Unos vinieron por curiosidad, otros por el boca a boca, y todavía quedan algunos que llegaron en los ochenta para hacer la mili o la prestación social sustitutoria. Así es el comité local de la Cruz Roja de Hondarribia, un grupo de más de cien personas, de las que setenta participan activamente en labores de voluntariado componiendo una de las agrupaciones más dinámicas del territorio.
Todo empezó en 1982, cuando el doctor Javier Sarasola y Maite Villarreal, que todavía sigue en activo, impulsaron la creación del grupo que tuvo como primera sede el local de la actual oficina de atención juvenil, en Javier Ugarte kalea. Cuatro años más tarde, en 1986, y como explica el presidente Iñaki Sagarzazu, «gracias a las aportaciones que conseguimos volviéndonos locos con la venta de lotería de oro», la entidad se trasladó al edificio en el que permanece hoy en día.
Por tierra y mar
La asamblea gestiona numerosos servicios gracias a la labor de los voluntarios y a los profesionales que se contratan a través de los convenios firmados con el Gobierno Vasco. Uno de los operativos más conocidos es el de transporte sanitario urgente que establece tener una ambulancia disponible las 24 horas de los 365 días del año. La entidad también tiene firmado un acuerdo para participar en trabajos de salvamento marítimo, ya sea para rescatar a alguien en las rocas, realizar búsquedas con el equipo de buceo o ayudar a barcos a una distancia de hasta doce millas. Gracias a estos contratos, el comité recibe la mayoría de la financiación necesaria para su funcionamiento diario.
La Cruz Roja también realiza servicios preventivos en los que acuden con la ambulancia a conciertos o eventos deportivos. Tampoco hay que olvidar el área de montaña, que participa en búsquedas o rescates y campañas más puntuales, como la de la playa o la de recogida de juguetes en Navidad.
Igor Garín es coordinador de otro de los ámbitos de actuación, la formación: «Realizamos todo tipo de cursos, entre otros, de socorrismo, uso del desfibrilador o transporte sanitario a medida que se van formando grupos», comenta. Estudiantes, amas de casa, prejubilados, policías o incluso bomberos acuden a todos ellos y, «como peculiaridad de nuestra ciudad, en caso de que la persona muestre su compromiso como voluntario, se reintegra la matrícula».
Muy buen ambiente
«Estoy seguro de que no hay ningún hondarribitarra que no tenga algún conocido que haya pasado por aquí como voluntario», bromea el presidente. Y los que llegan, por lo general, colaboran durante largas temporadas por el buen ambiente y las completas instalaciones con salón, cocina y el dormitorio por las que los voluntarios se siente como «en una segunda casa».
Este es el caso de Borja Goikoetxea, de 22 años, que se fue enganchando poco a poco y que ahora coordina el equipo de montaña. Garín entró en el grupo en 1991 y realiza «un balance muy satisfactorio en el que también hay situaciones malas que se compensan con los buenos momentos de las guardias». La media de edad es joven, pero siempre hacen falta más voluntarios, por lo que Borja anima a los indecisos a pasarse por el local: «En vez de estar tirado en casa, es más útil venir aquí, ver en qué actividad encajas y ayudar así a las personas que viven a tu alrededor».