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Carnaval: la oportunidad de ser otro

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Carnaval: la oportunidad de ser otro

12.02.12 - 02:08 -
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En realidad, vamos disfrazados todo el año, o no lo vamos en absoluto. Se concede a la festividad del Carnaval el privilegio de ser el día en que nos podemos ocultar tras un disfraz o una máscara para pretender que mágicamente despistamos al mal, ahuyentamos los miedos, nos burlamos de nuestros enemigos o durante unas horas somos aquello que, en nuestros deseos más profundos, ansiamos ser. Con el disfraz nos teatralizamos, convirtiéndonos en la persona o personaje que cede las riendas de nuestra conducta, dando paso a la desmesura, a lo no controlado por las medidas.
En otras épocas el disfraz carnavalesco era el medio, al alcance de cualquiera, que se utilizaba una vez al año para borrar las huellas más obvias de quiénes éramos y comportarnos del modo en que bajo ninguna circunstancia lo haríamos. El asunto venía de la época en la que los excesos eran severamente reprimidos y las pasiones rigurosamente controladas durante todo el resto del año. Estableciendo un paralelismo con las primeras semillas que brotaban en la Naturaleza, anuncios de la cercana primavera, los seres humanos dejaban brotar deseos y fantasías sumergidos dentro de sí, muy adentro.
Se dice todo eso como una explicación al alcance de la mano que recurre a mitos latinos o celtas vinculados con los cambios estacionales del año. En su origen así parece que fue y que la Iglesia Católica recicló la festividad para su uso uniéndola al comienzo de los cuarenta días de ayuno carnal previos a la Semana Santa. En realidad, el disfraz y la máscara actuaban en otras épocas como ciertas drogas lo hacen en la presente: liberaban ataduras mentales y posibilitaban comportamientos desinhibidos.
La democratización en el vestir que tuvo su inicio con la Alta Costura (los adinerados se podían pagar la libertad de la apariencia que subrayaba su individualidad) ha alcanzado a todos los estamentos y la libertad es ya general. ¿Qué sentido tiene, por tanto, vestirse de lo que no se es, un día al año, si cualquiera puede ataviarse en cada momento como le apetezca (lo que se cree que es, lo que se quisiera ser, lo que se pretende dar a entender que es)? La uniformización de la apariencia circula en sentido contrario al de la libertad de elección y al individualismo democrático. En este sentido, la oferta del mercado ha ampliado nuestro campo de elecciones hasta su máxima potencialidad, ya no hay límites y la disponibilidad económica tampoco lo es, sí puede serlo para vestir un traje de Armani, de acuerdo, pero no para singularizarse.
Hace años cuando se veía a alguien vestido con una acusada personalidad se decía: «Y ese, ¿de qué está disfrazado?»; ahora, sin embargo, contemplamos con lástima a los que portan la corbata corporativa o el terno de oficinista y pensamos «va disfrazado de ejecutivo o de vendedor.», mientras miramos con respeto -aunque quizás también con desacuerdo- a quien ha tomado sus decisiones de indumentaria sin convencionalismos restrictivos y tras haberlo pensado detenidamente. La parte maravillosa de la moda actual es que nos ofrece la oportunidad de reforzar y remarcar nuestra identidad, en pugna o no con otras identidades. Lo habitual en nuestra sociedad es que pugnen, y mucho, sobre todo en determinados ambientes -cada vez más abundantes- en los que la marca identitaria y singular es altamente valorada. El estilo es una actitud, se dice con razón. ¿Disfrazarse para qué?, no es preciso esconderse ni enmascararse, no hace falta buscar refugio en unas pocas horas al año si se puede ser en todo momento uno mismo quien es. Aquella oportunidad liberadora y pasional se ha convertido en la actual farsa festiva y comercial. En este sentido, deberíamos concluir que o bien estamos todos disfrazados permanentemente o bien ya no lo vamos nunca ni necesitamos hacerlo, salvo para burlarnos de nosotros mismos.
Si la vestimenta se ha expandido, multiplicado, diversificado y adaptado a toda clase de recursos económicos, las fiestas siguen siendo escasas, sobre todo en invierno. El próximo día 18 de febrero, sábado, Cristóbal Balenciaga Museoa celebrará un Bal Masqué, en recuerdo de la fiesta que el millonario mexicano de ascendencia guipuzcoana Carlos Beistegui dio en su palacio de Venecia, el Palazzo Labia (S. XVIII, situado en el encuentro del Gran Canal y el Cannaregio), en 1951 y que fue llamada «la fiesta del siglo». A ella acudieron los más célebres famosos, ricos, artistas y bon-vivants europeos de la época. En esta fiesta se produjo el lanzamiento original de Pierre Cardin, quien diseñó alrededor de 30 vestidos de personas inmersas en la 'dolce vita' local. Christian Dior y Salvador Dalí se diseñaron, el uno al otro, los vestidos que llevaron.
Nina Ricci también estuvo implicada y Cecil Beaton fotografió a los encantados participantes en un ambiente de alegría mundana que rememoraba el fasto anterior a la caída de la república veneciana a finales del siglo XVIII, no exento de un toque surrealista. Entre las asistentes se encontraba la norteamericana Barbara Hutton, trasfigurada por Balenciaga y muchos de cuyos vestidos diseñados por éste se conservan y exponen en el museo de Getaria. Las fiestas como ésta escasean; están todos invitados.
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