como punto de aterrizaje, Alderdi Eder estaba repleto de público y el piloto que, para evitar males mayores, se estrellaba contra el voladizo destrozando el avión y sufriendo leves rasguños.
Análisis de la prueba: los mecánicos, o él mismo, habían olvidado abrir la llave de paso de la gasolina y, claro, falto de combustible, el motor se paró.
Queriendo participar en un concurso programado en Alicante el mes de marzo, Garnier reparó el que ya sería 'su' aparato: en Urnieta le hicieron 'la cola', en Hernani las alas y en su taller el resto del 'fusselage' y correspondiente montaje, presentándose de nuevo ante los donostiarras, el 16 de febrero, para sorprenderles con una nueva exhibición.
El vuelo fue perfecto alcanzando los 300 metros de altura y «haciendo con el avión lo que materialmente le daba la gana». Por la tarde llegó a los 350 metros y, saliendo del marco de la bahía, llegó a volar «incluso sobre La Zurriola». El primer vuelo duró 7,37 minutos y 7,18 el segundo.
Al día siguiente por la tarde realizó vuelos que duraron cuatro y ocho minutos, alcanzando muchos aplausos cuando durante el vuelo llegó a tocar arena desplazándose por la playa como si se tratara de un automóvil, volviéndose a elevar con gran facilidad.
La jornada del 21 fue de las que quedan grabadas en la historia, en este caso en la historia de la aviación: Garnier realizó «no se sabe bien si una travesura o una hazaña» pero, en cualquier caso, una demostración de su pericia y valor. Cuando estaba a 250 metros de altura se dirigió al palacio de Ayete y, sobrevolándolo, giró en dirección a Rentería. Durante un tiempo nada se supo del piloto, aunque por La Concha pronto corrió el rumor de que se había recibido una llamada telefónica desde Fuenterrabía comunicando el paso de Garnier por dicha ciudad.
Resultaba que, aprovechando el buen tiempo, don Leoncio se había propuesto llegar a Hendaya y una vez exhibido sobre la playa de Ondarraitz regresar a Jaizkibel virando por Behobia.
El impaciente público congregado en La Concha y Ondarreta le recibió con ovaciones cuando en lontananza divisó la silueta del avión que aterrizó gallardamente, después de haber alcanzado más de mil metros de altura y permanecido en el aire nada menos que 29 minutos, 15 segundos y 1/5.
Garnier, con esta aventura, fue citado como «el primer piloto que ha sobrevolado los Pirineos en avión», motivo por el que los tres vuelos que realizó el día 22 sobre Miracruz, Lasarte y la bahía estuvieron acompañados de grandes ovaciones.