«Es difícil describir todo lo que me ha dado la profesión». Koro Conde se marcha agradecida a sus compañeros y satisfecha de haber podido servir a los donostiarras. «Si raspas un poco en mi piel aparece un guardia», dice.
-¿Cómo fue su entrada en la Guardia Municipal en 1980?
- No estuvo exenta de un cierto revuelo porque en ese momento había doscientos hombres y ninguna mujer. Era impensable que una mujer se pusiera el uniforme de la Guardia Municipal. Recuerdo que mi incorporación fue muy sonada. Han pasado 32 años desde entonces y los tiempos por suerte han cambiado a mejor, pero tuve que luchar lo suyo para demostrar que estaba capacitada para ejercer las mismas funciones que un hombre.
-¿Cómo le acogieron sus compañeros?
-La mayoría bien, aunque había algunos que no lo terminaban de ver. Decían que una mujer no podía hacer este trabajo. Lo más complicado fue el día que me tope de bruces con uno de los jefes que por aquel entonces tenían carrera militar. Recuerdo que mis compañeros se cuadraban a su paso, pegaban taconazo delante de él. Llegué yo que no había hecho la mili y recuerdo que este militar me decía '¿y usted no sabe saludar?'.
-¿Y qué contestaba?
-Pues que no tenía motivos para hacerlo. Lo acabó entendiendo.
-¿Cómo accedió al puesto?
-Hice una oposición y la aprobé. Creo que fui la quinta mejor nota de los más de doscientos que nos presentamos. Había más mujeres que se presentaron, pero no pasaron por su altura. Yo fui la única que pasé. Luego llegaron las pruebas físicas y el examen final.
-¿Cuáles fueron sus funciones al entrar en la Guardia Municipal?
-De primeras, como todos los que entramos me tocó hacer calle. Al no haber semáforos en la Avenida de la Libertad, los agentes hacíamos cruce. Estuve siete años en el cruce de la Avenida con Miramar, con frío, calor, lluvia... pero sobre todo jugándome el tipo entre los coches. Hoy todavía me pregunto cómo salí viva de aquello. No me atropelló ninguno pese a que muchos pasaban a escasos centímetros. Había que andar como un torero. Luego estuve mucho tiempo en coche patrulla, en el depósito de coches, en Obras, en atestados...
-¿Ha cargado mucho tiempo con el cartel de 'la primera mujer'?
-Hasta el día en el que otras mujeres entraron a trabajar en la OTA en 1985. Entonces empezó a normalizarse la cosa, pero costó.
-¿Qué recuerdo se lleva?
-Pese a las dificultades y alguna zancadilla que tuve que esquivar, el recuerdo que me llevo es estupendo. Es difícil describir con palabras todo lo que me ha dado esta profesión. Los 23 años que he estado de uniforme han sido maravillosos.
-Los últimos años de su carrera ha ejercido como ordenanza en el Ayuntamiento. ¿Es más difícil lidiar en la calle o con los políticos en el consistorio?
-Lo segundo (sonríe) porque yo siempre me he considerado un guardia. Si raspas un poco en mi piel aparece un guardia. Ha sido mi vida.
-¿Ha cambiado mucho la ciudad desde que empezó usted hasta ahora? ¿En una ciudad conflictiva la nuestra?
-No. El trabajo de la Guardia Municipal siempre ha estado bien considerado. Los donostiarras creen en nosotros y así siempre es más fácil. Hubo una época, cuando empezó a aplicarse el sistema de la OTA en la que la grúa se llevaba muchos coches, en la que fuimos muy criticados, pero en general la opinión es buena.
-¿Y en los años duros de la Parte Vieja?
-Estábamos solos; éramos los malos de la película, pero lo superamos. Igual que en los años duros de Bidebieta-La Paz. Ahora, por suerte, ha cambiado. .
-Y a partir de ahora, ¿en qué va a ocupar su tiempo libre?
-Me dedicaré a pasear a mis dos nietos: Adur y Laia.