Me encanta sumergirme en ese silencio, acogedor e inclusivo, de las manifestaciones de Gesto por la Paz. Me fascina ese murmullo aterciopelado de las conversaciones de la gente que te envuelve en un rumor profundo y suave de fondo marino. Me siento a gusto en cada pliegue de esas marchas cuyo sedimento más precioso es la búsqueda de una ética para la vida en convivencia. Adoro sus formas onduladas, tan lejos de las estridencias y tensiones faciales que implica la vociferación de eslóganes y consignas. Y es que, en cada manifestación de Gesto por la Paz, se produce la feliz paradoja de poder sentirte como en la intimidad de tu casa, aún cuando te encuentres en medio del espacio público por excelencia. Esta tarde, acudiremos a la última de esas manifestaciones. Ha llegado la hora de que este cauce de expresión contra la violencia desemboque en el ansiado mar de una sociedad libre y respetuosa con los derechos humanos. Se cierra el ciclo de la movilización ciudadana en la calle, mientras se prepara la solubilidad en nuestro sistema de convivencia de los valores que hemos defendido durante tantos años.
Gesto por la Paz siempre ha tenido un mensaje para el futuro. Cuanto más pasa el tiempo, más vigente se hace. En manifestaciones pretéritas, alimentábamos nuestras esperanzas diciendo que aquello que estábamos haciendo formaba parte del futuro en paz que esta sociedad merecía vivir. Hoy, por fin, es verdad lo que ya decíamos entonces. En los miles de minutos de silencio que hemos guardado por las víctimas, estábamos cultivando, ya, una memoria que hoy se ve necesaria e imprescindible para la reconstrucción moral de una sociedad que tiene que convertir ese recuerdo en su primera razón contra la violencia. Esa memoria y todos esos minutos de pensamiento y de consternación solidaria se incorporarán a la narración de nuestra historia con toda la potencia que tiene la dignidad humana frente a la infamia y la vileza de quienes quieren plantar robles para disfrazar las huellas de sus crímenes.
El final del terrorismo ha revelado también que el conflicto político no era más que una excusa para el ejercicio violento. Terminar con la violencia sólo dependía de la voluntad de quienes lo practicaban. Cuando esa voluntad se ha producido, aunque sea por interés o por estrategia, el conflicto violento se está reconduciendo hacia unos cauces que no han implicado cesión política ni merma de la democracia. Así pues, la separación de conflictos era y sigue siendo no sólo una posibilidad, sino la manera más justa de que ambos se resuelvan de una forma que no legitime la violencia. Asimismo, la petición del acercamiento de los condenados por delitos de terrorismo a las prisiones más cercanas a su entorno social tiene que considerarse, de una vez por todas, no una cesión al colectivo de presos, sino la aplicación del principio inspirador de la legislación penal de nuestro sistema democrático. Es nuestra propia ley la que se merece, ya, ese triunfo que Gesto por la Paz también lleva reclamando, junto al respeto de todos los derechos que asisten a quienes están privados de libertad por haber cometido graves delitos.
En este mismo sentido, hay que subrayar que son los fundamentos democráticos de nuestra sociedad los que han logrado un horizonte despejado de violencia. A menudo, se señala a las fuerzas de seguridad y a la acción judicial como las únicas merecedoras de este éxito. Con todo el reconocimiento que debemos y expresamos a su labor, hay que matizar que la ley y el orden han contribuido a llegar hasta este punto no sólo por ser ley y orden, sino por serlo dentro de un sistema basado en derechos democráticos. No ha habido legislación ni acción policial más rígida que aquellas que imperaban durante la dictadura franquista y, sin embargo, no consiguieron erradicar la violencia, sino que, muy al contrario, resultaron un buen caldo de cultivo para su florecimiento. Así pues, la enhorabuena debe recaer sobre todas las instituciones, organismos, asociaciones y personas que han trabajado con los derechos humanos y los principios democráticos como forma de vida, como sistema de comportamiento, como norma irrenunciable de actuación, por mucho que el terrible contexto violento que hemos vivido nos cegara, muchas veces, el camino.
Desde su modestia, creo que Gesto por la Paz puede sumarse sin ningún complejo a este grupo de firmes defensores de nuestra dignidad humana. Personas de a pie que se negaron a que su nombre se utilizara para el asesinato y la extorsión, gente sencilla que empezó a exigir el cese de la violencia no sin antes haberse exigido a sí misma una conducta escrupulosamente pacífica, individuos anónimos que erigieron un espejo donde la injusticia no soportaba mirarse. Para mí, una de las joyas más brillantes y valiosas que ha surgido sobre ese negro manto de muerte y agresión que, durante tantos años, nos ha impuesto la violencia. Y, hoy, me llena de emoción volver con ellos. Esta vez para recoger las pancartas para siempre.