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Decisión arriesgada

La sacralidad con que en este país se reviste la figura del lehendakari contribuye a hacer socialmente cuestionable la decisión de Patxi López de compatibilizar su cargo con una secretaría en el seno de su partido

07.02.12 - 03:49 -
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La elección del lehendakari, Patxi López, como secretario de Relaciones Políticas en la nueva ejecutiva del PSOE ha sido celebrada por el socialismo vasco, o, cuando menos, por sus directivos, con satisfacción y orgullo. La han tomado, además de como la confirmación del acierto de su militante apoyo al nuevo secretario general, como el signo más fehaciente de la fortaleza recuperada en el liderazgo del partido. El propio Pérez Rubalcaba había ya dejado claro en más de una ocasión a lo largo de la campaña, así como en el momento de la designación, que para él Patxi López es un político de inmensa valía, llamado a jugar en el futuro los papeles más importantes que imaginarse quepa. La entusiasta aclamación con que la asamblea recibió al recién nominado secretario de Relaciones Políticas puso de manifiesto que los elogios del secretario general eran compartidos por la inmensa mayoría de los congresistas.
La satisfacción y el orgullo de los socialistas vascos están, por tanto, más que justificados. Un partido político es, al fin y al cabo, una organización jerarquizada que mide los méritos de sus miembros y de sus partes por la mayor o menor cercanía que hayan alcanzado al núcleo de poder que lo dirige. En tal sentido, nadie puede dudar de que Patxi López, con su designación para una secretaría que ha sido además creada 'ex novo' con el fin de adaptarse a su persona y condición, se ha situado en el centro mismo de ese núcleo y con él ha colocado al PSE en una posición privilegiada dentro de la estructura partidaria.
Por otra parte, no existe norma alguna, ni en los estatutos de la organización socialista ni en los que rigen las funciones de los miembros del Gobierno Vasco, que impida la compatibilización del cargo de lehendakari con el de una secretaría en el seno del partido al que aquel pertenezca. De hecho, Patxi López ejercía ya el primero desde el ejercicio de la secretaría general de la federación vasca de su partido, y nada cambia, a efectos de la incompatibilidad, el nuevo puesto que a esta última ahora se añade. Por dejarlo aún más claro, aceptada la compatibilidad estatutaria o legal, tampoco parece interponerse entre los dos cargos ninguna incompatibilidad funcional. Las condiciones de flexibilidad con que al lehendakari se le permite desempeñar la nueva función evitan cualquier merma a la dedicación que exige el desempeño de la presidencia del gobierno. Como para despejar toda duda al respecto, Patxi López dejó ayer de asistir a la primera reunión que la nueva Ejecutiva celebró en Madrid y se hizo presente en Euskadi con una entrevista mantenida en la sede de la lehendakaritza.
Ahora bien, dicho todo esto, hay unos cuantos 'sin embargos' que revolotean en la mente de numerosos políticos y ciudadanos vascos, y que, si la cautela con que suele tratarse este tipo de situaciones les ha puesto de momento una eficaz sordina, no tardarán en dejarse oír por la opinión pública. Algunos de ellos tienen que ver con la naturaleza de una condición, la de lehendakari, que desborda, en este nuestro país, la categoría de todo cargo o función y se reviste de algo muy cercano a la sacralidad. Las circunstancias de la historia son relevantes. Y, a este respecto, la figura de quien por primera vez desempeñó la función, junto con las circunstancias cuasi épicas en que le tocó desempeñarla, añadido todo ello a la pátina de misticismo con que la mano del nacionalismo sacralizó figura y función a lo largo de cuarenta años de exilio, ha dado a la condición de lehendakari algo que, pese a su modernidad, parece echar sus raíces en las entrañas más ancestrales y sagradas del pueblo vasco. Y, por mucho que parezca todo esto pertenecer a la categoría del pensamiento mítico, no puede ser despreciado ni minusvalorado por quien se proponga ser aceptado por la opinión pública como digno depositario del honor del que ha sido investido, y no meramente del cargo o la función para la que ha sido elegido.
Esta sacralidad de la que se ha revestido la condición de lehendakari se ha visto además reforzada por el hábito jeltzale, puramente contingente y funcional, por otra parte, de no compatibilizar su ejercicio con el de ningún otro cargo o función. Como si de un tabú se tratara, tal condición se ha erigido así en algo intocable, que debe ser preservado de toda contaminación. Lo que en cualquier país democrático es normal, a saber, compatibilizar funciones institucionales y partidarias, resulta en este nuestro poco menos que una profanación cuando de la de lehendakari se trata.
Se añade a todo esto un 'sin embargo' de orden pragmático. El predominio en nuestro país de la mentalidad nacionalista, por la que la pertenencia y dedicación a «lo nuestro» en exclusiva se valoran como un bien superior, contribuye también a hacer socialmente cuestionable la decisión que ha tomado el lehendakari de compatibilizar los dos cargos que ahora ejerce. No se trata ya de cuestionar la compatibilidad entre función partidaria e institucional, sino entre propia y extraña. Patxi López es muy consciente de este cuestionamiento, pues no ha dejado de insistir, desde que se le eligió para el nuevo cargo, en que él iba a ejercer de lehendakari «en exclusiva». Una especie de 'excusatio non petita'que pone más de manifiesto la cuestionabilidad de lo decidido. Tanto es así que difícilmente podrá descartarse la pregunta sobre cuál es la razón última de la decisión. Y más difícilmente podrá aún descartarse la respuesta de que la razón está en que es 'allí' y no 'aquí' donde se tienen puestas las miras de futuro, en que lo de 'aquí' tiene fecha de caducidad muy próxima y es sólo de carácter efímero y, si se me apura, funcional y utilitario. Es la eterna, e injusta, sospecha que siempre se cierne en este país sobre quien ejerce su vocación política sin límites territoriales, pero en competencia con quien se los ha puesto, y muy estrictos, a la suya. Pero así están las cosas.
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