En el clásico de Martin Scorsese 'Uno de los nuestros' hay una escena que arranca con un cómico sobre el escenario diciendo: «El doctor me dio seis meses de vida, pero como no podía pagar la factura me dio otros seis». Pues bien, en la complicada situación actual del sistema financiero, en algunas ocasiones, puede estar ocurriendo algo parecido. Se dan casos en los que los bancos, no pudiendo cobrar créditos concedidos, se están viendo en la obligación de tener que refinanciarlos, añadiendo nuevos plazos de carencia. Y deben obrar así para mantener los créditos en el activo de su balance, en algunos casos sin poder poner excesivamente en cuestión la salud del deudor.
Cabría decir, además, que la legislación de crisis incide en este fenómeno, y lo avala de algún modo. La ley concursal, por ejemplo, da carta de naturaleza a las refinanciaciones que prorroguen los vencimientos siempre que se correspondan con una viabilidad a «corto y medio plazo» (sic) corroborada por un experto independiente. En paralelo, se han venido articulando medidas complementarias de cuidados intensivos, como la prerrogativa temporal contemplada en el Real Decreto Ley 10/2008, por la que las pérdidas que se incorporen al balance de una compañía por el deterioro reconocido en sus cuentas anuales, derivadas del inmovilizado material, las inversiones inmobiliarias y las existencias, no se tendrán en cuenta a los efectos de la obligación legal de ajustar el capital social o de disolver la compañía, en su caso. Lo cual no deja de ser paradójico en un sistema contable como el nuestro, muy exigente con respecto a las revalorizaciones contables de activos fijos, puesto que se podrían dar casos en que compañías materialmente quebradas no se tuvieran que disolver y liquidar, y las que estando contablemente quebradas al no haber podido revalorizar sus activos -aunque materialmente lo no estuvieran- se vieran obligadas a hacerlo.
En estas circunstancias, me viene a la cabeza la imagen de esos malabaristas que mantienen muchos platos girando a la vez sobre su propio eje, evitando que se caigan y se rompan. Todo por el balance. Los bancos cuentan con la posibilidad de acudir al Banco Central Europeo para obtener fondos. Luego, o bien los reservan 'ad cautelam' en su propio balance (incluso volviéndoselos a prestar a pérdida al BCE, ante la desconfianza que en la actual situación puede generarles prestárselos a terceros) o, alternativamente, los utilizan para el pago de sus propios vencimientos. Todos hemos oído hablar de lo que se ha venido en llamar 'bancos zombis', describiendo con ese término a aquellas instituciones financieras con un valor económico neto negativo, pero que mantienen su actividad porque son capaces de cumplir sus compromisos gracias al apoyo directo o indirecto institucional. El escenario de las empresas y particulares es otro, con otras reglas del juego. Los fondos del BCE parecen no alcanzar la capilaridad y permeabilidad deseable a través del velo bancario interpuesto entre el BCE y las empresas y particulares. Este hecho, como decíamos al principio, puede que en algunos casos no suponga un problema irresoluble para las empresas a la hora de atender sus vencimientos bancarios puesto que, en ocasiones, acabarán por refinanciarse como hemos visto, pero se convierte en un auténtico caballo de batalla cuando lo que precisan es financiación para acometer nuevas operaciones de circulante o de inversión; que son las operaciones, no olvidemos, que generan la riqueza económica. Para muchas empresas y particulares es como si el sistema financiero hubiese dejado de cumplir con su función económica y social o, simplemente, se hubiese volatilizado.
La recesión actual es una 'recesión de balance'. Sin embargo, no creo que su solución venga por la articulación y ejecución de más medidas artificiales para el mantenimiento, en el mejor de los casos, de un 'statu quo' a la espera de que lleguen tiempos mejores. Ha llegado el momento de mirar hacía adelante, de echarse encima aquello que no se recuperará y de plantar cara al miedo que paraliza la actividad económica. Hace falta generar confianza en quienes están dispuestos a arriesgarse participando en el desarrollo económico y, para ello, lo prioritario es que lleguen al convencimiento de que tendrán a su disposición un sistema financiero sano en el que puedan contar con una financiación estable y razonable para la ejecución de sus proyectos. Creo que éste ha de ser uno de los focos principales de actuación de la política económica, ya que resulta esencial para crear ese 'estado de confianza' al que se refería Lord Keynes en 1936 en su 'Teoría General', como elemento subjetivo determinante de la inversión, tan necesario para estimular el crecimiento económico. Al fin y al cabo, la mejor fórmula para un buen balance no deja de ser otra que una buena cuenta de explotación y es en ésta en la que nos deberíamos de centrar.