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Los notarios del clima

METEOROLOGÍA

Los notarios del clima

Voluntarios de Aemet registran cada día, sin falta, los valores meteorológicos básicos. La Agencia Estatal de Meteorología busca nuevos observadores para una tarea que tiene más trascendencia de lo que puede parecer

11.02.12 - 04:24 -
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Jueves. Primera hora de la mañana. Parque Ecológico de Plaiaundi. Eli abre el cajón que contiene los aparatos de medición de la estación meteorológica situada en las inmediaciones del centro de interpretación y anota: la temperatura ambiente es de -0,1 grados, aunque por la noche la mínima ha llegado hasta -2,2 (poca cosa si se compara con los -5 de la madrugada del miércoles) y la víspera la máxima llegó hasta los 5 grados positivos. El siguiente paso, comprobar el pluviómetro, permite asegurar que en las últimas 24 horas no ha caído una gota.
A la misma hora, más de una treintena de guipuzcoanos realizaban movimientos similares; 67 personas los repetían en la comunidad autónoma; más de 8.000 en el conjunto del Estado. En la fecha establecida y en el modo acordado, todos ellos enviarán los datos que han ido recopilando a sus correspondientes delegaciones de Aemet.
Los actuales observadores voluntarios de la Agencia Estatal de Meteorología -baserritarras, guardas forestales, funcionarios públicos, religiosos y religiosas, jubilados...- añaden sus nombres a una larguísima lista de colaboradores que comenzó a escribirse, con apenas un puñado de estaciones, en 1913.
Por citar solo un ejemplo, gracias a ellos sabemos fehaciente, detallada y documentadamente que, con perdón de la presente, la peor ola de frío que hemos padecido fue la de 1956. Gracias a que estos días han vencido a la pereza y han salido a ejercer de notarios del clima sabrán nuestros descendientes que en febrero de 2012 nos pelamos de frío.
Porque, por mucho satélite geoestacionario, por mucho modelo y por mucho superordenador que se ponga al servicio de la meteorología, para dejar constancia de lo que ha pasado, para hacer climatología, nada ha superado todavía al papel y al lápiz.
La meteorología, en todas sus áreas, es una voraz consumidora de información. Nunca se sabe lo suficiente de temperaturas, de vientos, de lluvias, de humedades... Pero, a diferencia de lo que ocurre con las vertientes de la meteorología orientadas a la predicción y, en su caso, a alertar de situaciones potencialmente peligrosas, que se ha beneficiado de manera extraordinaria de los avances tecnológicos, la climatología no tiene prisa. Importan mucho más la precisión y la constancia que la rapidez. Y, en la tesitura en la que es vital disponer de información completa en series temporales largas, «los datos manuales son muchísimo más fiables que los automáticos», asegura Margarita Martín, delegada de Aemet en Euskadi.
Entre otras cosas, porque las estaciones automáticas, que la agencia instala donde no encuentra colaboradores y alcanza en Euskadi el número de 27, tienen cierta tendencia a ser víctimas de lo que supuestamente tienen que medir: los fenómenos meteorológicos. «En las automáticas, cuando llueve mucho el pluviómetro se desborda y puede perder hasta un 30% de precipitación; cuando hay nevadas fuertes, hay estaciones que quedan bajo la nieve y pasan días sin enviar datos; los vientos fuertes las dejan sin servicio».
Teniendo en cuenta que son justo esos días en los que es imprescindible tener la información más ajustada en la medida en que es la más susceptible de pasar a la historia, los fallos de las estaciones automáticas son especialmente inoportunos, resultan siempre engorrosos de solventar y, si se producen asiduamente, pueden llegar a devaluar las observaciones referidas a un punto concreto.
Se buscan voluntarios
No obstante, son imprescindibles en «lugares altos o de difícil acceso a los que resulta imposible que se desplace una persona todos los días». Ese es, en cualquier caso, un mal menor y de difícil remedio. Mayor mal es la creciente dificultad para encontrar voluntarios.
Ya en 2001, año que la Organización Meteorológica Mundial dedicó a homenajear a los voluntarios y a agradecerles unos servicios que, durante años, no han cobrado, se alertaba de los problemas que planteaba a estos efectos la despoblación del entorno rural. La situación no parece haber mejorado en general, y tampoco lo ha hecho en Euskadi. La falta de voluntarios es acuciante en zonas como las Encartaciones (Bizkaia), pero también vendrían bien más observadores en Gipuzkoa, pese a ser el territorio que, de lejos, más voluntarios tiene. Ha habido pérdidas especialmente dolorosas, como la de la estación meteorológica de Arantzazu, «que era importantísima y que dejó de funcionar hace cuatro o cinco años primero por las obras y luego porque Pello Zabala, que era el que la atendía excepcionalmente, ya no pudo hacerlo».
Remunerados e importantes
«Si tenemos voluntarios en lugares que reúnan condiciones, les ponemos las estaciones», propone Martín, abierta a escuchar todo tipo de ofertas. Las condiciones no son muy difíciles de cumplir, pero la tarea en sí, advierte, es más complicada de lo que parece. Aunque hay diversos tipos de estaciones, algunas más complejas que otras, anotar los registros no requiere mucha ciencia. Lo que pide es un poco de paciencia y, sobre todo, constancia, porque no se puede dejar de tomar nota ni un solo día. No hay excepción que valga; si uno no puede, tiene que dejar a alguien al cargo. La compensación económica, -simbólica, pero menos...-, es de 400 euros anuales.
Eso, y la satisfacción del servicio público, no solo como proveedor de datos para la posteridad sino como auténtico fedatario de circunstancias de las que, por ejemplo, puede depender el cobro de un seguro. Eso fue lo que sucedió en las inundaciones del pasado 6 de noviembre. Recuerda Margarita Martín que, «en el mismo punto, la estación automática registró 142 litros y la manual 178. En todos casos se produjeron diferencias similares. El valor de 178, al ser efemérides, reflejó una situación extraordinaria, permitió la declaración de zona catastrófica y que mucha gente pueda ser compensada».
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