Vive en Irun desde que se casó, pero nació hace 85 años en el barrio hondarribiarra de Mendelu, en la mismísima muga existente entre las dos ciudades bidasotarras. Viuda de Antonio San Juan, es la amatxo de Jacinto, Javi y Ana. Tuvo un cuarto hijo, segundo de la saga y de nombre Javier, pero que murió atropellado por una camioneta cuando sólo contaba tres años. Ese suceso le marcó para toda la vida, como la muerte -también por atropello- de su padre Jacinto, un republicano que ejercía. Tiene cinco nietos: Eva, Erick (colega periodista), Ruth, Rubén y Sara. De niña estudió en las Hijas de la Cruz, recibió clases particulares con doña Juanita y pasó por la academia de don José Flores. Era una gran taquígrafa, que empezó a estudiar Comercio, pero que lo dejó al casarse, a la edad de 17 años. Siempre ha trabajado en el negocio familiar (desde 1947) de la fruta, donde le han sucedido Jacinto y Javi. Ana ha tirado por el mundo de la salud y la belleza. Jubilada cuando le tocó, ocupa su ocio en pasear. Se acuerda mucho de su mejor amiga (Teresa) que está viviendo en Alfá del Pí, cerca de Benidorm. Tiene una memoria fotográfica y una conversación muy amable.
-¿Te llamas?
-Juana, por mi abuela Juana. Ahora me llaman Juani y más de uno Juanitatxo, como Pakitto del Pozo.
-Y eres hermana de José Antonio.
-Soy la mayor de tres hermanos. Me sigue Charo, la madre de los Narro, y José Antonio que es el menor.
-Oye, que te veo divina...
-Me encuentro bien y tengo la cabeza estupenda y eso que hace siete años sufrí un ictus cerebral que me dejó paralizado el lado izquierdo. Estuve en la Residencia y no me encontraron nada grave. Total, que tres meses después de tratamiento en el hospital y de la clásica pastilla diaria, me recuperé muy bien.
-¿Cuál es tu secreto para llegar tan bien a los 85?
-Lo que hago a diario, levantarme y ponerme a hacer cosas, me distraigo y es que hay que hacer lo que sea. Y cuando termino con lo mío, salgo y me doy una vuelta. Aunque no me haga gracia, normalmente camino sola.
-Seguro que conoces Irun como pocos, ¿a que sí?
-Todo ha cambiado mucho, antes nos conocíamos todos y ahora no sabes a quién tienes enfrente. También han variado los espacios. Por ejemplo, la zona del ayuntamiento y la plaza San Juan o la Bixera, donde estaba la mercería de Lecuona o el local de Susperregui, en la calle Freire. También, el Mercado antiguo, la tienda de vinos Arocena o el negocio de los Ibargoyen, lo mismo que la ferretería que llevaba Gumer Arabolaza o la farmacia de Larrache, la pastelería de Goñi, el comercio de Urtizberea o el mismo Recondo. La mayor parte de estos espacios o no existen o han cambiado de lugar.
-Y en aquella infancia-juventud, ¿qué tal te lo pasabas?
-Muy bien, de verdad. Con doce años solíamos subir a Guadalupe con la merienda y bajábamos a casa cantando. También recuerdo los tres puentes de Mendelu y nos bañábamos a la altura del tercero. En verano, íbamos a bailar a la Alameda, pero teníamos que volver pronto a casa. Bonitos recuerdos.
-Te tocó trabajar pronto, ¿no?
-Pues sí, a los 17 años cuando me casé con Antonio. Él estaba en la fruta y me tocó. Solíamos comprar material en origen, bien de Madrid, Valencia, la Rioja o Navarra. Hacíamos el encargo por teléfono y nos lo traían aquí para su posterior distribución en Irun, Hondarribia o Baztán Bidasoa.
-¿Y qué fruta se tomaba en esos tiempos?
-Cualquiera, pero a decir verdad la gente no tenía cultura de comer fruta como se tiene ahora. No estaba educada para eso. Los no pudientes, lo dejaban para el domingo. Los privilegiados sí que la tomaban. Recuerdo que en fiestas de Hondarribia había días en que vendíamos entre 200 y 300 cajas de moscatel, de uva de esa variedad. Eso no se ha vuelto a repetir, que yo sepa.
-Tus hijos siguieron con el negocio, ¿verdad?
-Los dos, aunque Jacinto está jubilado. Javi sigue en lo mismo.
-La vuestra fue y es una profesión para madrugadores, ¿no?
-Mira, yo me levantaba a las tres de la madrugada y me acostaba a las dos de la siguiente madrugada. Apenas dormía, porque me ponía muy nerviosa. Piensa que trabajábamos con un material muy perecedero que debía venderse rápidamente.
-¿Es cierto que fuíste la primera mujer que condujo una furgoneta en esta zona?
-Igual sí. Saqué el carné en 1955 y solía ir a Bera, Lesaka y Etxalar. Cuando me paraba la Guardia Civil, me solían decir que era la primera mujer que habían visto conducir. Era muy lanzada y muy valiente con mi camioneta 'Citroën', a la que llamaba 'tartana-txirri'.
-¿Cómo te miraba la gente?
-Según me veían, se iban acostumbrando. ¿Los municipales? Como un conductor más, sabían quién era.
-O sea que, eras una artista de tu tiempo. Y también en otros órdenes. ¿Qué me han contado de la bandera de Hondarribia?
-Fue una bonita historia que ocurrió cuando tendría 15 años. Para entonces, yo era una buena bordadora, algo que aprendí con las monjas de la Cruz Roja a las que se pagaba cinco duros por el cursillo. Total, que les llegó un encargo del Ayuntamiento de Hondarribia para bordar la bandera que se había roto. A mí y a una amiga nos dieron agujas e hilos de oro y ¡hala! a bordar. Recuerdo que...
-¿Sí...?
-Que en el forro de la bandera había unos papelotes y en uno de éllos se describía una pelea navajera de dos hombre que pretendían a la sidrera. Resultaron heridos y cuando la sidrera vió la sangre, se desmayó dejando que la barrica volcase el líquido. De esta manera, sidra y sangre se derramaron hacia La Marina. Muy fuerte.
-¿Tú dejaste algún papel escrito?
-Sí, recordando que había sido la autora de ese bordado. Me imagino que esa bandera se conservará aún.
-Insisto, te veo muy bien.
-De momento, la salud me respeta y suelo ir por ahí de vacaciones con los jubilados. Que no falte.