Arteleku acaba de cumplir veinticinco años en un momento complicado para su futuro. Las consecuencias desastrosas de una inundación inoportuna se suman a los efectos devastadores de los ajustes presupuestarios de la crisis económica actual.
Se inauguró en 1986, gracias al empeño de Imanol Murua. Su amistad con Jorge Oteiza, Nestor Basterretxea y otros artistas le sirvió para comprender la potencia pedagógica y simbólica del arte en la construcción de la comunidad. La existencia de Arteleku se inscribe en esa línea genealógica profundamente oteiciana de creación de escuelas experimentales con vocación social. Surgió como un ensayo adelantado a su tiempo. Su objetivo principal era crear un espacio para que los artistas pudieran trabajar y relacionarse en buenas condiciones de producción y con un alto grado de autonomía. Miren Jaio en 'Tout va bien/Garai Txarrak', publicado en 2009 en Mugalari, nos recuerda que «supuso la creación de un espacio autónomo dedicado a la práctica artística y la formación, frente al más visible espacio de exhibición, y con una voluntad política real de fomentar el arte no como instrumento de representación política sino como bien común, voluntad sustentada por una fe casi mesiánica en el valor simbólico del arte».
Arteleku, siempre ha sido, como dice su propio nombre, un lugar para el arte. Fito Rodríguez, en 'Desacuerdos 6', nos recuerda que «si bien hunde sus raíces en 'las artes y los oficios' hay desde sus comienzos un intento de actualización de este tipo de prácticas y enseñanzas. Se centrará en la búsqueda de un modelo educativo que excede cualquier ordenamiento, para asimilar otras calidades instructivas o experienciales que tienen más que ver con la convivencia, la cooperación o el intercambio de conocimiento».
Con el paso del tiempo, Arteleku adquiere una dimensión internacional que traspasa el mundo específico de las artes tradicionales para dialogar también con las audiovisuales, las aplicadas a la creatividad tecnológica multidisciplinar, la perfomatividad, la arquitectura o las prácticas estéticas/políticas de los movimientos sociales y empresas culturales. La imagen más eficaz para comprender el 'modelo Arteleku' es el lugar que Juan Luis Moraza le otorga en su proyecto 'Incógnitas' (cartografías del arte contemporáneo en Euskadi), realizado para el Guggenheim en 2007. Lo sitúa como uno de los centros de formación fundamentales del territorio y queda representado como dispositivo cultural capaz de poner en conexión la educación y la producción. Aprender experimentando.
Arteleku ha resultado ser para muchos artistas un lugar determinante en su vida. El tiempo nos permite entender su existencia como un fenómeno que, más allá de su titularidad jurídica y propiedad material, es también patrimonio común e inmaterial de un nosotros, constituido en comunidad afectiva y con una historia compartida. En definitiva, un dispositivo conector, factor vertebrador en la historia reciente del arte en el País Vasco. Ahora que su futuro es una incógnita, esa comunidad es más necesaria que nunca. La posible desaparición de Arteleku, como experiencia vinculada a las prácticas artísticas experimentales, necesita de la fuerza de ese nosotros que se levante en defensa de un bien común.
En los momentos de dificultad económica, guerra o catástrofe, se generan los mayores movimientos de renacimiento y fermentan energías creativas y capacidades transformadoras. En tiempos de incertidumbre, es necesario replantearse las preguntas sobre el sentido de las políticas de apoyo al arte contemporáneo. Quizás tengamos que aplicar respuestas novedosas, proponer nuevas fórmulas de gestión de lo público que, más allá de lo privado o estatal, permitan resignificar las palabras bien común, participación y autogestión. Frente a la resignación, cierto grado de rebelión ante los hechos consumados nos pueda servir de catalizador de energías. Como no hay revolución posible, tal vez sea posible la reforma radical, con el apoyo de las actuales instituciones.
Como una propuesta abierta al debate entre la comunidad artística, se podría proponer a la institución titular alguna fórmula de cogestión, basada en la corresponsabilidad, entre administración y sociedad civil. Existen experiencias contrastadas como la de Hangar en Barcelona o la descapitalizada Plataforma Amárica de Vitoria/Gasteiz.
En nuestro caso, como posibilidad discutible, se trataría de activar y regenerar la comunidad Arteleku (se sume quien se sume) para que pudiera organizarse en una especie de entidad semejante a los Amigos de Arteleku (pueden ser otras fórmulas). Se podría proponer a la Diputación que, con el apoyo de otras administraciones, experimentara nuevos modelos de gestión. También se activarían políticas de participación capaces de canalizar democráticamente todos los escasos recursos destinados en Donostia/San Sebastián al arte contemporáneo. Los Amigos de Arteleku, a través de un sistema de participación (incluida la colaboración económica) y decisión abiertos -organizado mediante convocatorias online y reuniones presenciales-, propondría candidaturas directivas que presentasen programas de actuación y, una vez elegida por mayoría, la más votada sería, durante un ciclo temporal preestablecido, la responsable de la elaboración e implementación de los programas artísticos, cediendo la gestión al actual equipo técnico, que del mismo modo sería el responsable de la Biblioteca y Centro de Documentación.
Arteleku puede renacer desde el barro, materializar una refundación capaz de afrontar los retos de un futuro incierto para la cultura pública con herramientas renovadas, creativas, audaces, capaces de hacer frente al cambio de paradigma en la economía del arte y la cultura. A la espera de que Tabakalera despeje las incógnitas sobre su futuro y conocer el papel que el Arte ocupe en sus programas o que DSS2016EU active sus proyectos, Arteleku puede ser, de nuevo, la referencia principal de las prácticas artísticas experimentales.