«Los chavales hoy en día están inseguros porque carecen de pautas de comportamiento»
«Es tan ridículo tener que invitar a toda la clase a tu cumpleaños para que ningún niño se sienta excluido...»
Ainhoa, un sinfín de títulos, diplomas, cursos, certificados en su haber, es coach, es decir estimula y guía a la gente para que consiga sus objetivos. La guía y estimula sin juzgarla, lo que no está nada mal. Ainhoa monta en bici mientras su marido y su hijo juegan a hockey hielo y su hija practica patinaje artístico. Viven por la calle Luis Pradera, sobre el Alto de Miracruz. En una villa con piscina, vistas y gallinas. Actualmente, propone un coaching familiar, es decir: ayudar a padres e hijos a saber cómo ser lo uno y lo otro y sentirse felices.
– ¿Por qué tendría que imaginarme a la andereño de mi hijo en la gela con otros 26 monstruos? Bastante tengo yo con el mío.
– Entonces, si te basta y te sobra, ¿por qué pretendes que sea ella, el profesor o el maisu quién eduque de arriba a abajo al tuyo? ¿No ves que tiene otros veintitantos? No puedes ni debes dejarle a la escuela, ikastola o liceo una responsabilidad que te corresponde a ti.
– Pero yo le mando allá para que me le enseñen tecnología, sociales, matemáticas y... valores.
– Y haces bien. Pero hay valores que no se aprenden en la escuela sino en la familia. Parámetros de conducta que tú debes transmitirle y no el entrenador de softball. El otro día te oí pedirle al preparador que le dijese a tu chaval que se pusiera la cazadora cuando bajase del autobús para ir a la concentración... ¡Por favor! Es entrenador, no niñera.
– Pero es que el otro, el pequeño, el de tres años, fue sin abrigo a clase y a la andereño casi le da un mal.
– Lógico. Eso pasó el viernes, el día que empezó el temporal de nieve. ¿Por qué no se lo pusiste?
– Porque él no quería.
– Por Dios, ¡que sólo tiene tres años! Haberle obligado.
– ¿Y si se me traumatiza?
– ¿Con tres años? A lo sumo una casqueta. Si es un cachorrillo...
– ¿No estarás comparando a mi niño con un perro?
– Tu hijo es un cachorro humano. Y como tal tiene que aprender a comportarse, a socializar, a entender lo que está mal. Lo que puede conseguir y lo que no.
– Sociable sí que lo es. El otro día fue su cumpleaños y celebramos una fiesta. Vinieron todos sus compañeros de clase.
– ¿Todos? ¿Cuántos? ¿20? ¿25?
– No sé. No los conté. Todos.
– Te repito la pregunta: ¿por qué invitar a todos? ¿Él es amigo de todos?
– No, claro que no.
– ¿Entonces?
– Me recomendaron que invitase a todos para que ninguno se sintiera excluido.
– ¿Y no te parece realmente ridículo? Más pronto o más tarde acabamos aprendiendo que no le caemos bien a todo el mundo. Que no todos quieren ser nuestros amigos. Y a nosotros tampoco nos gusta especialmente todo el cole o todos los compañeros de equipo.
– ¿Y si se me vuelve solitario y raro?
– No tiene por qué. Que no esté todo el tiempo jugando con los demás no significa nada terrible. Muchos chavales necesitan y reclaman su espacio, su tiempo y su mundo.
– Me ha pedido una wii
– ¿Se la vas a comprar?
– No sé, me han congelado el sueldo. Y también quiere patines nuevos...
– Pues tendrás que hacer que elija lo uno o lo otro. Debe aprender a saber escoger y a decidir. Por cierto, ¿le has dicho lo de tu sueldo?
– Nooooo.
– Deberías. La suya va a ser la primera generación que, a no ser que cambien mucho las cosas, vivirá peor de lo que vivieron sus padres. Hazle comprender que tendrá que pelear duro por las cosas que desee. Que ya no le va a valer pedírselas a papá o mamá.
– Perdona, te dejo. Voy a entrar al vestuario a ayudarle a quitarse la ropa de entrenamiento ...
– ¡Pero si tiene ya diez años! Deja que se desvista y se vista solo.
– Es que tarda mucho...
– ¿Y? Tendrá que aprender a quitarse las botas sin ti.
– Es que ando muy justa de tiempo. Aún tengo un informe por rematar.
– Es lo que nos pasa, lo sé. No tenemos tiempo y para no perder más se lo hacemos todo. Vamos a convertirlos en inútiles. ¿Tu madre te ayudaba a vestirte cuando tenías la edad de tu hijo?
– Para nada. Buena era ella. Pero claro, su vida era distinta a la mía, tenía más tiempo.
– ¿Tú crees? Hacía la compra, la casa, la comida, cuidaba de vosotros. Y os educaba. No pretendía que todo os lo enseñaran en la escuela. A veces su educación, la de casa, esa que recibías de los tuyos, servía para equilibrar situaciones y ejercía de contrapeso de lo que nos inculcaban en el colegio. Si tú no das ahora a tus hijos normas de conducta, se van a sentir muy inseguros y como los padres somos también un caudal de inseguridades y se las transmitimos, acabarán perdidos en la vida.
– Pobrecitos. Ay, que no se me olvide hacerle mañana la mochila.
– ¡Ni se te ocurra! Déjale que asuma esa obligación. En serio, déjale.