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¿Pero hay una centralidad vasca?

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¿Pero hay una centralidad vasca?

07.02.12 - 03:45 -
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La idea de centralidad aparece con alguna frecuencia en el discurso político vasco. El último ha sido Urkullu, que hace unos días reivindicó para el PNV «la centralidad frente a PSE y PP». La expresión resulta incongruente, pues el concepto está reñido con enfrentamiento. ¿Se puede justificar el centro por estar frente a otros? El jefe del PNV querría decir que su partido se siente centro en vez de PSE/PP. Centro entre PSE/PP y Bildu, se sobreentiende. ¿También frente a Bildu?
La aplicación de este concepto a la política vasca se hace rara. Nuestro sistema de partidos niega la centralidad, tal y como habitualmente se entiende ésta. Los políticos suelen concebirnos como dos bloques antagónicos, sin lugares de encuentro. No existe la imagen de que haya nada entre nacionalistas y constitucionalistas. O se es chicha o se es limoná: tal es la idea básica. Los nacionalistas aspiran a convertir a quienes no lo son, pero les resulta antagónica la idea de que en el «escenario vasco», por emplear un término de moda, pueda haber algo central: o en un lado o en el otro, sin espacios en medio.
Al PSE tampoco le encaja la centralidad, doctrinalmente hablando. Sobre todo en la última etapa, la de ZP. Ha huido de la hipótesis de que entre la izquierda y la derecha existiese algo que mereciese la pena. La ambición máxima del PSOE ha sido decirse de izquierdas. Aspiraba a machacar a la otra parte del espectro, no a centrarse. El «¡que viene la derecha!» parecía que ni a propósito para espantar a quienes no fuesen de la cuerda de forma inquebrantable. Hasta en el País Vasco, donde gobierna con los apoyos del PP, se le escapa a veces su incomodidad por la compañía. No quiere ocupar el centro. Quiere que mande la izquierda: o sea, ellos.
De otro lado, el sistema político vasco es centrífugo. Desde hace décadas. Abomina del centro. El nacionalismo, ahora visionario de centralidad, no ha realizado nunca ningún esfuerzo por atraerse el voto de la tropa moderada. En otros lares suelen ser estos votantes los que deciden las elecciones, por lo que todos les hacen la rosca. Aquí no, pues en el país de los planes y de las rupturas se supone que no existe gente de esta calaña. Las propuestas tienden a la radicalización. Una muestra: al mismo tiempo que se llamaba 'centralidad' Urkullu exigía el fin de la Audiencia Nacional y la salida de los cuerpos policiales «ajenos a Euskadi». Nada menos: la alternativa KAS. No suena a moderado ni a centro sino a echarse al monte.
No sólo eso: nuestra política no ha girado nunca en torno al centro, sino alrededor de la esquina más esquinada. Desde tiempos inmemoriales el 'nacionalismo moderado' ha estado obsesionado por atraerse no los votos de la gente del medio sino los del nacionalismo radical. No ha conseguido el propósito. Al contrario: la izquierda abertzale ha fagocitado a EA, que soñaba con crecer en ese caladero de votos, y quizás la ameba busque ahora deglutir al PNV, que por su parte ha puesto ya la cama. Incluso el PSE ha dado en posconstitucionalista al obsesionarse por la izquierda abertzale, a la que debe considerar el único sujeto político de interés en la sociedad vasca, desde luego más que los suyos. Charla que te charla, pactito a pactito, se ha encargado de ponerle la habitación.
En este panorama que otea hacia el extremo izquierda se habla de centralidad. El vocablo evoca algo atractivo, deseable, simpático: un espacio imaginario que se sitúa entre los extremos y que resulta moderado y sugestivo para quienes no quieren vivir a sobresaltos. Pues bien: tal y como se emplea en el País Vasco, no es eso. El término deviene en propaganda. Se usó entre nosotros por primera vez en el periodo soberanista, cuando el Gobierno tripartito dijo representar 'la centralidad vasca', ante la perplejidad general, pues lo decía un Gobierno escorado hacia el rupturismo nacionalista y que repudiaba el mero contacto con los no nacionalistas. Se deducía que el centro estaba en el soberanismo identitario, un lugar chocante para tal función. O sea, que el centro social por antonomasia es el batzoki.
El término ha revivido. Hasta se ha asegurado estos días que ETA representa 'medio siglo de centralidad política', dislate en el que mejor no entrar. El PNV se ve como 'la centralidad natural'. Y el PSE y PP han dicho alguna vez que el centro son ellos, aunque sin demasiada convicción. «Si el PNV renunciara a la centralidad la ocuparía el PSE» aseguraron los socialistas, de modo que sus ansias centristas son vicarias, a ejercer si se ausenta el titular.
En realidad, nuestros políticos asocian centro con estar al mando, suponiendo que así todo girará alrededor. No lo asocian con capacidad de llegar a acuerdos con unos y otros -cuando pactan no es por vocación sino porque no les queda otra-, ni en convertirse en un lugar superador de antagonismos: que le puedan votar todos (son los sentidos que tiene el concepto en otros sitios). Más bien es la imagen arzalluziana de que «estamos en medio, como Cristo, entre dos ladrones», sin distingos entre demócratas y los que no. Aquí la centralidad es estar en medio, ganar las elecciones, repudiar cualquier pacto que se pueda evitar, hacerle carantoñas al MLNV, no descartar los sobresaltos e imaginar que los vascos moderados, si los hay, gustan de esquinarse. Más interesante que decirse centro de la política vasca sería que nuestros partidos construyeran alguna centralidad, un concepto que falta en nuestro espectro. Pero quizás piensen que ya la pergeñaron cuando se reunió en Loyola lo más granado de las sedicentes centralidades.
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