Es el título y la tesis de un pequeño ensayo (setenta páginas, París, PUF, 2012) de lectura apasionante. Su autor, Laurent Habib, es empresario y profesor en la universidad de París 1, con publicaciones en español. Sostiene que la actual crisis proviene de la sumisión de las personas, de la sociedad, y del sistema económico, a la mera materialidad. Lo concreta en tres aspectos.
En primer lugar, en el mal uso que estamos haciendo del mundo natural, como si no fuera más que mera materia a explotar, llegando incluso al riesgo de destruirla. El accidente de Fukushima rompió la esperanza de que podemos controlar el mundo gracias a nuestra civilización tecnocéntrica.
En segundo lugar la descomposición de los vínculos sociales. Hemos pensado que bastaba la producción de riquezas materiales, que son un valor en sí, sin duda, para lograr una vida social mejor. La gente, al tener más, sería más feliz. ¡Pues no! En realidad el capitalismo nunca ha producido más desigualdades que en la actualidad. Lo que estamos observando es que cada día hay más gente con escasos salarios (el reciente Informe de Cáritas-España lo cuantifica) mientras que aumentan las remuneraciones de algunos privilegiados. Hace dos semanas la prensa nos informó que un alto ejecutivo de la mayor entidad bancaria española se retiró con una jubilación de 56 millones de euros. En Francia, señala nuestro autor, si el año 1970 la relación de salarios en las empresas era de 1 a 20, ahora es de 1 a 4.000 en las empresas del CAC (el equivalente al IBEX español).
La tercera idea apunta a un modo de vida fundado en el hiperconsumo, en la pura acumulación de los productos. Mediante la publicidad, incitando hasta el extremo el consumo, lo desligamos en exceso de su base funcional y supervalorizamos la dimensión emocional. La consecuencia es que estamos matando el deseo. Lo hemos transformado en mera pulsión del momento. La pulsión de comprar y poseer, sin verdaderamente desear. Un ejemplo para no incomodar a nadie: un amigo me dijo que, en Reyes, su sobrina de 5 años, recibió más de treinta regalos distintos en diferentes domicilios de padres, tíos, abuelos etc. Pasado el momento, ¿de cuántos disfrutó?
Propugna en su libro la economía de lo inmaterial, la economía de la persona. Su fuerza residiría, a) en el saber hacer de los trabajadores de la empresa, b) en la buena reputación de la empresa y en la de la marca que produce y, c) en el respeto a los consumidores, no como clientes, sino como personas.
¿Lo despachamos, sin más, como si fueran músicas celestiales?